No veía a Enriqueta desde antes del verano. Ella pasa los meses de más calor en un pueblo del interior de Cantabria y nos contó que volvería a finales de septiembre. Pero aquí estaba el jueves por la tarde, me la encontré entrando al edificio por la rampa del garaje, acceso que utilizan varias personas mayores para ir directamente al ascensor en la planta menos uno, en lugar de subir los doce escalones de acceso al portal por la planta cero. Nos saludamos, intercambiamos brevemente lo que había sido el verano y me invitó a subir luego a su casa, que le apetecía charlar con alguien menor de los 92 años que tiene su cuñada Concha, con la que ha estado en el pueblo y que: «aunque está fenomenal de salud, cada vez habla menos».
El jueves era 11 de septiembre y al volver a casa me pasé por el 2ºA, consciente que Enriqueta tendría preparada esa infusión que hace con tres o cuatro hierbas, pero que fundamentalmente sabe a canela. Me cuenta que se acostumbró al sabor de la canela cuando vivieron ella y Juan en Nueva York. En el año 1975, la casa Wrigley lanzó su chicle «Big Red» sabor canela y se popularizó tanto que, aún hoy, es uno de los olores más reconocibles en las calles de la ciudad de los rascacielos. Hablando de la canela y de Nueva York y siendo el día que era, conectamos en seguida con el 11S. Me sorprendió su entusiasmo por el tema y también su punto de vista. No hay tantas personas que expresen con convicción que las torres no se volatilizaron porque dos aviones chocaran contra ellas y los subsiguientes incendios y destrozos que provocaron en sus plantas más altas. Lo normal es tener miedo a la reacción de tu interlocutor cuando te desvías de la versión oficial, repetida y repetida y repetida, desde hace veinticuatro años. A ella le importa poco lo que diga la opinión pública y mucho menos la opinión oficial publicada y dice lo que piensa, siempre que eso no haga daño a su interlocutor. Y bien sabe que a mi me sobra carrete si de cuestionar las versiones oficiales se trata, más en este caso.
Esta es mi versión de todo aquello, dijo, apurando su infusión y mirando la tetera para comprobar que aún quedaba para un par de tazas más. Lo que pasó aquel día nos dejó a todos en estado de shock. Cuando uno está conmocionado no puede razonar y si la información se repite lo suficiente durante el tiempo que dura el aturdimiento, ésta queda fijada. La definición de opinión, continuó Enriqueta, es la asociación de una imagen con un pensamiento, que pasa de manera subconsciente y el resultado final tiene mucho que ver con lo que sientes mientras sucede dicha asociación. Y en el momento en que, de forma mayoritaria, los ciudadanos del mundo nos formamos una opinión de lo que pasó el 11S, estábamos tan aturdidos, tan asustados y tan dolidos por lo loco que era lo que vimos y por la cantidad de personas que murieron en esos hechos, que la opinión que nos creamos fue coincidente con lo que nos dijeron a los cinco minutos de los atentados: que un señor de barba y turbante que estaba en nómina de la CIA y 19 de sus colegas eran los responsables de casi 3.000 muertos, al haber secuestrado cuatro aviones aviones y de haberlos estrellado contra las Torres Gemelas y el Pentágono.
Pero nunca me lo creí, termina Enriqueta, aquella fue una de las últimas grandes conversaciones que tuve con Juan antes de morir en el año 2003 y la recuerdo muy vívidamente. Como sabes nosotros habíamos pasado 13 años en Nueva York, entre finales de los 60 y principios de los 80 y vimos construir las torres. Teníamos un cariño especial por esos edificios, que se veían desde nuestro apartamento en la calle Chambers. Además sabes también que Juan era físico y desde el primer momento dijo que aquello era físicamente imposible. Pero lo más importante, Juan repetía machaconamente que, para llegar a la verdad, lo más importante era pensar en todo lo que no muestran las imágenes, en todo lo que no es evidente y repetía con firmeza y a veces con cabreo que, en todo aquello, había mucho que no nos contaban.
Yo apuraba mi infusión asombrado de nuevo por el discurso histórico, psicológico y filosófico que esta señora de 85 años, cumplidos por cierto el día 2 de este mes, me estaba regalando un jueves por la tarde. Tanto que me levanté y nos rellené las tazas con ánimo de seguir la sesión hasta el infinito. Pero no pasó, me llamó Iris que estaba saliendo de la consulta y me propuso ir a tomar un agua con gas y un tinto de verano al bar de Ramiro.
Le dije a Enriqueta que tenemos que quedar de nuevo para seguir con este tema, pero me contestó que no, que no hay que hablar demasiado de ello, que es mejor repensar las opiniones propias en silencio, de manera individual y con serenidad. Y sobre todo, que es mejor apagar la televisión.
La televisión y el teléfono, me dije a mi mismo, porque llevo días enganchado al algoritmo, que sabe que me gusta escuchar a aquellos que cuentan que el 11S tuvo que ver con el Mossad, la CIA y otras fuerzas que manejan los hilos de los gobiernos, sean estos del color que sean y que provocan que nosotros, ciudadanos de a pie y la mayoría de bien, discutamos sobre si la culpa es de unos u otros hasta perder el oremus.
Así que callen, mediten, masquen chicle de canela y hablen de tanto en cuando con sus Enriquetas porque ellas saben lo que dicen, aunque sean mayores y no tengan cuenta de Instagram.





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