La tergiversación del significado original de las palabras es bien conocida. Lo que en algún momento del pasado fue un término ajustado a la acción que describe, hoy puede parecer una broma. Y uno de esos es el que utilizamos para referirnos a las personas que nos gobiernan: las autoridades.

Autoridad es un término muy sencillo, etimológicamente es «una cualidad creadora de ser, así como de progresar» y si lo llevamos al lenguaje de la calle, tener autoridad significa haber sido autor de algo. Para ser autor y que tu obra pueda considerarse tal cosa en una disciplina dada, hay que poseer inclinaciones inconscientes hacia ella, tener idealmente algunos dones de la naturaleza para ejecutarla y, por descontado, practicar mucho, trabajar mucho, perseverar mucho, entrenar mucho. Por último, debes poseer suficiente inteligencia para poner todo eso al servicio de un bien superior a tu yo.

Hay veces que esto pasa de manera orgánica, como en el caso de mi amiga Bárbara, aquella niña que era increíblemente justa con sus amigos en la época del jardín de infancia, que tenía un buen juicio natural desde siempre y que era firme pero a la vez compasiva en sus discusiones como adolescente. Después de años estudiando oposiciones, haber pasado por plazas de jueza en Cabra, La Nucía y Avilés, llegó a Madrid y lleva casi veinte años impartiendo justicia en Plaza de Castilla.

La tarea de nuestras autoridades es gobernar, un término que etimológicamente proviene del latín gobernare y antes de la misma palabra griega, que se refería a «gobernar un barco». Los griegos fueron excelentes marineros y los romanos magníficos diseñadores de carreteras. Y de aquellas épocas arrastramos que el gobierno de un territorio lo realiza un gobernador, análogo al de pilotar una nave que realiza un timonel.

Nadie se subiría a un barco si supiera que el timonel no tiene la autoridad (tener el título no es tener la autoridad) para manejarlo. Nosotros nos hemos acostumbrado a viajar en una nave cuyos timoneles, perversamente elegidos por nosotros, manejan el Estado, la Comunidad o lo que les toque, sin tener una mínima autoridad en lo que hacen.

Si hace buen tiempo y la mar está en calma, nadie se acuerda de quien lleva el timón. En nuestra política lo habitual es que sean simples arribistas que se ganan así la vida, como se la podrían haber ganado de cualquier otra forma.

Pero si la cosa se pone fea y hay tormenta, el liderazgo del timonel se convierte en la llave para llevarnos a puerto. Liderazgo en el que es igual de importante la tarea funcional a realizar, como la gestión de las emociones de los integrantes de la expedición. Liderazgo que proviene, en buena medida, de la autoridad, de haber sido autor de ese algo en el pasado y de tener el talento suficiente para encarnarlo.

Las mal llamadas autoridades de (entre otros muchos) este país, en este sistema de gobierno que nos hemos creado, no sirven para pilotar la nave en caso de tormenta.

La culpa no es solo de ellos. Nos conviene a todos repensar la política.

Descansen en paz los hermanos y hermanas que han fallecido en nuestro barco esta semana.

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