Hay un tema de Rafa Pons que comienza con una duda muy razonable: «no sé si cagar o tocar el harpa», dice. A mi me pasa lo mismo, pero la duda es entre planchar o escribir sobre algo que, como dijo el emérito, me llena de orgullo y satisfacción.

La cama de Berta tiene cuatro columnas de ropa limpia esperando en cola y, aunque aquello de lo que quiero escribir, ciertamente me llena de gran orgullo y tremenda satisfacción, la materialización de esos nobles sentimientos en palabras provocaría que existiera una quinta, ya que hay una nueva lavadora tendida. Y sinceramente, ahora que todo va bien y estamos a punto de ganarle la batalla al año laboral, no podemos permitirnos el lujo de tener una quinta columna en nuestra propia casa.

Que no escriba sobre el tema, tampoco necesariamente supone que no lo nombre, que no diga, si cabe brevemente, el motivo de mi rebosante orgullo y mi honesta satisfacción. Porque planchar es una actividad amable, ordena las prendas de ropa que salen de la lavadora y que, con este calor, porque convengamos que ha hecho mucho calor, aunque hayas dejado con mimo cada prenda en su columna y todas sobre la cama de Berta o cada cuál donde deje las suyas, inevitablemente la arruga se endurece y la actividad de planchado se complica.

Mi madre planchaba increíblemente bien. Lo habitual era que lo hiciera los domingos por la tarde, mientras escuchaba el deporte por la radio. Yo siempre pensé que planchar convirtió a mi madre en una fanática antimadridista. Planchar se interrumpía a la hora de partido de la tele, sobre todo si éste era de baloncesto y más si participaba el Estudiantes, el Barcelona, la Penya o sí el que jugaba lo hacía contra el Madrid y tenía posibilidades de ganarles. Ahora no hay una hora libre para nada porque ponen todos los partidos de todos los deportes y además los espacian para que no puedas planchar ni una camisa. Y si no te gusta el fútbol ni el baloncesto, también puedes ver las motos , los coches, el golf de la PGA, el golf de la LIV, el tenis, el pádel o el snooker, que a mi padre le encanta, sospecho que por no haber tenido nunca nada que planchar.

Yo me sentaba a mirar a mi madre y disfrutaba la manera en al que cada prenda pasaba del caos a la armonía en pocos movimientos. Movimientos que desde entonces trato de imitar sin conseguirlo, sobre todo si se trata de mis camisas o de prendas plisadas. Añade a eso lo resecas que se habrán quedado con el paso de los días y el hecho de que en mi caso son cuatro columnas y en el de mi madre raro era cuando había sobre la silla del cuarto de la plancha más de una pila de ropa limpia.

Así que me voy a poner a planchar en cuanto termines de leer este texto, pero antes déjame que escriba sobre el motivo que me llena de orgullo y satisfacción: los Sagi, mi familia, la familia de mi madre. Te lo resumo.

Los Sagi somos una familia con mucho talento. Todo empezó con el bisabuelo cantante de ópera y zarzuela, Emilio Sagi Barba, que se casó por primera vez con la bailarina Concepción Liñán y tuvieron tres hijos: uno de ellos futbolista del Barça (Sagi-Barba) y padre de otro gran empresario de la publicidad y que casi presidió el Barça a finales de los años 70 del siglo pasado (Víctor Sagi). Otro fue cantante (profesión que dejó para ser director de Correos de Asturias) y padre del aclamadísimo y maravilloso director de escena Emilio Sagi. También tuvo una sobrina notable, periodista, poeta, sindicalista, atleta plusmarquista de jabalina y primera mujer en la directiva del F.C. Barcelona: Ana María Martínez Sagi.

Y el bisabuelo se casó de nuevo, esta vez con Luisa Vela, que cantaba en su compañía teatral y juntos tuvieron otros tres hijos: Luis Sagi-Vela (también laureado contante), José Sagi-Vela, nuestro abuelo, que no cantaba, pero que junto a su hermano Luis montó la discográfica Zafiro (vean la serie LALALA de Movistar +, donde se habla de su historia) y por último, Julio A. Sagi-Vela. De esta rama vinieron los Sagi -Vela del baloncesto: José Luis, Gonzalo y Alfonso y también uno, Juan, que era muy bueno fútbol, pero que vio truncada su carrera deportiva porque a su madre, nuestra abuela, madridista, diabética y más de derechas que el grifo del agua fría, no le gustaba ese deporte.

La siguiente generación, la nuestra, de talentos más anónimos, conservamos algo que, como decía al principio, me «llena de orgullo y satisfacción» y que me ha hecho ponerme a escribir, antes de pasarme el domingo como le gustaba hacer a mi madre: planchando entre el partido de Alcaraz y la final del mundial de Clubes, aunque no juegue el Barça y el Madrid ya haya perdido. Ese algo es el amor que nos tenemos, las ganas de vernos, juntarnos y disfrutar de las tres generaciones que convivimos en este momento bajo este apellido.

Termino recitando con unos versos que nos contaba el abuelo Pepe, apuntando con el dedo índice al estrellado cielo en su casa de Benidorm: «Dada la estrella polar y el algoritmo de pi, averiguar si es aquí, donde se puede cagar». Así que nada de tocar el harpa.

Vamos a escribir y contar la historia de los Sagi y quizá lancemos algo público en un futuro, para honrar tanto talento y tanto amor.

Pasen una buena semana, me voy a planchar para evitar la quinta columna.

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