Si me refiero a la conciencia como idea filosófica, todos estaremos de acuerdo en que existe, pero si me refiero a ella como algo real, con su estructura, sus normas, sus porqués y que podemos comprobar sin más ayuda que un rato de silencio, muchos igual dejan de leer ahora mismo.
Nos hemos acostumbrado a que todo venga con un sello de validación externa, que en un pasado remoto provenía de los viejos de la tribu, pero que ahora lo más probable es que llegue de un algoritmo de IA, de un creador de contenido, o de la mezcla de ambos. Ni siquiera podemos fiarnos de los medios de comunicación con redacción y profesionales formados y documentados, ya que que hoy en muy poco se parecen a las “herramientas de presión al poder” que David Remnick, editor jefe de la revista New Yorker, desearía que fueran.
El proceso de validación del conocimiento de cualquier materia en nuestro días es como sigue. Pongamos que académicos de la universidad A, que llevan años dedicados al estudio de algo, en un momento de su denodado esfuerzo por alumbrar la realidad alcanzan unos resultados que, si bien no son redondos, sí indican una dirección que parece superar o invalidar anteriores convenciones aceptadas por todos. Eso lo comparten con otros colegas de su ramo que, desde otras dos universidades y bajo su criterio de Phd, validan también la información presentada. Con ello se consigue que la investigación sea oficialmente científica y que un medio pueda publicar el trabajo. En sí mismo esto ya es un éxito, porque los investigadores han dedicado años y esfuerzo al proyecto, las universidades dinero y recursos y además han competido con terceros emprendimientos para que la suya sea la publicada en, digamos, Nature.
En este ámbito de la vida, igual que en la política o en la empresa, la competencia existe y quien mejor pule las aristas del proceso, es decir, quien más recursos tenga y mejor lobby practique, será el que se lleve el gato al agua. Lo cual no significa que, igual que pasa en la política, en la empresa, o el deporte, gane siempre el mejor.
Los resultados saldrán en Nature bien si se trata de un hito de relevancia universal, bien si el tema está de actualidad, o bien si tiene que ver con determinados poderes interesados en conseguir valor futuro y por tanto, un retorno a su inversión.
Después serán los medios convencionales quienes se harán eco de la misma y acto seguido lo haremos los particulares, posteando animosamente en nuestros perfiles del mundo digital. Entre esos particulares es probable que haya divulgadores con influencia, de esos que han generado la misma porque tienen mucha audiencia, atributo que se valora mucho porque las marcas que promocionan bienes y servicios que no necesitamos, los necesitan para vender y mejorar sus resultados del trimestre. El conocimiento que tengan los influenciadores sobre el tema del que hablen no es relevante. La audiencia la han generado por ser entretenidos, no por ser sabios, que es mucho más importante que algo sea divertido, a que sea verdad.
Cuando esto sucede y de manera mágica, el conocimiento quedará científica y popularmente validado. Si además Yuval Noah Harari o Byung-Chul Han escriben sobre el tema, si la Fundación Bill&Melinda Gates dona unos millones a la universidad en cuestión, si el doctor que firma da una charla TED y si Simon Sinek sube un video a Linkedin hablando positivamente de ello, estaremos ante un conocimiento científico más que fetén y sobre todo re contra asentado en nuestra conciencia colectiva.
Pero nada de eso ha sucedido aún con la Conciencia, al menos con la parte que el filósofo australiano David Chalmers denominó “el difícil problema de la conciencia”, la dificultad de proveer una respuesta válida a las preguntas de qué es la conciencia subjetiva y cómo funciona. Y se llama el “difícil problema”, para diferenciarlo de otros problemas más «sencillos», que tienen que ver con las conexiones neuronales y sus consecuencias en aspectos cotidianos como el comportamiento, la atención, la acumulación de información o la discriminación de la misma, en esta especie denominada Homo sapiens.
Sobre la parte material de la Conciencia, que solemos ubicar en ese órgano que llamamos cerebro, también sabemos poco, pero hemos avanzado mucho en las últimas décadas debido a la tecnología. Pero de cómo lo que no es materia influye en ese proceso, es decir, cómo lo metafísico actúa para que la experiencia sea una u otra y cómo lo físico y lo no físico se compenetran, eso es algo para lo que ni siquiera el respetado Ibai Llanos tiene respuesta.
La metafísica estudia aquello que va más allá lo material y hace cientos de años ubicamos eso en el terreno de juego de la filosofía, un campo donde nadie confía en nadie. Si Ibai lee sobre metafísica y de pronto reconoce que eso (lo que sea) le pasa a él, se encontrará después en un brete, ya que a pesar de toda su audiencia y lo entretenido que es, nadie dará crédito a sus postulados, por no existir un consenso “científico» al respecto de lo metafísico. Porque en nuestra cultura todo lo que no es físico, no es científico y todo lo que no es científico es, o buena ficción y por tanto arte y entretenimiento, o superstición y charlatanería.
