George Orwell escribió 1984 y Rebelión en la Granja, después de su experiencia luchando en el bando republicano en la Guerra Civil española. No era un joven loco en busca de emociones fuertes, sino un señor de 33 años cuyos ideales eran los de las democracias europeas de la época y el odio al fascismo que se extendía por el continente desde Alemania e Italia. Tras cruzar la frontera con Francia se dirigió a Barcelona, epicentro del fervor revolucionario y desde donde los anarquistas había tomado el control virtual de Cataluña.

Antes de llegar a España, Orwell era un intelectual serio y orientado hacia la justicia, crítico pero aún confiado en el proyecto socialista y motivado por una fe sencilla, casi inocente, en los ideales democráticos. Se acababa de casar con Eileen O’Shaughnessy y su vida era la de un escritor modesto con un gran deseo de transformar su pensamiento en acción. Su experiencia en España pronto rompería estas ilusiones y daría forma profunda a la obra de su vida.

Hoy, en lugar de luchar por unos ideales y de trasladar el pensamiento de indignado de salón a la acción, hemos abrazado lo que la tecnología móvil asociada a internet nos ha traído a la vida, como si se tratara de la verdad. Tecnología que, entre otras infinitas cosas, posibilita que escriba ahora mismo esto con mi teléfono, sentado en la terraza de la cafetería heladería Verdi de nuestro tranquilo pueblo de la periferia y me permite hacerlo al tiempo que escucho a Guy Clark que, además de cantante country, fue un notable luthier y que suena como si Yellowstone (el rancho de la serie, no el parque nacional ni el río que le da nombre) estuviera aquí al lado y como si John Dutton pudiera sentarse en la mesa en cualquier momento.

Y es que desgraciadamente todo parece posible con un teléfono en la mano. Todo, menos ser humano. Para aprender a ser humano no sirve. Es más, ayuda a separarnos de aquella cualidad específica y exclusivamente humana que es el discernimiento; la capacidad de distinguir el bien del mal.

No culpo al teléfono inteligente ni a la inteligencia aplicada al materialismo dominante que precede su uso, del hecho de que ni yo ni (casi) nadie se plante en Gaza para luchar por los derechos humanos de personas que son como tú y como yo, que somos tú y yo. Pero algo muy patológico nos acontece para no tomar acción en hechos tan horribles como los que estamos atestiguando desde nuestros teléfonos móviles, mientras subimos fotos de lo bien que lo estamos pasando en vacaciones.

Walter Odermatt decía que los dos grandes motores del ser humano son el amor y dejar el mundo mejor de lo que lo encontramos. Yo diría que en realidad solo el amor es necesario, ya que si amas todo y a todos y los sientes como si fueran tú mismo, automáticamente vas a conseguir dejar el mundo mejor que estaba.

Orwell dejó su familia para venir a España a luchar por lo que él consideraba el bien. Nosotros no podemos dejar de mirar la pantalla del móvil ni para dejar sentarse a una persona mayor en el metro.

Dejen un rato su teléfono y sientan a ver qué sale de ahí dentro.

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