El 12 de agosto de 1993 era jueves y como siempre bajé a la cafetería para desayunar. El desayuno era mi comida favorita por culpa del bagel de semillas con crema de queso con nueces y miel. Técnicamente aún era summer school, pero como el lunes siguiente comenzaba el curso oficial la cafetería estaba más concurrida que un día normal de verano en Granville Towers, que así se llamaba la residencia de Chapel Hill, donde se ubica la Universidad de North Carolina.
El comedor tenía una sola televisión y justo debajo de ella había una mesa redonda con capacidad para ocho comensales. Durante el verano me había sentado allí cada desayuno porque hice migas con un chaval llamado Carter Price, que a su vez era íntimo de Leon Johnson, un chico noble y simpático, que era el running back del equipo de football de la universidad y que llegaría a ser profesional de la NFL. Leon no era muy alto (183cm) pero sí muy bueno corriendo con el balón ovalado, además de jugando al baloncesto y practicando atletismo, donde era capaz de saltar 8 metros en longitud.
Los tres íbamos cada día a jugar a las canchas al lado del Carmichael Arena, que entonces era solo el Carmichael, donde se practicaba la modalidad de «rey de la montaña» (el equipo que gana se queda) a 11 puntos y donde con Leon y dos más, Carter y yo asegurábamos jugar muchos partidos sin salir de la pista.
Pero aquel 12 de agosto no estaban ellos y me enganché a la TV que hablaba de lo que había sido la noticia serial del verano: la historia de un tipo que había escapado de una cárcel cercana y que según decían las cadenas locales y las asustadas lenguas de la universidad, había atacado a varias personas en el campus. Llegaron a obligarnos a no salir de las habitaciones un par de noches y cerrar con pestillo todas las puertas porque el peligroso reo supuestamente andaba por las inmediaciones. El miedo y su power.
Mientras untaba la crema de queso se formó un tumulto en la entrada, de esos en los que mucha gente de estatura media rodea a chicos altos que, en mi historia personal, solían ser jugadores de baloncesto. Miré con atención y no reconocí a nadie. En la Universidad de North Carolina uno espera que cuando eso pasa el famoso rodeado de fans sea Michael Jordan, o Sam Perkins, o James Worthy. Pero no, no era ninguno de ellos. Ese verano fue jodido para el bueno de MJ que, aunque había ganado su tercer título de la NBA, semanas antes había perdido a su padre asesinado en extrañas circunstancias.
Sin prestar la atención debida seguí con mi bagel y mi tele hasta que el amable señor mayor (muy mayor según mi recuerdo) que controlaba los accesos a la cafetería, me pidió si me podía levantar de la mesa donde había desayunado desde el 20 de junio. El motivo, me dijo, es que es la única donde caben Jerry y… (otro nombre que no entendí) con sus familias.
Mentalmente me constó acceder, pero exteriormente lo hice al toque y llevé mi bandeja de plástico azul y mi desayuno a una mesa cerca de la salida.
Jerry Stackhouse y Rasheed Wallace se sentaron en aquella mesa redonda con sus familias en su primer día en la universidad y a partir de entonces asumieron que era su mesa. Yo no sabía quienes eran, pero tardé muy poco en averiguar que iban a ser gente muy importante.
Un par de semanas más tarde Carter y yo convencimos a Leon de que les propusiera a esos dos freshman futuras estrellas de la NBA y dueños de la mesa chachi del comedor, unirse a nosotros un día de partidos informales «rey de la montaña». Pensamos que siendo él el running back titular del equipo de football, sería más sencillo que aceptaran.
Existía el problema de la prohibición a los miembros del equipo de practicar baloncesto hasta el 31 de octubre, cuando en la noche de Halloween se celebra el Midnight Madness pero, con todo, Leon se lo propuso. Les dijo que sería en unas canchas fuera del campus y les aseguró que se guardaría confidencialidad.
Accedieron.
El viernes 3 de septiembre era la fecha señalada en el calendario. Leon habló con amigos suyos en Greensboro, una localidad a menos de una hora de camino, para que se hicieran con las llaves de unas canchas de uno de los institutos y quedamos en jugar a las 8pm, para así evitar que hubiera público no deseado. Solo queríamos que estuvieran aquellos que pudieran formar un equipo de cinco con nivel para jugar contra nosotros al rey de la montaña.
En 1993 no había internet y nadie tenía teléfono móvil. Las informaciones circulaban por voz, carta o a través de la prensa, la televisión o la radio. En nuestro caso habíamos utilizado solo la voz para hacer llegar el mensaje a aquellos que sabíamos podían armar un buen equipo, pero alguien del colegio donde íbamos a jugar había usado la radio del mismo para anunciar que el viernes a las 8pm dos estrellas en ciernes de la NCAA jugarían en las canchas del high school. Wallace provenía de Pensilvania y su nombre no era muy conocido si no estabas muy metido en el mundo del baloncesto, pero Stackhouse era un ídolo local. Había jugado en Kinston High School, Carolina del Norte y en su año junior había sido el mejor jugador del estado llevando a su equipo a la final. Por tanto era alguien muy, muy conocido.
Nosotros aún no sabíamos qué estaba pasando en Greensboro y nerviosos y felices el día del partido nos montamos en el Jeep Grand Cherokee de Carter para ponernos en ruta. Eran las 4pm y teníamos que pasar por la casa de Leon, porque su padre quería venir a ver el show. Aquello no nos pareció raro, teniendo un hijo como Leon cualquiera querría ver un partido donde él participaba, fuera cual fuera el deporte.
No habíamos salido del campus cuando en un semáforo nos paró un control policial. Carter era blanco, Leon negro y yo español, es decir hispano, que para ellos es algo entre los dos primeros. Nos pidieron la documentacion del coche, la nuestra y nos dijeron que esperáramos en la cuneta hasta que pudieran comprobar no sé qué. Tras media hora nos dijeron que no se podía circular por el campus y que teníamos que volver a nuestras residencias.
Dudamos pero accedimos a lo que la autoridad decía.
Al llegar pusimos la TV y vimos que el famoso reo huído de la cárcel cercana había retenido contra su voluntad a dos chicas y que había una redada en marcha dentro del campus, motivo por el que se había declarada el estado de alarma. Leon llamó a Jerry y Rasheed para decirles que se cancelaba el partido y a su padre y sus amigos de Greensboro para lo mismo.
Ayer hablé con Carter Price por videocall y nos reímos mucho del día que pudimos ser del cinco inicial en un partido con dos estrellas de la NBA como compañeros. Y como durante los días de verano previos estuvimos seguros de ser los indiscutibles reyes de la montaña.
Por la tarde escuché «El sueño de Jordan«, episodio del podcast Hechos Reales en el que se relata la ocasión en la que Michael Jordan pudo vestir la camiseta del Estudiantes, cosa que tampoco llegó a pasar.
La conversación con Carter y la escucha del podcast me trajeron esta otra historia.
Pasen una buena semana, disfruten mientras las cosas suceden, aunque finalmente no pasen.
P. S. Como se pude ver en la foto, ni rastro de piña en mi carrito de Mercadona. Era solo por el clickbait :).





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