Oscuridad, olor a embrague quemado y a combustible (sé que tú no, soy consciente que tú eras el tío guay del coche eléctrico) y caras de hartazgo en centenares de personas adultas. Hace dos días el parking de El Corte Inglés de Sanchinarro parecía la encarnación de X en tiempos de confinamiento; con algunos ejerciendo activamente el mal y con la gran mayoría comportándose de forma callada y mansa. Y todo por los queridos Reyes Magos.

No voy a entrar en la discusión de si eran magos o sabios astrólogos, de si le regalaron al niño el último Iphone o llegaron con símbolos relevantes para cualquiera que traiga un nuevo ser al planeta: oro, el metal de los reyes, para representar la materia; incienso, la ofrenda de los dioses, para representar el espíritu; y mirra, como anuncio de que la vida es sufrimiento y mejor si lo sabes desde bien pronto. No quiero discutir si eran tres ni si sus iniciales eran G, M y B porque, llegados a este punto, la narrativa visual que aparece en Rávena, Italia, por primera vez en el SVI y se consolida en el Renacimiento con las obras de, entre otros, Botticelli, el Bosco, Rubens o Velázquez, es lo menos importante. Tampoco me interesa la representación teatral del Auto de los Reyes Magos, datada en el SXII y guardada en la Biblioteca Nacional ni, por descontado y esto es lo más importante, quebrar la ilusión de los más pequeños que confían a través de los Reyes Magos en que la magia existe. Lo que me interesa es el atasco que nos comimos en El Corte Inglés y la metáfora del Tururú que representa este día en el imaginario compartido del sistema económico (que no es más que un sistema de creencias muy arraigadas) denominado capitalismo.

Spoiler alert: este escrito no es una oda al comunismo. Tú y tu coche eléctrico podéis circular tranquilos. Lo opuesto al capitalismo no es el comunismo. Capitalismo y comunismo son, ambas, variantes del materialismo reinante.

Al llegar a nuestra casa en el pueblo de la periferia, tras 32 minutos en la rampa del parking del centro comercial, llegar a la M40 en dos patadas y 13 minutos de aliviado trayecto por carretera escuchando a Rufus Wainwright, Iris y yo comentamos la metáfora del Tururú.

El capitalismo se basa en el crecimiento. Sin crecimiento no hay tu tía. Al principio, si algo crecía a tu alrededor y a ti te sobraba, ibas y se lo cambiabas a otro por algo que te hacía falta. El hecho de poseer más tierra se convirtió en pieza clave de la ecuación del capitalismo. Más tierra para que crezca tu movida, más movida que vas a tener para cambiar. Como entre las cosas que se cambiaban estaban los metales para hacer ítems duros (armas, mayormente) y todo el mundo coincidió en que el oro era el más puro de los metales, éste se convirtió en el bien natural más importante. Además no se estropeaba con el paso del tiempo.

Los que tenían oro (o algún consultor del McKinsey de la época asociado a ellos) pensaron que se podía generar unas piezas pequeñas redondas de este material susceptibles de ser transportadas con facilidad, idea fetén para cambiarlas por otros productos que necesitara uno para su pueblo. Y las cosas fueron evolucionando con las variables tierra, armas y oro inventadas.

Luego a un tendero se le ocurrió que, con la invención del papel y el lápiz, ya no sería necesario que te llevaras toda tu compra a casa y que si me dabas tu oro o tu mercancía, yo te guardaría tu género recién adquirido en mi almacén y a cambio te daría un papel donde ponía que eras dueño de equis cantidad de mi mercancía en stock. La cosa empezó a sofisticarse en base a la confianza de unos sapiens en otros y uno pudo empezar a cambiar el «vale por» que yo le había dado en otros comercios que no eran el mío, dando comienzo así a la economía de mercado. Los que tenían más tierras, los que tenían las armas, los que guardaban el oro y los que emitían los papeles de «vale por» comenzaron a converger en las mismas personas/familias/sociedades, hasta un punto en el que la tierra donde se guardaba el oro y el propio oro, se convirtieron en el respaldo de la emisión de papeles de «vale por». Y las armas, en el sistema de seguridad de los tres primeros. Con esto ya teníamos la tierra, las armas, el oro y el dinero papel.

