Hay fenómenos inexplicables. Bueno, casi toda la realidad es inexplicable. Todo parece una gran comedia escrita por guionistas que salen de un after y van a Manolo Bakes a comer dos manolitos, mientras le dictan a su móvil el episodio con lo que va a suceder mañana. Vivimos en la gran broma. Pero hay cosas que son, ¿cómo diría?, como pegarnos un tiro en la bragueta cada mañana, como quedar con los del grupo de padres y madres del cole para ver una película porno, como… Bueno, mejor no sigo por ahí.
El caso es que ya he contado que nuestra vecina Enriqueta me regaló, en nuestra primera cita, un libro de Bécquer. Eso pasó hace unas semanas y después yo agarré el libro, lo ojeé y lo puse en esa cola de reproducción de libros que es mi mesilla de noche. Con los libros de papel no se puede dar a guardar archivo ni hacer escrol abajo ni ampliar la foto de la portada. Tienes que ir y dejarlo de manera mecánica en el montón de libros que algún día leerás, o no. Cosa que hice.
Y este jueves Iris fue a lo de Carol a hacer arteterapia, que no sé exactamente qué es pero que suena bien, auto explicativo y bastante en las antípodas de la otra trama que escriben los recién salidos del after y encargados de las historias de los que jugamos a las oficinas. E Iris llegó entusiasmada con su sesión y gritándome desde la puerta que tenía que escuchar «esto». Yo pensé que «esto» era un meme de Elon Musk o uno de esos con un bebé escuchando música tecno muy concentrado, bajo un letrero que dice: «Cómo se prepara un Acuario para 2025». Pero no, llegaba con un folio de papel y un poema de Bécquer escrito en él con un título muy simple: Rima IV.
Me lo leyó, lo leí, lo leímos juntos, lo leímos en alto y durante quince minutos nos atravesó una alegría de vivir que, como cualquier experiencia de verdad, no se puede explicar a través del lenguaje.
Vivimos, de manera equivocada, exclusivamente en el mundo de la materia, de las cosas contables, donde hemos acordado que solo existe aquello que se puede medir, contar o pesar. Hemos asumido erróneamente la parcialidad del paradigma materialista, el terrenal mundo de los datos, de la ciencia proveniente de los fenómenos observables en la naturaleza, de los números, de la fisicalidad. Nos preocupan los ingresos, los impuestos, los beneficios, la inflación, el Euribor, la cifra del paro. Comentamos con alarma como sube el precio del aceite, criticamos al 47 presidente de USA, anhelan unos la 16ª del Madrid y otros la 1ª del Atleti. En definitiva, vivimos rodeados y construidos por lo contable, asentados sobre una realidad de simbología matemática y numérica exclusivamente.
A pesar de todo eso y precisamente por todo eso, que una rima de D. Gustavo Adolfo Bécquer llamada IV, cuatro, vier, 4, quattro, quatre, four, no sea de obligada lectura cada mañana después de la meditación, la otra cosa que debería ser obligatoria, es un atentado al amor, a la filosofía, a la correcta visión del mundo, al arte y me atrevería a decir que a la propia existencia.
¿Cómo he podido vivir 51 años sin leer la rima IV de Bécquer? Gracias Carol y gracias Enriqueta por haber traído ese regalo a mi vida.
Léanla, siéntanla, recítenla, analícenla, compártanla, encárnenla. Es de una sabiduría y belleza tal que, claramente, no es de este mundo materialista.
Y qué mejor regalo para Laura y Diego que se casan hoy y a los que mando mis felicitaciones porque, como dice el poeta: «mientras haya unos ojos que reflejen los ojos que los miran, mientras responda el labio suspirando al labio que suspira, mientras sentirse puedan en un beso dos almas confundidas, mientras haya una mujer hermosa, habrá poesía».
Celebren, mediten y amen, del resto se encargará la poesía.





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