El sábado anterior estuvimos en el cumpleaños 80 de la madre de Iris y el jueves en el homenaje sorpresa a un amigo al que su empresa despidió, también por sorpresa, el pasado mes de febrero. Además el mismo jueves Rafael Nadal puso en redes un vídeo anunciando que se retira.
Lo de la madre de Iris estuvo fenomenal y aunque ella sabía de la celebración, no conocía todos los detalles, como que su tía Maruja de 93 años iba a venir a felicitarla. Mi amigo no tenía ni idea de que iba a su fiesta de homenaje a toda una carrera en la misma compañía. Y bueno, imagino que Nadal y su equipo controlan hasta el último detalle todo lo que el tenista hace en público.
Reconozco que el jueves yo estaba cansado y por eso o por lo que sea, no encaré con el entusiasmo debido el evento de homenaje a mi amigo. Había comido con mi padre en Tanteo y le había acompañado a comprarse cuatro pantalones al Zara de Serrano, porque pesa veinte kilos menos que el invierno pasado y «ni con el cinturón en el primer agujero» se puede poner los de antes. Mi padre se sorprendió de lo baratos que son los pantalones en Zara, lo que le llevó a contarme de nuevo esa historia de finales de los 70 cuando él compraba batas guateadas a Amancio Ortega y a su primera mujer, «que es quien de verdad llevaba el negocio». También me contó lo que siempre sigue a la historia, eso de que «algo más que telas debía de importar el bueno de Ortega», que consiguió crear ese imperio desde su modesta fábrica de confección de batas en Arteixo.
El jueves no pensé en Nadal, no me emocionó el vídeo, no rescaté una foto mía con él para subirla a X o Linkedin y llenar un post con lugares comunes. Con este tenista tengo mixed feelings. No hay discusión sobre su carrera, pero no me acabo de creer ese comportamiento público tan inimputable. A mi me atrae más la perfección de la imperfección, como aquella vez que el tenista tiró contra la pared un mando de la Play porque le metieron un gol al FIFA, en la oficina donde trabajaba hasta que le echaron mi amigo el homenajeado del jueves. Tampoco me encantó el vídeo del homenaje a mi amigo, del que además fui partícipe. Y es que creo que estamos hartos de videos emotivos que no emocionan.
Volviendo a casa en el taxi caí en que lo que me pasaba no era mi cansancio, sino que me había quedado atascado con la aparición de la tía Maruja de 93 años en el cumpleaós del sábado anterior, porque yo también tuve una tía y una abuela Maruja y quizá fuera ésta, la del sábado, la última Maruja de nuestra especie.
Hoy no existen Marujas. Décadas atrás se empezó a usar Maruja como verbo para calificar a personas que cotillean y despellejan a Mengana por lo corta que lleva la falda. Pero las Marujas no son esa tergiversación de un nombre que nos recuerda a la España en tonos grises. Maruja era mi abuela, la tuya, mi tía, la tuya y cada una de ellas podría haber hecho un vídeo que nos haría llorar a todos por cínicos si lo colgaran en X.
Que alguien haga por favor algo para homenajear a la tía Maruja de 93 años y a todas las Marujas de nuestras vidas. O mejor, den el merecido homenaje a las Marujas, a sus Marujas, en la meditación de mañana por la mañana. Así, en silencio, como estuvieron ellas.
Marujeen y pasen una buena semana.





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