Anoche me encontré al martes. Eran las 10,30 y me sorprendió verlo ahí, solo, sentado tomando un tinto de verano en la terraza del 3,14. Dentro sonaba música, como tantas otras noches de fin de semana en este singular garito de nuestro pueblo de la periferia. Martes estaba sonriente y se le veía disfrutar de la música y del anonimato. La noche era algo confusa, no lo voy a negar, pero es lo que tiene el verano y más si es año olímpico.
Yo venía contento porque España había ganado a Argentina en tenis dobles, un deporte que nadie ve salvo que los que juegan sean familiares tuyos. Y precisamente familia eran los del equipo de España, un cuarentón con poco pelo y su hijo adolescente, que además vestían camisetas diferentes, como cuando quedábamos con los colegas a echar una pachanga y decíamos «nosotros de rojo y vosotros de blanco». Y allí daba lo mismo el tono de rojo mientras fuera rojo, o si el blanco era la camiseta con el 33 de Larry Bird o una con el logo de J&B, conseguida a base de trabajarse a las promotoras la noche anterior en el chiringo.
Mientras tanto una chica con un chelo y un chico con un violín tocaban Sweet Child of Mine, que ya he mencionado que la noche era extraña. Cuando el público se animó a canturrear el estribillo con tímidos susurros, me dirigí al martes y le pregunté si le importaba si me sentaba a su lado. No voy a decir que fue efusivo en su respuesta, pero asintió con una media sonrisa, suficiente para abrirme su puerta.
Fui directo y le dije que le había reconocido, que me había chocado verle un sábado noche y que si me dejaba invitarle a otro tinto, que su copa estaba vacía. Mientras, el chico del violín se arrancaba con la melodía de Highway to Hell.
Junté mi copa con la suya y brindamos por los encuentros sin espacio ni tiempo. Me expresó su alegría porque fuera final de julio, que el verano y en concreto lo que va desde el día de Santiago hasta después del puente de la Asunción, es el único momento del año en que puede salir sin que la gente le mire con desgana, sin que las terribles narrativas del principio de semana laboral de otoño e invierno, le ubiquen como el día más odiado cada semana.
Ya no me salvan ni los martes de Champions, me aseguró con pesar, estoy hasta el gorro de mi narrativa, yo no soy lo que la gente piensa, te lo prometo, soy un día entusiasta, humilde, honesto, emprendedor, sencillo, sin producción, un poco marciano a veces, pero pasional, cercano y siempre al servicio del resto, que es lo que me completa. Soy el que tira del domingo por la tarde y del lunes, el que le baja los humos a los agrandados miércoles y jueves, y el que pone en la tierra a viernes y a sábado. Soy feliz, me aseguró.
La felicidad tiene que ver con el ritmo. El ritmo con el equilibrio. El equilibrio con la concentración y la concentración con la capacidad de mantener las narrativas fuera y verlas pasar pero no ir tras ellas. Mantener las narrativas fuera se consigue con entrenamiento, como todo. La mejor forma de entrenar eso es la meditación. La felicidad, por tanto, se entrena meditando.
Las narrativas son perjudiciales y las peores son las propias. Porque tú no eres lo que haces, ni lo que tienes, ni el chalet de tus suegros, ni el calor que estás pasando en Madrid estas noches, ni esa foto que has subido a redes desde la provincia de Cádiz, ni tu tatuaje en la muñeca, ni lo que disfrutas viendo a Nadal y su resiliencia.
A las 2am me marché a casa y el martes se quedó allí. Hoy es domingo y 28 de julio, según el martes el momento del año donde los días sueltan sus pesadas etiquetas. Aprovecha, deja la tuya y coge ritmo, que falta nos hace.
Feliz día, semana, mes, año, vida.




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