Tinta, la perra que aparece en la foto, estuvo toda la semana con nosotros porque vinieron las chicas y se trajeron a su mascota. Por primera vez desde que me divorcié hace 11 años, he pasado una semana no vacacional con ellas. Así que esta ha sido una semana de victorias.

Y Tinta me ha acompañado en las meditaciones mañaneras mirándome con esos ojos negros, como los de la canción de Duncan Dhu de finales de los 80 (seré boomer…). Los perros miran siempre con intención, nunca de medio lado, nunca con desdén, nunca por obligación o por educación. Los perros miran mejor que los sapiens.

Ante esa mirada me entraron ganas de explicarle cómo medito e igual la explicación también te sirve a ti.

Lo primero agarro mi teléfono, le dije, porque aunque ella no tiene móvil, para esta actividad sí es una buena herramienta. Fijo un temporizador de quince minutos y me siento en la silla del comedor o en el sofá que más me gusta de la casa: el verde de la terraza. Pongo mi cuerpo bien, no como cuando me tiro a ver Netflix. El culo hacia atrás, la columna recta pero no rígida, sin forzar. Relajo los hombros, que los tengo siempre un poco tensos porque mi madre me decía de joven que caminara recto, Dejo de apretar la mandíbula, no contraigo ninguno de los 43 músculos de la cara, me fijo en esa ceja izquierda que, como Rafael Nadal (en su caso la derecha), subo sin querer y en esa frente mía generando siempre arrugas de expresión. Dejo de contraer la tripa liberando mis michelines y suelto todas las contracciones que puedo observar en mi cuerpo a través de una exhalación liberadora, tras una primera inhalación profunda.

Luego cierro los ojos que los sapiens captamos el 80% de la información que manejamos a través de la vista y tenerlos abiertos despista a cualquiera, respiro de nuevo y siento como esas zonas que antes estaban contraídas, ahora pesan. Noto la gravedad tirando de mis brazos hacia el suelo, mi barbilla queriendo acercarse a mi pecho y yo no permitiéndolo. Compruebo cómo mis párpados se resisten a permanecer cerrados y yo por mi lado resisto las ganas de abrirlos. Es normal que me pique la nariz o la pierna o la espalda y que tenga la tentación de rascarme. En lugar de reaccionar, respondo, o al menos trato de hacerlo.

Tinta, le digo a la perra, responder es actuar tras observar y no de manera automática. Si ese picor sigue ahí, miro a ver qué pasa, miro a ver si pasa. Mi convicción es que igual que vino, se irá y que no voy a necesitar rascarme. El picor se va porque no pienso más en él o lo contrario, desaparece solo y como consecuencia dejo de pensarlo. Sustituyo el pensamiento en el picor por uno sobre si será verdad que creamos lo que creemos y de vuelta me doy cuenta que estoy pensado y que no es ese el ejercicio. ¡Pero es que es inevitable pensar!, exclamo en silencio. Es verdad que los pensamientos son inevitables, por eso meditar no es dejar de pensar, sino observar los pensamientos y cuando me descubro en alguno, volver a la respiración, begin again. Así que regreso a mi respiración y empiezo de vuelta.

A partir de ahora simplemente tengo que respirar como lo hago siempre, le digo, solo que siendo consciente de que lo hago. Somos unos cachondos los humanos, damos por hecho que respirar está garantizado y no le otorgamos la importancia debida. Esto es un error mayúsculo. Continúo, agradezco a la vida que estoy respirando y aprovecho cada una de estas inhalaciones y exhalaciones con los ojos cerrados, porque estoy siendo consciente de que estoy vivo gracias a ello. Además hoy es domingo y no tengo reuniones por Teams.

Si yo puedo, tú también eres capaz de hacerlo, no te preocupes. Esto ya no se lo dije a Tinta, te lo digo a ti. Son cinco o diez o quince o ¡tres! minutos y en seguida tu teléfono te va a avisar para poder tocarlo de nuevo, meterte en Instagram, TikTok, Twitter (o Bluesky si estás indignadísimo porque Elon Musk hace con sus empresas lo que le da la gana) o para contestar a ese mensaje del grupo de cuñados de Whatsapp.

Lo vas a hacer bien seguro, como yo, que soy campeón de callarme en este pueblo de la periferia de Madrid. Nadie se puede callar mejor que tú, eres el mejor del mundo en eso.

En la meditación no hay competencia, no hay ganadores, no hay récords del mundo, no hay postureo, no hay likes, no hay comparación. Yo me callo, tú te callas, él se calla, nosotros nos callamos, vosotros os callais, ellos se callan. Todos callamos igual de bien.

Prueba anda, hazlo. Son solo cinco minutos hoy, cinco mañana y cinco pasado. Y verás que tu perro te mira con buenos ojos y con el tiempo, tu empiezas a mirar a los ojos del resto de sapiens.

Pasen una buena semana, mediten.

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