Si fuera coherente escribiría sobre nuestro amor, sobre los ritos, sobre lo pequeño y su poder, sobre Alfonso el concejal y sobre la oreja a la plancha del restaurante de Ramiro y Soledad, justo al lado del ayuntamiento del pueblo de la periferia donde nos casamos el viernes. Si fuera coherente hablaría de mi mujer (ahora sí, ya legalmente), de mis hijas, de mi hermano, de mi cuñada, de mis primas, primos y sus amores. Si fuera coherente, sacaría pecho veinticuatro siete por la calidad humana de mis sobrinos, tanto los presentes, como los ausentes. Si fuera coherente, sería justo nombrar a mi suegra, a sus otras hijas ahora hermanas y a sus familias, que no pudieron venir pero que estuvieron. Si fuera coherente, abrazaría eternamente a Jorge y a Rober y a sus señoras, con madre de dragones reina del aceite a la cabeza. Si fuera coherente recordaría el poder de los símbolos y su función primordial de conectar lo material con lo invisible. Si fuera coherente gritaría bien alto que la poesía precede a la filosofía y ésta a la ciencia y que todas se unen en el círculo de lo divino, aunque no podamos entender esa unión a través del intelecto y la razón. Si fuera coherente pensaría en mi madre y le diría entre risas y cigarros en el cuarto de estar de Nuñez de Balboa que, a pesar de todo, Joaquín sigue ahí, aguantando el fuerte y emocionándose cuando corresponde, como siempre ha hecho. Si fuera coherente, el viernes habría cantado victoria al comprobar que la improvisación honesta conduce a la belleza, que la inacción del yo nos lleva con firmeza y dulzura hacia el futuro y que lo que rumiamos es lo que proyectamos y, por tanto, lo que vivimos.
Todo esto si fuera coherente pero, como no lo soy, solo voy a agradecer en silencio, porque si bien lo primero fue el verbo y a partir de él vino lo demás, no hay palabra que mejore el silencio del agradecimiento.
Callemos. Agradezcamos.
Pasen un gran domingo, una buena semana.





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