Acudí solo a un asado en casa de Alfredo, era el 8 de junio de 2014 y allí conocí una mujer que me gustó. Era uno de esos domingos de verano prematuro en Madrid, donde la primavera ha perdido definitivamente la guerra y yo era un recién separado que, ese fin de semana, no tenía a mis niñas conmigo. En la tv Nadal ganaba por novena vez en Roland Garros, en esa ocasión frente a Djokovic, que perdía en cuatro sets la oportunidad de terminar con la incontestable autoridad del manacorí en la tierra de París. Los dos años anteriores Nadal había tenido problemas con las lesiones y parecía que podía estar a las puertas de acabar su época. Pero no.

En aquellos días yo quería ser Messi, pero mi aspecto y mi actitud delataban que era mucho más Celades y si bien hacía amago de salir desde atrás con el balón jugado, a la mínima incomodidad sacaba la pelota en largo, quitándome la presión de encima. Era un inseguro diletante que llevaba escrito en la frente la frase: «Ayúdame, estoy en plena crisis de la mediana edad». Spoiler alert, todo este párrafo es metáfora. Cuando hablo de Messi y Celades me refiero a mi vida personal y es obvio que nunca he llevado nada escrito en la frente. Lo digo porque luego pierdes los papeles preguntándome «¿oye, eso que escribes en el post es verdad o ficción?» («-papeles, ¿qué papeles?-«). Lo ves…

Tenía treinta y nueve años y trataba de encontrar mi nuevo sitio en el mundo (como Nadal ahora, que se jubila y encara la crisis de los cuarenta todo de una), como si ese lugar estuviese ahí fuera, en la validación externa de las mujeres atractivas de las barbacoas de los domingos en las casas de amigos. Con esa manía de construirme desde lo exterior, desde la opinión pública, desde el qué dirán, el qué pensarán, desde el like, el cargo de Linkedin, la cuenta corriente, el éxito material. Sin querer admitir que la verdad de lo que somos aparece en el silencio de la noche, al mirar el techo de la habitación y no poder dormir. Mi habitación de entonces, ese lugar al que acostumbraba a llegar lo suficientemente cansado como para no comer demasiadas horas de gotelé y no recurrir al orfidal.

Pero yo en aquel momento no sabía que era Celades. Bueno sí lo sabía, pero hacía como que no. Que vale que quizá no fuera Messi, pero que igual Busquets sí o venga, como mínimo, Mascherano. Porque yo siempre me creí eso de que hay que estar bien, que hay que ser positivo, resiliente, apretar los dientes y tirar para adelante. En definitiva que aunque seas el Getafe de Bordalás, si te lo propones, tú puedes jugar al tiki taka. Y si te fijabas un poco deducías al toque que mi juego era más como el de Chygrynskyi.

Mientras en la tv Nadal ganaba a Djokovic, yo charlaba con María, que así se llamaba la mujer que citaba al principio. Ella era interesante, inteligente, atractiva y con poca producción. Además era psicóloga, qué más se pedir a la vida un domingo de casi verano. Imagino que por el poco interés de ella en jugadores como Chygrynskiy o Celades, la conversación derivó hacia Nadal, que era el lugar más común posible de ese instante y, aparentemente, el menos comprometido para charlar con un desconocido que se te acerca con una cerveza. Porque todos somos muy de Rafa porque es un chico normal, muy buena persona, muy bueno en su actividad y del que ella era una fan absoluta. Y no, yo no, a mi Nadal no me encanta, no es mi role model, no sería mi cuñado favorito ni mi yerno predilecto. Que conste que es un no basado en mi opinión de todo a 100 sobre lo que se conoce públicamente de su personaje. Nada más. Es un no que uno puede aguantar en una charla de este tipo en una asado en casa de Alfredo, sin tratar de sentar cátedra ni de pretender que sea la verdad. Es un no de salón, superficial y seguramente injusto. Pero es mi no y aquel día no me escondí y le dije a María que en lo tenístico me gustaba más Federer y que en global, de los tres grandes de los últimos veinte años, me sentía más identificado con Djokovic.

María se fue, pero aquella conversación me dio para tirar luego del hilo y conseguir una cita que acabó en nada, como acabaría un contraataque entre Chygrynskyi y Celades.

Y el miércoles de esta semana mientras Pedro y yo desayunábamos y trabajábamos en su talento, no pudimos evitar comentar que la noche anterior había sido el último partido de Nadal y le expuse los mismos porqués que diez años atrás, sin éxito, traté de argumentarle a María.

Yo soy más de Djokovic, le dije a Pedro, aunque es una obviedad que no se puede decir nada del mérito de Rafa, es inimputable. Y además es español y madridista, con lo que la opinión pública patria ha estado siempre encantada con su existencia. Pero a mi me resuena más saludable el mensaje del serbio que el del de Manacor. Y no por Nadal, que me parece un bendito, sino porque el personaje que han creado es «irreal», por más que se esfuercen en decir que es «un chico normal».

Otra cosa es que sea aspiracional, inspirador, atractivo o necesario para una sociedad que anhela referentes de éxito que en este país, por lo que sea, solo encontramos en el deporte.

Lo normal es no tener la resiliencia de Nadal, lo normal es ser un adolescente que va a la escuela, lo normal es romper una raqueta de vez en cuando, lo normal es mandar a tu tío Toni a menudo a la mierda, por mucho que lo quieras, lo normal es que toda tu familia no viva pendiente de tus partidos, lo normal es que lo dejes con tu novia de toda la vida o que se enrolle con tu mejor amigo si estás tanto tiempo de viaje, lo normal es enfadarte y cuando te enfadas, lo normal es que se entere la gente. Lo normal es ser vulnerable. Y sí, lo normal luego es volver a calmarte y empezar a ser muy diligente en lo que sea que tenga que ver con tus talentos. Ganes, o no.

Deseo que Rafa tenga una jubilación saludable y un desarrollo normal de su persona a partir de ahora. Deseo que no le duelan muchas cosas del cuerpo ni de la mente y deseo que sea un calvo digo. Deseo que tenga una familia feliz y deseo que sea normal, aunque los demás no queramos que deje de ser un superhéroe.

Gracias Rafa porque por ti conseguí quedar a cenar con María, aunque la jugada acabara con un balón en largo a cualquier otra parte, como cantaba Dorian y hacía Chygrynskyi.

Pasen un buen fin de semana y rompan alguna raqueta, que es sanísimo.

Deja un comentario

Tendencias