Mitote es desorden, entropía y agosto es un mes proclive a ello debido al cambio de escenario y a la imposibilidad (aunque quieras) de continuar con las rutinas del resto del año. Este fenómeno no aplica a julio o septiembre, mucho más fluidos. Los que dejan sus rutinas en estos meses son unidades individuales de conciencia sabias y bien desarrolladas y, por tanto, entidades que reducen su propia entropía, la del cosmos en su conjunto y ayudan a la Conciencia a progresar.
Tengo la convicción de que en agosto todo el mundo (mundo es eso que gira entorno a lo que decidan Zuck y sus chicos; un difícil equilibrio entre tu Whatsapp, tu Instagram y lo que de verdad resuena en tu conciencia) lo que desea es no trabajar, salir de donde vive, aguantar colas en restaurantes, pasar calor, discutir gestionando planes para que sus hijos no se aburran, hacerse fotos en lugares molones, gastar y conseguir volver a las rutinas del año sin mucho follón.
Bueno, todos no, existe un colectivo, de los cuales casi el 100% escriben con la IA sobre cosas propias o ajenas en Linkedin, que dicen que aman trabajar, da lo mismo la época del año y que lo hacen llenos de propósito, responsabilidad, entrepeneurship, resiliencia, compromiso y diversidad. Pertenecen a la Gen X y a la Millenial y escriben en la red social antes profesional cosas como: you rock!, you go the extra mile, taking it to the next level, go above and beyond, kudos, deliver more than expected… Algunos también dicen que son proud fathers y que sus mayores achievements tienen que ver con haber creado una familia, de la que postean una foto posando en la playa mostrando lo unidos que están. El 50% que pertenece a parejas divorciadas se ahorra esta último trámite y se centra en lo de las frases en inglés. El 100% dicen que otros molan, tratando así de molar ellos y esperando que su actividad sea misteriosamente premiada por Dios (o lo que llaman engagement), por ser miembros activos de la comunidad. Pero esos tienen un mitote aún mayor que los que nos alejamos de nuestras rutinas en agosto. No se puede contar con ellos para nada, salvo para llenar de idioteces las redes. Y es que, cuando llega la época de no trabajar, la mayoría se hacen un lío, nos hacemos un lío. Y mi agosto es, está siendo, ha sido, un poco así. Te lo cuento.
Johanna y Gustavo nos acogieron amorosamente en su casa de Parede y lo pasamos bárbaro. Nos juntamos después de no sé cuánto con nuestro amigo Víctor, que nos dijo que solo come carne de animales que naden. Para Víctor todo lo que nada puede ir a la cazuela, pero no así lo que corra o vuele, motivo por el que mi refrán favorito se ha ido a la mierda este agosto.
Él no come carne de animales que corran o vuelen y yo me he propuesto no escribir del pasado ni del futuro, al menos hoy. Lo malo es que escribir sobre el presente (o sobre lo que sea) al mismo tiempo que estás comiendo en el Mary Carmen el menú de los viernes, es difícil. Para comer y escribir se usan las manos, lo cuál te obliga a elegir una de las dos actividades. Si eliges escribir se te enfría el plato de pulpo a la brasa (mira que juré no volver a comer pulpo tras el documental aquel de Netflix). Esto hace que, mientras como, me surja la duda de si cuando escriba lo que estoy pensando ahora seguirá puntuando como escribir sobre el presente o, como ya será después, estaré escribiendo sobre el pasado, que era justo lo que me habría propuesto no hacer. No lo sé. Y este es y ha sido mi problema durante todo el mes de agosto; no saber, pero postear en mis redes sociales como que si que sé. Por ese motivo he priorizado comer sobre escribir y como consecuencia no he visitado este blog hasta hoy.
Lo que seguro es presente es que Mary Carmen es un restaurante del pueblo chachi de la periferia donde vivimos. No confundir por favor a la Mary Carmen del restaurante con la Maricarmen que a veces pongo en mis escritos ni, por supuesto, con Mari Carmen la amiga de mi madre. Cuando digo o pienso en Mari Carmen la amiga de mi madre, así como cuando digo «mimadre» o pienso en ella, me santiguo. Lo hago yo y lo hace Corey, un amigo americano who knew who was boss. Él lo dice así, no porque sea usuario de Linkedin, sino porque es de Misisipi. Esa frase la dejó escrita en un poema precioso cuando «mimadre» (make the sign of the cross, dice siempre Corey) murió. By the way, no es que yo me haga el guay ahora hablando en inglés, igual que ese colectivo de personas a los que les (nos) encanta trabajar todo el año y que escriben idioteces en Linkedin. De hecho yo ya no escribo anglicismos ni los digo en las reuniones por Teams, salvo que la reunión trate sobre el plan de negocio de un videojuego de móviles, calls (porque ahora todo son calls) donde todo el tiempo hay que decir acrónimos anglosajones en plan (esto de «en plan» es en honor a mis hijas) ARPU, CPI, MAU, CHURN y si no los entiendes, ir corriendo a al IA para chequear ya que si no, te pierdes y no puedes levantar la manita virtual para pedir la palabra. Y tenlo claro, si no hablas no existes. Justo al revés de lo que debe ser, salvo que lo que vayas a decir mejore el silencio, algo muy poco habitual.
