Tengo ganas de escribir sobre lo que la mayoría, de manera asertiva y convencidos de ello, llamaríamos teorías de la conspiración pero que, si callas todos los días un rato, comienzas como a atisbar que igual es una verdad como la catedral de Colonia. Como normalmente escribo sobre cosas que no resultan incómodas para la conciencia de nadie y con las que uno, más o menos, se puede identificar en su cotidianidad, me da miedo meterme en este charco, se me etiquete como conspiranoico y deje de ser un «verdadero filósofo» como me denomina con gracia y guasa mi amigo Diego, para convertirme en alguien que da pereza leer.

Pero el caso es que yo, que suelo escribir sobre la conciencia aplicada a lo que nos acontece, lo cual incluye el funcionamiento de eso que llamamos psicología, afirmo que la gran conspiración ha conseguido que nadie confíe tanto en su psicología, como lo hace en el algoritmo de su red social de confianza. Y esto me ha hecho recordar un cuentito que decía así.

Hace miles de años, unos sacerdotes egipcios que ocupaban la cúspide de la pirámide de su estructura social, económica y de conocimiento, retiraron de la circulación pública la verdad y la sustituyeron por la mentira nº2. Hasta ese momento la vida se dividía en cosas que eran verdad y otras cosas que eran mentira, de tal manera que si tenías tiempo y tranquilidad suficiente para intuir, sentir, percibir y entender, era fácil reconocer la primera y desechar la segunda. Esto no quería decir que te pudieras salir siempre con la tuya, no. Si los que promovían la mentira eran más fuertes, tú te ibas a Parla con tu verdad y ellos seguían en el sitio guay disfrutando de sus prebendas. Pero, al menos por un ratito, eras consciente de que estabas en el lado bueno de la ecuación de la conciencia, en el lado bueno de la fuerza, que diría Yoda. Y estos sacerdotes decidieron quitar la verdad del terreno de discusión porque, si la parte de la sociedad que reconoce la realidad como es se tornaba demasiado numerosa, no había élite privilegiada que aguantara el tirón y quizá, solo quizá, con el lío que tenían en aquel momento construyendo tantas esfinges y pirámides, les venía mejor que la verdad la conocieran solo unos pocos aventajados. El resto era mejor que se preocupara de si las piedras para construir eran grandes o pequeñas, si la alcaldesa de El Cairo, la «Faraona» la llamaban (…jate tú qué casualidad) era una incapaz por su mala gestión del tráfico de carros que iban y venían desde el Sinaí, si era mejor hacer 11 o 12 lunas de trabajo al año o de si el Racing de Alejandría habría pagado al Negreira de entonces para que su equipo saliera beneficiado por los árbitros en la Liga del Nilo. De esta manera y con el paso de los siglos, nos hemos acostumbrado a la dialéctica entre las mentiras nº1 y nº2, olvidando que podría existir la verdad y hasta el punto que cuando a alguien se le ocurre mentarla, desde ambos lados lo etiquetamos como hereje, conspirador o directamente loco peligroso.

Cuando hablo de mentar la existencia de la verdad no me refiero a Iker Jiménez o a los que dicen que el sapiens no llegó a la luna. Esos formarían parte de la mentira nº2 (o de la nº1, dependiendo donde te ubiques tú). Y pasa lo mismo con los negacionistas y afirmacionistas del cambio climático, con los Sanchistas y los Ayusistas o con los madridistas y antimadridistas. Lo que se promueve desde entonces es que perdamos el tiempo y, eventualmente la conciencia, de lo que realmente importa. Entreteniéndonos (mucho) defendiendo una u otra mentira, en la comida con los cuñados del domingo.

Los que no estamos en la puntita de arriba de la pirámide de poder, es decir casi todos los que nos manifestamos públicamente sobre las dialécticas existentes, hemos ido perdiendo atención, capacidad de entendimiento o ambas, al tiempo que nos convencíamos de que los que promueven la mentira contraria son unos pobres ignorantes. Casi todos nos hemos ubicado en algún momento en el lado de la mentira nº1 o en el de la mentira nº2, mientras los del vértice de arriba se siguen descojonando alimentando nuestras discusiones y creando foros y altavoces para que dialoguemos sobre ello cada vez a mayor volumen y siempre en el nombre de una libertad fundamental.

Y todos tenemos un superpoder para revertir esto: callarnos un rato cada mañana.

Mientras terminaba de escribir esto mis hijas han aparecido dando saldos y muertas de risa porque la desconexión de TikTok en USA ha durado menos de 24hrs. Quizá todo lo que escribo es una gilipollez. Vaya, seguro que es una gilipollez. Así que este gilipollas les desea una gran semana de discusiones, indignaciones y de lucha por las libertades. Luchen por las suyas pero, por favor, con amor, siempre con amor, que eso nadie nos lo puede arrebatar.

Y si pueden callen tres, cinco, siete o quince minutos cada mañana y verán que el volumen de todo baja unos decibelios, también dentro de su conciencia.

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