Enriqueta y yo bajamos el viernes a tomar un café frente a la nueva consulta de Iris. Nunca había estado con ella fuera de nuestro edificio y me resultó grato, muy grato, pasear de su brazo por el bulevar. Como era de esperar, se maneja con soltura y firmeza, ella dice que es por la gimnasia que hace todos los días desde que murió Juan, quién, además, corría cada mañana cuando correr se llamaba correr y no running.
– Cada mañana es cada mañana -, me repite al parar en el paso de peatones, girando la cabeza y mirándome a los ojos.
Nos sentamos en una terraza junto al único quiosco de prensa del pueblo, que por las tardes (obvio) no abre y pedimos un agua con gas para mi y un café con leche sin lactosa para ella. No dejan de sorprenderme los guiños de esta octogenaria mujer hacia algunas de las narrativas dominantes de nuestros días, en este caso vinculada a la alimentación. ¿Será que ella también se deja llevar por esa inagotable fuente de sabiduría ancestral que son hoy Tik Tok e Instagram?, ¿beberá infusiones con cúrcuma, remolacha, clavo, cáscara de plátano y lima cada mañana?, ¿evitará el gluten, tendrá el intestino permeable, estarán sus tejidos inflamados, abanderará el ayuno intermitente, se pinchará Ozempic?
Mientras mi mente de mono se atasca con ese mitote que consiguen crear las redes, me pregunta por el trabajo, por mis hijas y por lo que estoy leyendo. A las dos primeras respondo rápido y con un muy bien, sin querer (o poder o saber) profundizar más, pero sobre la tercera dudo, me paro y mi cabeza se sumerge de nuevo en esa imagen de videos cortos sucediéndose en un carrusel sencillo e infinito. Le confieso que llevo sin leer nada que no salga de una pantalla desde que me contó su opinión sobre el 11S hace un par de semanas. Mi interés y la enfermiza mecánica algorítmica de «te traigo lo que te gusta y te lo traigo ya y aparentemente gratis», me han convertido en alguien capaz de analizar y relacionar el genocidio en Gaza, con el asesinato de Charlie Kirk, la cuestionada llegada del hombre a la luna y estas con el asesinato de JFK, la declaración Balfour, el engaño del sistema de bancos centrales creados por la familia Rothschild en el SXIX y su consolidación como sistema financiero mundial debido al convulso y bélico SXX, donde se necesitó mucha financiación de estados para pagar todas sus hazañas bélicas, que ya no se hacían a caballo y con ballestas y pólvora, sino con carros blindados, aviones y buques de guerra. Sin olvidar la necesaria proliferación de la industria petrolera para impulsar todas esas máquinas de matar que, con el tiempo, consolidó también la industria petroquímica y farmacéutica, impulsada, manipulada y monopolizada por la Standard Oil del Sr. Rockefeller.
– Ay pobre -, me responde sonriendo y dándole un sorbo al café que le acaban de dejar en la mesa. – No pienses en eso, es una guerra (y nunca mejor dicho) perdida. Lo que pasa fuera, en el exterior, no se puede analizar -. Pega otro sobro y hace una pausa como decidiendo si meterse en la conversación o dejar ahí el tema. Decide meterse.
Como siempre y creo que es por quitarse importancia, me pone como ejemplo a su difunto marido Juan y me cuenta que él decía que solo había que tener dos cosas claras en esta vida: la primera que lo esencial es el patrón que hay detrás de los hechos y que este no se ve si te acercas demasiado. Y lo segundo que la pelea en el mundo exterior está perdida, que la revolución que se necesita es interior, espiritual.
Con estas dos frases Enriqueta consigue juntar el 100% de mi atención que, a día de hoy, es poco más de lo que junta un mapache con hambre delante de un sandwich de Rodilla y le pido por favor que siga.
El patrón es el siguiente: la verdad no la vemos y unos y otros nos alineamos con una de las dos mentiras disponibles (la famosa dialéctica). Esas dos posturas, además, tienen que ver solo con el mundo exterior, con cómo se organiza la materia, la riqueza, el beneficio que generamos. En si se lo queda el que lo produce o en si se reparte entre todos. A la mitad les parece mejor que se reparta, pero a la otra mitad les parece fatal porque creen que la meritocracia es lo importante y que si hay unos que generan riqueza y hacen progresar a la humanidad, pues es justo que tengan más. Muchos de esos lo hacen habiendo creído el cuento ese de que si quieren, ellos también pueden ser de los que generan riqueza, siempre que se esfuercen lo suficiente. Deprimiéndose de manera crónica al ver que pasan los años y no lo consiguen. Otros muchos, la mayoría, a ambos lados, ni siquiera se lo plantean porque bastante tienen con pagar sus facturas, divertirse viendo el Hormiguero y posteando mentiras en Linkedin (esta última palabra no la dijo ella, lo añado yo ahora). Pero todos, todos nos hemos olvidado que lo que de verdad hemos perdido no es el poder material, sino el poder espiritual. Y que cuando nos demos cuenta y lo recuperemos, estará clara la posición de si me quedo yo con todo o si lo repartimos de manera ecuánime.
Y ahí es cuando viene la segunda cosa que decía Juan, termina Enriqueta. La revolución tiene que ser interior, de reconocimiento de la parte espiritual que todos tenemos y hemos olvidado que olvidamos en alguna civilización anterior a la nuestra, tan mecanicista y capitalista. Y esta revolución se hace primero en silencio y de manera individual, íntima y se propaga luego a través del amor, de la cooperación y no de la competición que es lo que nos dice el paradigma dominante, al resto de conciencias del mundo, sean estas humanas, animales o vegetales.
Así se arregla el tema, concluye Enriqueta sonriendo, mientras apura con su cucharilla la espuma fría del fondo de su taza de café.
Justo en ese momento aparece Iris, ve mi cara de mapache mirando un tren y saluda muy cariñosa a Enriqueta. Al regresar a casa me pregunta qué me pasaba y le digo que no se lo puedo explicar con palabras.
Pasen una buena semana y hagan la revolución callando y amando.





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