Y por eso estamos como estamos, porque más allá de que no haya consenso para explicar los porqués de la conciencia, todo hijo de vecino la experimenta en primera persona y en muchos casos, nos cuesta gestionarla, sobre todo si no coincide con el discurso dominante vinculado exclusivamente a lo material, a aquello que se puede medir, pesar y contar.
La Conciencia (la pongo en mayúscula para diferenciarla de la conciencia individual) es para el Sapiens, lo mismo que el código de programación de un videojuego de la Playstation es para el jugador. Nuestra conciencia subjetiva es lo que vemos en pantalla y manejamos con el mando Dualsense. El juego es multiusuario, multiplataforma y lo compartimos con millones de otros jugadores, pero los Sapiens y el resto de especies somos sólo eso, jugadores no equipados para ver, ni por tanto interpretar, el código informático con el que se ha desarrollado el juego.
Mi sensación es que nunca vamos a saber cómo está programado el juego de nuestra existencia, si hubo un principio o habrá un final ni, por supuesto, quién o qué lo programó. Todos sabemos cómo se juega y algunos juegan mejor que otros, pero por mucho que corramos, luchemos, acumulemos trofeos, cooperemos y por más que avancemos pantallas, nunca vamos a llegar a entender su programación. Como en Matrix, pero sin Neo.
Tenemos, eso sí, un gran sintonizador que nos permite movernos por el mundo físico y, si actuamos correctamente (acorde con nuestro arquetipo), desarrollarnos con éxito (esa maldita palabra) y reproducir nuestra especie. Pero ya está.
La buena noticia es que no se trata de entender, sino de ser. Porque todos somos divinos, todos somos conciencias que crean y viven la Conciencia, todos somos hijos de Dios, parte de Dios, madres y padres de Dios y todos tenemos capacidades para programar secciones de la realidad, como pasa en videojuegos como Minecraft o Roblox. Y esto nos impulsa y nos da esperanza para seguir y la ilusión de que un día comprenderemos todo. Y comprendiendo todo podremos crear todo, curar todo, salvar todo. Nos da lo que ahora se llama propósito y antes se llamó el sentido de la vida.
Y esta es una aspiración legítima pero, en mi opinión, imposible de alcanzar y sobre todo, me pregunto si deseable.
Es un hecho que nuestra especie lleva milenios queriendo llegar a conocer todo el código de programación del videojuego y que como nunca hemos sabido por dónde empezar a buscar, le hemos ido disparando a todo lo que nos ha permitido nuestra capacidad. Vamos atrás en el tiempo, excavando para encontrar e interpretar restos de antiguas civilizaciones. Vamos hacia fuera, hacia lo grande, enviando mensajes al espacio y colonizando lugares no aptos para la vida humana, para ver si nos llega respuesta de algo o alguien. Vamos hacia lo pequeño, buscando en las partículas subatómicas de las que se compone la materia, para ver si cuando ya no podamos reducir más, hallamos ahí la explicación de todo. Y en cada uno de esos caminos se abren múltiples vías, innumerable preguntas, infinitas líneas que perseguir.
Y aún con eso, nos estamos moviendo solo en la superficie, en lo exterior. Todo este ejercicio no sirve para entrar en el código del videojuego, es simplemente como mandar gente a investigar los millones de partidas del mismo grabadas y colgadas en YouTube.
Conté esto hace un tiempo, pero lo repito hoy para empezar el año. Fui el teatro a ver Pundonor, una obra escrita y protagonizada por la autora argentina Andrea Garrote, y ella explica de una manera bonita y sencilla, a través de un arte como el teatro, qué es la conciencia y el problema de los Sapiens al tratar de entenderla a través del conocimiento.
La protagonista, una profesora universitaria de filosofía hablando a su clase, lo explica así:
“Siempre creí que el conocimiento liberaba a los hombres, pero no, es sólo la ilusión de jugar al juego de las muñecas rusas, pero al revés. En vez de abrir al medio una muñeca rusa y encontrar dentro otra más pequeña y otra más pequeña y otra más pequeña… el conocimiento nos da la sensación inversa de que nos trasladamos a vivir en una muñeca más grande y luego otra y luego, con el esfuerzo de varias generaciones, tal vez a otra, para comprobar que siempre estamos dentro de otra y de otra y de otra, y que no se puede ir abriendo al medio hasta salir de estas siniestras muñecas, porque no hay conciencia humana por fuera de las matrioshkas, porque la conciencia está hecha de ellas… Pero a quién le importa, si la conciencia humana, en definitiva, es un souvenir de un viaje a Rusia que hicieron otros, no los que hay adentro«.
Nunca he leído una mejor definición sobre el concepto de Conciencia, que es lo mismo que decir Dios, o Naturaleza, o pónganle el nombre que más les guste para explicar lo inexplicable. Pero por favor, pónganlo siempre con mayúscula, aunque sea semánticamente incorrecto.
Tengan todos un buen año y dejen de darle a la cabeza, que no van a encontrar las respuestas. Salgan a jugar a la pelota y dar un paseo, tiren el Iphone y vuelvan al Nokia 6310.
Y den crédito a Ibai, que tiene mucho talento para entretener y divulgar.





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