En círculos pequeños funcionaba, pero como la variable tierra era la clave para posibilitar el crecimiento ya que, cuanta más tierra, más género podías trabajar y producir (no te digo nada si lo que había en tu tierra era oro), comenzó a haber problemillas en forma de «me quedo con tu territorio por mis huevos». Llegado el SXVII la revolución industrial aceleró mucho todo y los del oro y el papel dinero comenzaron a viajar a tutti para conseguir más y seguir creciendo por el vasto mundo. Al oro se le sumaron otras materias primas como los combustibles fósiles y el opio, que primero servía como medicina para la Bayer y luego se supo que además de aliviar el dolor y la tos, hacía que la gente se enganchara, generando un poco de lío y un mucho de oportunidad en las ilustradas y civilizadas sociedades capitalistas europeas. Esto no provocó que el opio dejara de producirse ni que se dejara de comerciar con él, pero sí hizo que se tuviera que hacer por lo bajini a partir de entonces. Cosa que se sigue haciendo igual porque, ¡Maricarmen, qué mala es la droga, pero qué necesaria para que funcione el sistema!

Tierras, armas, oro, opio, combustibles fósiles y un grupo de personas/familias/sociedades con influencia sobre los estados/nación modernos y como resultado: las rencillas entre unos y otros que comienzan a ser severas. Pero como el planeta es grande y todo se producía gracias a los recursos naturales, hemos continuado haciendo equilibrios con el sistema tal cual lo creamos, guerras incluidas, hasta al límite máximo que nos ha permitido la geografía.

Una vez no quedó más tierra por conquistar y como esto se sigue basando en crecer, hemos inventado la economía financiera, que no se fundamenta en los recursos existentes en el momento presente, sino en 1) el crecimiento futuro de cosas que no necesariamente pertenecen a la naturaleza y 2) cómo se hace el reparto del rendimiento que genera esto, que conviene que los dueños de todo eso que tiene valor esté en pocas manos.

Como se necesita ese rendimiento futuro para mantener el circo presente, los actores de mitad del SXX en adelante nos lanzamos a crear, comprar y vender cosas que no necesitamos, pero que nos hemos convencido de que son absolutamente necesarias. Los rendimientos, que en un origen siempre habían provenido de trabajar la naturaleza, han pasado a provenir de las macros de Excel de las personas/familias/sociedades que ya tenían las tierras, las armas, el oro, el papel dinero y el circuito de las drogas. A estas industrian le han añadido lo relativo a la cuarta revolución: la de la información y poseen también los medios de comunicación que sirven para dar las noticias buenas o malas (según les parezca) y para que El Corte Inglés anuncie sus ofertas de aspiradoras Dyson. Por si esto fuera poco, estas personas/familias/sociedades son muy seductoras y generan toda la influencia posible sobre esas otras personas que manejan los estados/nación modernos, para convencerlos de que son (somos) independientes, soberanos y que está en las manos de los ciudadanos poder cambiar las cosas, ya sea votando o discutiendo en X sobre si mejor Pedroche o Lalachús.

Tierra, oro, dinero, droga, finanzas, comunicación y sensación de libertad por poder meternos voluntariamente a pasar media hora en la oscura rampa del parking de El Corte Inglés de Sanchinarro (que ya veremos si lo hacen santo en algún momento), son algunas de las variables necesarias para seguir creciendo.

Llámame loco si quieres, pero yo creo que a esto le queda poca cuerda.

Las personas/familias/sociedades que tienen el control de la tierra, las armas, el oro, el dinero, la droga y la comunicación tampoco van a resistir el embuste. El planeta nos va a hacer Tururú a todos y nos va a enseñar el dedo corazón en forma de peineta. Si no lo ha hecho ya.

Solo queda despertar del sueño, dejar de regalar materia innecesaria por Navidad y hacer como los Reyes Magos y Sabios de Oriente, que cada 6 de enero traen tres símbolos: oro, el metal de los reyes, para representar la materia; incienso, la ofrenda de los dioses, para representar el espíritu; y mirra, como anuncio de que la vida es sufrimiento y mejor si lo sabes desde bien pronto.

Y amor, mucho amor, que estamos a nada de serlo todo.

A por ello. Amen, aunque me haya quedado esto un pelín conspiranoico.

2 respuestas a “Los Reyes Magos o la metáfora del Tururú”

  1. Hola, con tanta cosa, quizá se te olvidó meter la religión por medio (y eso que estabas en SANchinarro) que mucho se ha hecho en nombre de Dios!!

    Saludos y Feliz Año!

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    1. Si, faltan las confesiones, tienes razón. Feliz Año Carlos!

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