Son casi las 5pm y el vecino lleva cantando el himno del Madrid desde las 3pm, hora a la que llega del colegio. Es martes, a su equipo lo han eliminado de la Champions, pero se ve que su afición es esencial, de verdad, no pegada a la actualidad.
Agotado del soniquete salgo de casa dando un portazo a ver si, con suerte, el ruido del golpe consigue que el vecinito pare o, en su defecto, que al dejar de escucharlo salga de mi mente el incómodo «y nada más, y nada más, hala Madrid». Los himnos, quizá porque están creados para ese objetivo, se quedan rebotando entre las paredes del cráneo durante horas. A veces incluso días.
Camino del garaje pienso en lo tranquilos que viviríamos en esa casa perdida en el campo mirando a la montaña, pisando tierra nada más poner un pie fuera y así practicar el grounding, como Luis Enrique nos ha enseñado en su documental. Monto en el coche, arranco y le digo a ok Google que me lleve a un parking cerca de Rut, el café que nuestro amigo Luis Pablo tiene en la c/ Luna, 16. Aprieto al botón del mando del garaje y encaro lo que será el segundo asalto de la pelea que comenzó hace unos meses y que mi hija Mariana siente (a ratos), que es la más importante de su corta vida; elegir carrera.
Desde nuestro pueblo de la periferia el recorrido a Madrid es grato, el asfalto está reciente y no hay tráfico. El cielo, entre nubes, entrena para no oscurecer nunca dentro de un par de meses, coincidiendo con la noche de San Juan. Es la época del año en la que las tardes se alargan buscando el verano y a nosotros se nos pone el cuerpo de jarana. El entorno está tremendamente verde, por un instante siento que no estoy entrando en Madrid por la N-607, sino cruzando Galicia para llegar a mi querido Mondariz. Miro a la izquierda, veo la Autónoma y recuerdo que, por estas fechas, a finales de los 80 se organizaba la Fiesta de la Primavera, una suerte de rave que se fue yendo de madre con el paso de las sucesivas ediciones, la crecida de su popularidad y las ganas de bailar del personal en la previa a los exámenes finales. Creo que la última edición fue la de 1990 porque yo, que comencé la universidad en el 91, nunca asistí como universitario de pleno derecho, sino solo como wannabe.
Tras ese fugaz regreso mental a un pasado festivo, me asalta la responsabilidad de qué decirle a Mariana cuando me pregunte: «en serio, Papá, ¿qué carrera hago?». Trato de hacer memoria, pero no recuerdo que mis padres participaran en mi proceso de elección de estudios. Primero porque dependía de la nota final una vez terminado COU y la Selectividad y, segundo, porque respetaban que mi hermano y yo tomáramos la decisión en función de nuestro criterio.
Ahora la cosa ha cambiado, existe una enorme oferta universitaria pública y privada, un aluvión de marketing de eventito, pendrive, bolsa tote y reel de TikTok de las universidades para atraer estudiantes y un negocio notable alrededor de dónde unos padres pueden gastar los penúltimos miles de euros de la educación de sus hijos. Incluso lo de la EBAU ya no es condición necesaria, siempre que la familia puede pagar una de las cientos de entidades privadas. Además, existen muchas alternativas formativas no universitarias que una generación antes eran impensables.
A la altura de la Mirasierra suena en el coche «Somebody to love» cantada por George Michael y recuerdo que a mi madre le encantaba la versión que el británico, ataviado con un atrevido traje rojo de chaqueta que le gustaba a ella aún más que el propio tema, cantó en el concierto homenaje a Freddy Mercury el lunes de Pascua del año 1992. También recuerdo que la única vez que pregunté a mi madre por mi carrera, sentados en la sala de espera de la.peñuquería de Toña, me dijo: «lo que te haga feliz, hijo». Respuesta que me dejó aún más perdido porque, con 17 años, lo que necesitas son certezas, aunque solo sea para negarlas, discutirlas, rebelarte y que ese movimiento te sirva de motor en tu búsqueda.
Al llegar a la puerta de Rut Mariana está esperándome, apoyada en la pared mirando su teléfono. Nos damos un beso y lo primero que me dice es: «¿le puedes hacer un Bizum a mi amiga Carmela?, es que le debo 9€». Nos sentamos en la mesa de dos que hay en el pilar en medio del local y, sin más protocolo, me lanza la pregunta: «¿qué hago, papá?».
No es una sorpresa, habíamos venido a eso, lo que pasa es que yo me pregunto eso mismo acerca de tantas cosas cada día, que me entran ganas de contarle mi movida. Me contengo porque no es mi día de terapia y trato de que hable para ver si con la elaboración del discurso, ella misma llega a alguna conclusión. Afortunadamente la cosa está entre dos carreras en dos universidades diferentes y la nota del bachillerato y la EBAU no son obstáculo. A mi me gusta más una que otra y de las universidades no puedo decir gran cosa salvo que, en mi experiencia, en España son irrelevantes para el resultado final de tratar de adquirir conocimientos.
El té rooibos en Rut es magnífico y lo sirven con mucho amor y, mientras lo apuramos, le cuento que yo me equivoqué durante años y que ese es el motivo por el que he escrito un librito sobre el talento, mi experiencia y mi carrera. Y me equivoqué porque me dejé llevar por el miedo a no conseguir trabajo, a no ganar dinero suficiente, a no ser relevante. En definitiva, a fracasar en los aspectos materiales de la vida, los mismos miedos que ella tiene ahora. Y que lo único que yo le puedo aportar en esta elección es que, independientemente de a qué carrera o universidad le lleve, no tome la decisión por miedo a algo, sino por amor a algo.
Para un ratito, le digo, deja el teléfono una mañana entera, pisa campo con los pies descalzos y sé honesta. Siente hacia donde se te inclina el piso con tus ojos cerrados, con qué vibra más tu cuerpo, dónde tu organismo genera más movimiento de tus tripas, dónde tu imaginación visualiza más felicidad. más desarrollo personal, más amor.
La misma respuesta que mi madre me dio hace más de treinta años, pero la mía mas cursi; «lo que te haga feliz, hijo».
La alternativa metodológica, que ahora solo queremos recetas para vivir, es poner ambas carreras en la balanza de los cuatro anhelos del ser humano: elige la que te parezca más bonita, más sana (que ni tú ni tu entorno perdáis salud haciéndola), más sencilla y que más tenga que ver contigo (más verdad). O bueno, concluyo, también te puedes leer mi libro, porque creo que lo he escrito precisamente para esto.
Mariana me mira con cara de «no me jodas, papá» pero, en lugar de eso, sonríe y me da las gracias. Y yo a ella.
Pasen un buen fin de semana, mediten, pisen el campo, tomen el sol y, lo demás, ya veremos.
Si esta noche gana el Madrid iré a decirle a mi vecinito que relaje los cánticos.





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