Iris dice que no es lo mismo salir a tender que tender a salir. Mi padre es mucho más de lo segundo. Salir a tender no le he visto hacerlo en mi vida, pero su tendencia a salir es probablemente lo que mejor le defina.

Tender es aspirar con las tripas y responde a necesidades, como le pasa a nuestro organismo y como hacen los vegetales. Una tendencia es algo vegetativo que está funcionando nonstop por ahí dentro. Las tendencias van solas, son subconscientes. Pero van solas porque responden solo ante Dios, ante la Naturaleza, son arquetípicas. El geranio de la terraza aspira con sus tendencias y pase lo que pase brota cada año si el contexto es medianamente favorable, a pesar de que el viento lo mandó al tapiz dos veces la otra noche, cuando se fue la ola de calor para que viniera la ola de viento y tormenta.

Hay mucha literatura con eso de que hay que escuchar a los intestinos, nuestro segundo cerebro, ese que tiene el mismo número de neuronas que la loca del ático, nuestro cerebro titular. Nos dicen los nuevos sabios (tiktokers e instagramers) que hay que alimentarse muy bien para que ese segundo cerebro, con su microbiota y su colon limpio como mármol de carrara, transmitan los mensajes correctos y así dejarse orientar por las sensaciones y estar sanísimo para luego poder mostrar abs en el verano. Y es muy correcto.

Esta mañana me encontré con mi tendencia a levantarme temprano. Con ella me llevo bien, siempre nos hemos entendido, incluso cuando recién separado y en plena crisis de los cuarenta trasnochaba y pretendía ser ese decadente nihilista rockero rebelde que se levanta de la cama a la hora de comer. Ella fue paciente y perseverante, estuvo allí cada mañana y también a la mañana siguiente, cumpliendo con su arquetipo, su sello de origen.

Hablando con ella hoy en el sofá de la terraza, acompañados por un café americano, orgánico y de comercio justo (kudos +1 en Linkedin para mi por ecológico, sostenible, inclusivo y todo lo que esté de moda), me decía que su vida y la de las de su especie no es sencilla porque en nuestro interior, en esa parte que es invisible y que la ciencia materialista dice que no existe, ellas se encuentran justo entre los hábitos y los pensamientos. Dice que los hábitos son pesados, difíciles de moldear, de mover, de cambiar, porque están formados por minerales y llevan toda la vida allí. Aún así se lleva bien con ellos porque son gente sin dobleces, afirma, de esos que se les ve venir, que nunca te sorprenden. Y cuando los hábitos son saludables, concluye, es una gozada hacer vida con ellos porque te dan soporte, cobertura, cobijo.

Lo malo son los pensamientos, alerta poniendo cara de uff qué lío, ahí sí que hay que ponerse a salvo. Los pensamientos vienen del norte y todos los que vienen de arriba creen que son superiores, que tienen derechos sobre los de abajo. Vienen de mil en mil y aunque es verdad que duran poco y casi nunca son demasiado firmes, sus oleadas son tan constantes que no nos da tiempo a manifestarnos. Y cuando lo hacemos no nos hacéis ni puto caso. Que ya no sabéis ni cuando tenéis hambre, ni sueño, ni ganas de follar, que lo hacéis todo porque toca o porque lo dice internet. Porque antes pensabais mucho, pero con pensamientos propios o al menos cercanos, pero ahora todo lo que viene de arriba pertenece a un algoritmo propiedad de una multinacional, que se mueve para que su acción mejore en los mercados y eso nos complica sobremanera la existencia a nosotras y la salud a vosotros.

Y qué hay del amor, le pregunto, qué sucede cuando aspiramos a amar.

Mira, me contesta, la tendencia al amor es tan esencial que ni los ejércitos del norte con sus pensamientos, ni los rocosos hábitos incorrectos son capaces de taponar. Como la hierba que crece en el asfalto, así es el amor.

Y hablando de amor, muchas felicidades a mi prima Marta, que es amor y que cumple de hoy un ataque de años muy bien llevados.

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