Hace 9 años, coincidiendo con el carnaval, acudí a una fiesta de disfraces cuyo tema eran los años 80. No tengo una opinión formada sobre las fiestas de disfraces. Me he debido disfrazar cinco veces en mi vida, contando con la que fui de pastor (con p y no con c) a la función del jardín de infancia. Creo que disfrazarme no me gusta o que es un arte que no domino o quizá es que en mi sistema límbico nunca se grabó una emoción positiva asociada a ellas y, por tanto, mi corteza prefrontal no la representa como algo apetecible cuando alguien las menta.

Pero aquel día me disfracé de rockero y fui. A ver, que fui de rockero de los 80 pero que en Malasaña no llamaba la atención mi atuendo. Podía haber sido cualquiera que se tuneaba un poco para salir un sábado a tomar una copa y bailar.

Vestía mallas de lycra negra, unas Marteens rojas y llevaba los ojos muy pintados. El pelo en una cresta engominada y bien de cueros y cadenas por todos lados. Lo único un poco fuera de la carretera era que portaba un radio cassette doble pletina Sanyo que funcionaba y donde sonaba la cinta de éxitos BOOM que en los 80 editaban cada navidad y que en mi casa se compraban para poner en el Renault 18 de mi padre en los viajes a Benidorm de Semana Santa.

Y de esa guisa, radio cassette en mano y con tres copas me acerqué a sacar dinero a un cajero de la glorieta de Bilbao. By the way que cursi eso de llamar glorieta a una simple rotonda. En fin, cosas que hemos heredado de los franceses sin cuestionarnos su idoneidad. Y mientras hacia la operación: elija el idioma, retirada en efectivo, consultar movimientos, o recargar el móvil, dos chicas de unos 20 años que iban como Las Grecas me gritaron ¡Coqueee!, mientras esperaban la cola del cajero. Me volví y sonreí avergonzado por mi atuendo y porque estaba sonando Tino Casal en el cassette que, por no salirme de mi disfraz no lo había pausado mientras realizaba la tarea.

Entre la música, las chicas y mi estado me había equivocado al apretar la opción del idioma y la instrucción para «retirada en efectivo» (diru-ateratze) aparecía en euskera. Yo quería «eragiketa indargabetu» (cancelar operación), pero se me juntaba el estribillo de «stop mi hada, estrella invitada, víctima del desamor…» con las risas de las chicas y la gomina estirando mis meninges con lo que estaba empezando a estresarme. Ellas insistieron con lo de ¡Coqueeeee! y me volví de nuevo. Al verlas descojonadas y algo tímidas seguí con lo mío hasta que conseguí que el kutxa automatiko soltara el eskudiru. Y mientras guardaba los cincuenta pavos en mi diru-zorroa se acercaron y con educación me preguntaron: «perdona, ¿eres Coque Malla?». Estuve a punto de decirles que no, que era más Mikel Erentxun. Pero les dije que sí y les pregunté que cómo era que me habían reconocido con lo disfrazado que iba. No entendieron la pregunta, creo.

Muchos años atrás y desde que actuó en aquella película de culto para los de mi generación (X) de nombre «Hola, ¿estás sola?», donde el actor y cantante se iba «a Cuenca», una amiga de la facultad siempre me había dicho que me parecía a Coque Malla. Y aunque me cae muy bien y me gusta su música la comparación nunca me había terminado de encajar.

Pero esa noche fue diferente, que mi crisis de los cuarenta estaba en su apogeo y yo necesitaba refuerzo extra para mantener el tipo. Las chicas vinieron conmigo de vuelta a la fiesta y yo hice de Coque toda la noche diciendo que ellas eran las coristas de mi banda, hasta que me insistieron para ir a un karaoke a cantar «No puedo vivir sin ti». En ese momento tuve que recular y decirles que no era él pero que sí era alguien famoso, un actor que salía en la cuarta temporada de Juego de Tronos bajo el nombre de Oberyn Martell, aseguré.

Ese actor es Pedro Pascal y desde que salió Narcos cada vez me dicen más que me parezco a él y no tanto a Coque Malla. Un par de veces me han pedido un autógrafo y en una de ellas dije que sí, que era yo, y firmé como Coque y no como Pedro. Total qué más da.

Las dos semanas anteriores a esta no escribí porque estaba terminando el libro y no me alcanzaba la energía. El libro está terminado y en proceso de corrección y edición por personas que saben mucho y que son muy generosas. Hoy regreso al blog para celebrar una semana llena de emociones cotidianas, aunque suene un poco oxímoron, dentro de un mes que se me está haciendo largo. Y lo hago recordando aquella fiesta de disfraces y mis parecidos razonables con Coque Malla y Pedro Pascal porque en una reunión de amigos el jueves, la mujer de uno de ellos, a la que no conocía, comentó que le sonaba mi cara y yo le contesté que era porque me parecía a un actor. Al toque me dijo Pedro Pascal y asentí. Alguien añadió que había visto recientemente una entrevista con Coque Malla en la que le habían comentado lo de su propio parecido con el actor chileno, cosa que también es cierta.

Y tanto va el cántaro a la fuente que ayer quedamos los tres para conocernos. Lo pasamos pirata y prometimos darnos una mano si en algún momento alguno tiene que sustituir a otro, en un evento al que le venga mal asistir. Al final nos abrazamos y nos hicimos el selfie que sale arriba y en el que se aprecia lo mucho que nos parecemos. Tremendo.

También ayer desayuné con Jorge, una bella, sana y sencilla costumbre que equivocadamente solemos postergar porque nos vemos a menudo, lo que provoca que dejemos las cosas de verdad, de lado. Quedamos en el Fass del barrio sosaina donde vivíamos, antes de mudarnos al pueblo de la periferia. Gracias Jorge.

Y a mediodía comí con mis primos, cosa que hacía tiempo que no pasaba y que también echaba de menos. Y causalidades de la vida, en el lugar que comimos había un nutrido grupo de otros amigos del Estudiantes a los que también me hizo mucha ilusión ver, después de muuuuchos años.

Resumen de la semana: escriban (Sego, esto va por tí), queden con amigos, encuentren parecidos razonables y que alguien organice y se invite a una buena fiesta de disfraces, para generar una huella en nuestra amígdala que haga que queramos repetir en el futuro. Pero sobre todo, queden con amigos.

Y pasen una buena semana.

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