Esta semana he perdido varias veces el slot de meditar de primera hora de la mañana, ese en el que aún no he mirado el reloj ni me he sumergido en mi teléfono y sus infinitas posibilidades de huida de mí mismo. Un día porque tuve que salir corriendo de casa, el otro porque me quedé dormido, el tercero porque me tenía que auto dilatar la pupila hora y media antes de llegar al oftalmólogo para el estudio del fondo de ojo.

Y meditar por la tarde me causa agitación, casi tanta como salir a correr o planchar fundas nórdicas. Lo de correr es fácil de entender y de postergar, porque siempre se puede salir mañana cuando haga menos calor o dejarlo para septiembre porque total ya no llego a la operación bikini 2024. Pero planchar, que es una actividad noble y relajante, colapsa si me enfrento a una funda nórdica de cama grande. Ahí la relajación se convierte en agonía que acaba en dolor de isquios, como los futbolistas. Igual es que me he venido un poco arriba con la Eurocopa, pero mientras trato de dar sentido al planchado de esa prenda (mi Moby Dick) en una tabla tan pequeña e inestable, inconscientemente me llevo la mano a la parte de detrás del muslo derecho y me dan ganas de tirarme al suelo y que el árbitro llame a las asistencias. En ocasiones he llegado a pedir el cambio y he visualizado a Mikel Merino dándome el relevo, agarrando con bríos renovados la plancha, encarando esa funda ya doblada al medio y acabando de plancharla como marcó el gol a los alemanes.

Y es que meditar por la tarde es jodido. Me sube el calor y empiezo a sudar, me duelen las cervicales, se agudiza esa contractura crónica en el trapecio derecho, me pica la nariz y no logro relajarme ni ser consciente de mis narrativas. En esos momentos mi narrativa (normalmente catastrófica) y yo somos uno, cosa que es fatal para meditar y peor para vivir. Y sí, ya sé que begin again y que regrese a mi respiración, me ancle de nuevo a ese dentro fuera del aire en los pulmones, a ese movimiento de mi panza, a ese suave vaivén de mi pecho y viaje con curiosidad de explorador por mi inabarcable conciencia. Pero por la tarde nada, no consigo observar mis pensamientos apareciendo y desapareciendo, cómo mi sufrimiento va y viene y cómo yo no soy ese sufrimiento ni la ausencia de él ni nada. Que sí, que la teoría la tengo clara, pero por la tarde imposible.

Menos mal que ayer salí a caminar escuchando el audiolibro de la Biografía de la luz de Pablo d´Ors, fenomenalmente narrada por su hermano. Qué paseo tan bonito, qué paz, qué claridad, qué maravilla, qué agradecido estoy. El autor recuerda que meditar es la actividad más humilde que existe, aquella en la que no hay comparación porque nadie se puede callar mejor que otro. Callar es callar y eso lo hacemos todos igual de bien.

Aún en el parque central (este pueblo de la periferia se parece mucho a New York, al menos en el naming) me senté en un banco y apagué la locución. Eran las 8pm y hacia calor, pero me sentía con fuerzas para callar mi mente y no hacer nada.

Después de caminar y meditar fui a tomar un vino con Iris y en el 3,14 había una actuación en directo (ven lo que les digo sobre este pueblo y NYC). Fue empezar la actuación y llenarse el lugar de niños, que son los únicos seres que no piensan, sino que son.

Y ahí sentado saboreando un tinto de verano con Casera, me vino otra de las maravillas que escribe d’Ors en su libro, que dice que lo importante de nuestras azarosas e insignificantes vidas no es qué seamos, sino que seamos. Cómo los niños que, simplemente, son.

La mejor forma para ser es callar y meditar. Mejor por la mañana, eso sí. Así que sean, callen, mediten un rato y por la tarde animen a los leones sub-20 de rugby, que se la juegan contra Italia en Sudáfrica con Pablo Guirao en la segunda línea, luego a Alcaraz a ver si gana a Djokovic y de noche a la España de los niños, a ver si conseguimos ganar a los ingleses.

Y amen, sobre todo, amen.

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