A Teams lo llamo Teams porque es nombre de pila y porque si lo llamara Equipos sería como llamar a la serie Friends, Amigos. Si lo hiciera, tú no me entenderías y pensarías que menudo gilipollas soy. Es posible que no sea por eso por lo que piensas que menudo gilipollas soy y te digo que puede que tengas razón. Uno pasa a ser gilipollas por un sutil cambio de perspectiva de su interlocutor o por una cerveza de más. Y más en agosto, donde uno tiene más tiempo para fijarse y para beber cerveza.
El propósito de no escribir anglicismos no lo he conseguido aún, pero el de escribir sobre el presente, que es el importante de verdad, casi. Escribir en presente te cambia la vida. La hace más ligera, rumias lo justo, dejas de roncar por las noches, desgasta nada y es muy liberador. Lo que pasa es que en el presente estamos poco. Estar y poco se corresponden con espacio y tiempo que, como bien sabemos, no son más que ficciones creadas por los sapiens para manejarnos mejor. Y esto no lo digo yo, lo dice Donald Hoffmann, que es un científico de los que salen en los podcasts de entrevistadores que tienen audiencia y que son posteriormente posteados por esos que hablan en inglés en Linkedin. Digo hablan y debería decir hablamos, sí, definitivo, yo soy ellos también, yo y tú, al final todos somos ellos, todos somos nosotros, todos, we all, todos somos nada y todos somos todo. ¿Notas el mitote?, esto es agosto.
El espacio y el tiempo, además de no existir, no son usados correctamente por los que nos alejamos de nuestras rutinas en agosto, ya que nunca estamos en el supuesto tiempo en el que vivimos ni en el percibido espacio por el que transita nuestro avatar físico. Decimos y queremos aparentar que sí y lo publicamos en redes, pero nuestra unidad individual de conciencia siempre está en otra cosa: en lo cerca que está la vuelta a las rutinas, en lo cansado que estoy del señor con el que me casé, en lo llena o vacía que estará la playa mañana, en los incendios, en lo que dicen los políticos, en si tengo razón, en si tendrá likes mi posteo, en el partido de padel de ayer, en mi meditación de mañana, en la jerarquía de Tchouaméni en el ilusionante (esto es güasa) proyecto de Xabi Alonso, en el idiota de mi jefe…
Y en mi caso particular, que es en lo que estaba pensando mientras comía en el Mary Carmen, mi unidad de conciencia individual ha estado muy distraída con dos cosas vinculadas con la ciudad de Colonia, en la que estuve por trabajo la semana pasada (visita mi Linkedin y dame un kudos +1, you rock Gonzalo!!, hazme el favor). La primera, el tamaño de su catedral, que no por conocida deja de impresionar. Cosa que se explica fácilmente por lo grandes que son Alá y Dios y por la legislaturas que pasaron en obras: empezaron en 1.280 y terminaron en 1.842. La segunda, y esta si que es una novedad para mi unidad de conciencia, el hecho de que el agua de colonia, ese nombre genérico que usamos tipo el pan bimbo o los clínex, es en realidad una fragancia creada por un italiano llamado Giovani María Farina en 1709, a la que bautizó como Eau De Cologne, en homenaje a su ciudad adoptiva; Colonia, Cologne, Koln, Köln. El perfume, de aromas ligeramente cítricos y que, según las palabras del perfumista, evocaba «una mañana de primavera en Italia después en la lluvia», triunfó. Y lo hizo en oposición a las fragancias más pesadas y marcadas del momento, convirtiéndose en el artículo que todo noble que pintaba algo en la corte quería llevar, incluido Napoleón. Tal fue su éxito que se convirtió en el estándar y provocó que otra casa perfumera de Colonia, 4711, lanzara su propia (y verdadera según reclamaban) Agua de Colonia. Pero ya era tarde, la de Farina pegó primero y pegó más fuerte. El pulso de la trascendencia lo ganó el italiano y los alemanes se tuvieron que conformar con la denominación 4711, que aún conserva. Así que mal no les ha ido.
En fin, que así termina mi personal mitote de agosto. Ánimo con todo lo que viene, a por el infinito y más allá (guiño guiño) que el lunes empiezan las rutinas y termina el periodo de mitote máximo. No abran Linkedin, sean conscientes de lo que meten en la cazuela, dejen sus teléfonos lejos, respiren, beban agua, muevan el cuerpo, mediten, ámense y amen al resto de unidades individuales de conciencia, porque ellos son, somos, nosotros. Y sobre todo, regresen al presente, que es donde mejor se está, donde mejor se es, donde se Es.
Y échense agua de colonia, por favor.





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