Una aplicación de inteligencia artificial logra que madrileños que viven en hogares de pocos metros, muchos euros de renta mensual y votan a Isabel Díaz-Ayuso, acudan regularmente al teatro.
Parece una noticia de El Mundo Today, pero solo es una chorrada que se me ha ocurrido para empezar el post y captar tu interés. Este mundo en el que vivimos, cada vez es más parecido al del prestigioso medio humorístico.
Que en Madrid la mayoría vote a Díaz-Ayuso también parece una broma, pero no, eso es real.
El caso es que si metes inteligencia artificial, o Díaz-Ayuso en cualquier titular, tweet, o conversación por Teams, lo más probable es que se genere mayor clickbait y el respetable considere que estás en lo que hay que estar, que eres un tipo versado en las tendencias, que no se te escapa ni una y que eres moderno. Pero a mi, la verdad, me la pelan las dos. Sobre la IDA prefiero no decir nada, que ya lo dice ella todo, y sobre la IA, la definición que más me gusta es ese chiste antiguo que dice que la inteligencia artificial es una rubia teñida de moreno. Lo sé, es sexista y cero inclusivo con los colectivos de las rubias y de las tontas, pero a mi me sigue haciendo gracia. Llámame lo que quieras.
Pero todo esto era para justificar unas líneas sobre la última palabra de mi primer párrafo: teatro. Voy muy poco al teatro, tan poco como que mi media en estos primeros cincuenta años de vida, será de menos de una vez al año y esto incluye las representaciones de mis hijas en la Escuelita. Me encantaría decir que es porque no tengo tiempo, o porque vivo en lugar sin oferta teatral, o porque hago cosas mucho más interesantes. Pero no, voy poco porque soy perezoso, porque no me ponen delante las obras molonas, porque no sigo a nadie en Twitter que me hable de los hits de la temporada, porque todo el mundo habla de Succession (en el mejor de los casos), pero nadie de la última obra que no te puedes perder y porque como la IA no se puede aplicar a este arte, ya que todo sucede con personas de carne y hueso, en un solo lugar y momento del universo, pues a quién mierda le importa el teatro.
Pero no escribo sobre teatro para hacerme el culto, o quizá sí y tú, que tampoco tienes ni puta idea y vas aún menos que yo, al leerlo te parezca que sí lo soy. En fin, da lo mismo. Escribo sobre teatro porque fui con Iris a ver una obra escrita y protagonizada por una artista argentina llamada Andrea Garrote, a la que no conocía de nada hasta que leí una crítica de su obra en el suplemento Babelia de El País, periódico al que estoy suscrito en digital y que los fines de semana me llega en papel a casa. Ahora sí que te has quedado jodido con lo culto que soy, que me leo Babelia los sábados y además estarás pensando que si estoy suscrito a El País, es que soy un pijo progre, woke, o peor, que voto a Pedro Sánchez. Pues no te voy a sacar de dudas.
Tras leer la crítica de no recuerdo quién, porque leo Babelia pero no me quedo con el nombre de los que allí escriben, busqué entradas y las compramos. Y allí nos presentamos un día entre semana en el Teatro La Abadía a ver la representación. Eso sí, cuando voy lo disfruto muchísimo y me dan ganas de ser actor, de escribir una obra, o de trabajar de apuntador (si es que esto aún existe). En el teatro no venden nachos con queso, ni combos de palomitas con bebidas gigantes, no te ofrecen el vaso de plástico tematizado con la imagen de la obra por 3€ más, como hacen en los Cinesa de Manoteras cuando Spiderman cruza el metaverso de los cojones. Ir al teatro es una actividad mucho mejor que ir al cine, al menos para tu dieta.
La obra se plantea como si de una clase de universidad se tratara, en la que Andrea Garrote representa el papel de la profesora Claudia Pérez Espinoza, y el público representa el papel de los alumnos que asisten a su clase de filosofía. No, no te preocupes, que no es una calle de dos sentidos, que no tienes que participar en la obra de ninguna manera, sólo atender a lo que dice la profesora, como antes se hacía en la universidad. Ahora eso ya no pasa, que todo es interactivo, orgánico, multidimensional, virtual, asíncrono, contradictorio, confuso, efímero, inútil en definitiva. En la obra, que se llama Pundonor, un nombre también singular y en desuso, la Garrote es la profesora y se pasa una hora y media de monólogo, disertando de manera divertida y brillante sobre su locura. La suya y también la de la sociedad, y todo porque un día cometió el descuido de ir a clase sin falda.
En un momento del libreto la profesora dice: «siempre creí que el conocimiento liberaba a los hombres, pero no, es sólo la ilusión de jugar al juego de las muñecas rusas, pero al revés. En vez de abrir al medio una muñeca rusa y encontrar dentro otra más pequeña y otra más pequeña y otra más pequeña… el conocimiento nos da la sensación inversa de que nos trasladamos a vivir en una muñeca más grande y luego otra y luego, con el esfuerzo de varias generaciones, tal vez a otra, para comprobar que siempre estamos adentro de otra y de otra y de otra y que no se puede ir abriendo al medio hasta salir de estas siniestras muñecas, porque no hay conciencia humana por fuera de las matrioshkas, porque la conciencia está hecha de ellas… Pero a quién le importa, si la conciencia humana en definitiva es un souvenir de un viaje a Rusia que hicieron otros, no los que hay adentro».
Nunca he leído una mejor definición del término Conciencia, que es lo mismo que decir Dios, o Naturaleza, o pónganle el nombre que más les guste para explicar lo inexplicable, pero por favor pónganlo siempre con mayúscula, aunque sea semánticamente incorrecto. Tampoco he visto una mejor explicación del desasosiego que provoca el ansia de conocimiento, motivo por el que estamos todos tan embobados con la inteligencia artificial.
Con todo, me quedo con la definición de la palabra que da nombre a la obra de Garrote, Pundonor, que debería de haber sido el título del post de hoy, cosa que no he hecho por miedo a que nadie lo clicara. Soy un valiente.
Pundonor es un «sentimiento de dignidad personal que exige a uno mismo atención y dedicación continua, en una labor o profesión». Así que más pundonor y menos inteligencia artificial.
Pasen un buen día, que ya es junio, casi verano y hasta el 23 de Julio no vuelve a haber elecciones.





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