En casa estamos revisitando LOST (Perdidos), una serie con casi 20 años. Y pensando en cosas perdidas y en lo perdidos que estamos nosotros como especie, me he reconocido enfadado por los lugares comunes de la cultura del momento, con esos hypes tecnológicos de cada semestre y lo que se nos llena la boca chancla con ello.
Y estoy en condiciones de afirmar que la IA no sirve para los aspectos esenciales de la vida, por ejemplo encontrar los pares sueltos de calcetines que han desaparecido.
Me preocupan los que se quedan y se acumulan en una esquina del cajón esperando a que aparezca su igual. Los veo hablar buscando parecidos improbables entre ellos, mirándose unos a otros y deseando volver a ser útiles, pero desesperados porque sus parejas no llegan.
Me inquietan aún más los que no están, los que cayeron por el tendedero a pisos inferiores y que seguramente hayan terminado en una bolsa de ropa usada depositada en uno de esos contenedores del punto limpio.
Hoy encontré dos tobilleros grises de esos marca Artengo y de los que hay decenas en casa, que se habían juntado y andaban abrazados y felices entre otras parejas asentadas del cajón, algunas de ellas con más de veinte años de convivencia. Al abrirlos me he dado cuenta de que no eran de la misma talla, uno era mío y el otro de las chicas. Los he separado y llevado a la esquina de los singles, reconozco que con cierta tristeza.
Es un fenómeno misterioso que cuando vivía en casa de mis padres no sucedía. Allí todos encontraban su par y regresaban unidos al cajón, no existía la pila de los calcetines sueltos tristes. Como mucho había un calcetín, solo uno, esperando a su pareja en la silla del cuarto de la plancha. En esa casa había un cuarto para tender en invierno y planchar todo el año, inteligencia natural de la cultura de una época en la que las casas se hacían para vivir y no para vender.
En esa estancia del fondo del pasillo que daba al patio interior las lavadoras se sucedían, la ropa aparecía mágicamente planchada y los calcetines encontraban a sus parejas sin drama, doblados de esa forma en la que simplemente tenías que meter el pie y tirar para colocarlo de una manera fácil.
No era la IA sino el amor, el amor de madre en concreto, lo que provocaba que no se perdieran los calcetines.
El amor de una madre o de la parte femenina de un padre o de un hijo o una hija, tiene que ver con el cuidado de los aspectos esenciales de la vida del sapiens y eso no será nunca sustituido por ninguna IA.
Los calcetines perdidos se recuperan con amor, con cuidado.
No pierdan calcetines, sean cuidadosos, amen. Y vuelvan a ver LOST, merece la pena.





Deja un comentario