Acabo de subir de ver a mi vecina Enriqueta. Los albañiles ya le han pintado el techo del bañó que mi fuga de agua había dañado y me ha llamado para que bajara a verlo, «que ha quedado todo muy bien». Hemos tardado dos minutos en comprobar que sí. Bien por los técnicos de Segurcaixa.

Siéntate anda, me ha dicho señalando con su mano izquierda palma abierta hacia arriba una silla de la cocina, al tiempo que ella salía camino del salón, que estaba oscuro así como los mayores tienen sus salones. Debe existir una explicación a por qué tienen todo cerrado. ¿Será para que no se escape el calor en invierno, el frío en verano o el el gato a lo largo de todo el año? Quizá es para que no entre el polvo o para que no se vea, pero hay algo que ellos saben y yo no entiendo. El caso es que al poco ha comenzado a sonar música procedente del salón, unos acordes de guitarra familiares y, al toque, la voz de Dylan cantando «Don´t think twice it´s allright». Esta mujer es una caja de sorpresas, pienso mientras la oigo decir: me gusta Dylan, ¿sabes?

Entra a la cocina recolocándose la chaqueta larga gris de lana que lleva en los hombros, sin meter sus brazos por las mangas y, sin tiempo para contestar a su pregunta, me cuenta que su Juan y ella vivieron en Nueva York entre 1968 y 1970, que es un poco después de que Dylan llegara a la ciudad, dice. Y que fueron alguna vez a verlo tocar en directo en el Village. Juan estudió en The Cooper Union, sigue, que en aquel tiempo era algo muy raro. Allí aprendió lo de las computadoras. Antes había estudiado física en Londres porque su padre era diplomático. Estando allí le salió esto de hacer el doctorado en Nueva York y a la aventura que nos fuimos.

Joder con Enriqueta, pensaba mientras la veía moverse con soltura por la cocina y agacharse a chequear el contador del gas, ¿Me haces un favor, puedes tomar una foto del contador a ver lo que marca?, que es fin de mes y le quiero enviar la lectura a mi hijo porque me parece que estamos pagando de más. O eso o que ha subido mucho el gas y mira que yo tengo todo cerrado, incluidos los radiadores del salón, que lo utilizo muy poco.

Será por eso que está todo cerrado, asumo para mis adentros.

Ahora suena «I want you» y, al sonar, Enriqueta la tararea. Esta y «Forever young» son mis favoritas, Juan me las cantaba con su guitarra, le salían muy bien. Mis hijos no tocan la guitarra como lo hacía su padre. Tanta ingeniería, tanto estudio, tanto máster y ninguno toca bien un instrumento. Yo creo que es culpa de mis nueras. El único que toca algo es mi yerno, el marido de mi hija pequeña, pero viven en Leeds, así que los veo poco. Tocar un instrumento debería ser obligatorio para todos los niños que van a la escuela, concluye Enriqueta.

No se si ella era consciente pero yo la miraba entre perplejo y admirado.

No te he ofrecido nada, ¿quieres un té? Quiero un abrazo, pienso sin decírselo. Sí, cualquier infusión, le contesto.

Me ha costado salir de su casa, pero son las 8,45pm e Iris está a punto de llegar. Subo el piso que nos separa de Enriqueta pensando en que si no la hubiéramos mojado el techo de su baño, igual nunca la habría conocido. Y doy gracias por la filtración. Y pienso que ahora nos damos todos demasiada importancia y demasiado poca al amor.

Pasen un buen fin de semana, abríguense, cierren todo, ahorren energía y pongan a Dylan, que verán que pasan cosas buenas.

Y mediten y amen.

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