Llegué al restaurante Rocacho y allí estaban Jose O, nuestro entrenador y dueño del garito donde íbamos a cenar, César y Jaime. Se cumplían 34 años desde que habíamos sido campeones de España y era la primera vez que quedábamos como equipo, después de aquella victoria de 1989.

A lo largo de tres décadas y media he visto a muchos de ellos de manera independiente, algunos hemos sido sospechosos habituales en la cancha del Estudiantes, otros somos amigos de amigos que, de manera esporádica, coincidíamos en lugares comunes. Pero, mucho de lo que fue ese equipo, se había diluido con el paso de los años. O eso parecía.

Existe una norma no escrita que dice que, cuando uno comienza la vida adulta, vuelve a tener la opción de barajar y elegir sus relaciones para la siguiente fase. El motivo es pura supervivencia. La adolescencia es una etapa donde no escoges los lugares que frecuentas, responsabilidad que recae habitualmente en tus padres, donde tienes aún poco entendimiento de «dónde va la luz cuando se apaga» y donde, a menudo, se generan traumas que uno prefiere no revisitar. Los cambios de escenario y de personajes suelen ayudar a sanar o, al menos, a esconder esos traumas debajo de la alfombra.

Hay equipos que se reúnen cada año o que, al menos, cada década, han conseguido juntarse y ponerse al día. Pero el nuestro no, ese no. Habíamos logrado algo extraordinario y extraordinario había sido el desapego con que nos habíamos separado para siempre. De manera individual todos sentíamos algo especial por aquella hazaña, por aquel grupo que, contra todo pronóstico, ganó la final al Madrid en el único partido que los de blanco perdieron esa temporada. Pero algo que has sentido como parte de un equipo, es muy difícil de reproducir si no están tus compañeros. Y los compañeros no habíamos vuelto a estar juntos.

Llegaron Antonio, Salva, Dani, Javi, después Mariano y cuando llegó Sego, el otro Antonio, el delegado del equipo, nos fuimos a sentar. Antes de sentarnos ya había venido Jorge, al poco José A y por último Iñaqui, el único trajeado del colectivo, que se nota que no hemos elegido ser banquero ninguno. Sólo faltaban dos, Manolo que vive en Ginebra y Raúl que, a última hora, había tenido que salir de viaje a Amsterdam. Bueno, también faltaba Alberto el prepa, que había confirmado que venía, cosa que sucedió a los pocos minutos.

Sentados en una mesa cuadrada, catorce de los dieciséis integrantes de aquel colectivo celebrábamos por fin, de manera conjunta y en la edad adulta, que hace treinta y cuatro años ganamos algo de mucho mérito y, mucho más importante que la victoria, celebrábamos el poder de un equipo, el amor de un equipo, el nudo que se forma cuando se consiguen cosas en equipo.

Sí, había poco pelo, muchas canas y algún Kg de más. Pero sobre todo había una sensación de estar en casa, con los tuyos, con los de siempre, con los que no te fallan, con los que darían su vida por ti si fuera necesario. De forma mágica, el grupo volvió a constelarse como lo que fue; amigos que jugaban juntos al baloncesto, se respetaban, competían y que una vez ganaron un campeonato de España al eterno rival. Una competición que el Club sólo ha conseguido cuatro o cinco veces en su larga historia.

Y de manera individual volvimos a encarnar los roles que teníamos en aquel momento, pero esta vez desde el entendimiento, desde los cincuenta (los entrenadores alguno más), sin las dudas que genera la adolescencia, sin la rivalidad de ser jóvenes que iban para «estrellas» del baloncesto, sin interferencias de las hormonas, ni de las hermanas (las de Jorge, que eran y siguen siendo top) en el fluir de las relaciones.

Habíamos quedado en hacer una ronda de presentaciones para ubicar a cada uno, porque 34 años dan para mucho. En el grupo hay productores de cine y TV, ingenieros, emprendedores, secretarios de estado, financieros. El único que no ha cambiado de profesión, ni de estado civil es el prepa. Del resto los hay con hijos de 22 años, otros que los tienen de 2 y alguno que no los tiene. Hay bodas, divorcios y hay quien sigue con la misma pareja desde hace 33 años. Hay padres y madres que murieron y también tremendas historias de enfermedad y fallecimiento de hijos (❤️). Hay todo lo que hay en la vida, bueno y terrible, condensado en un colectivo que unió el baloncesto cuando teníamos quince años y que por algún motivo se separó hasta el pasado martes.

Sobre el porqué de esta separación tengo mi teoría, contrastada y validada con alguno de los miembros del equipo y que creo es una buena enseñanza para todos los que hoy traten con jóvenes de esta edad en sus respectivos equipos y deportes, en escenarios parecidos al nuestro.

Nosotros arrastramos una ruptura interna (trauma), que tuvo que ver con la desintegración del equipo al año siguiente y, sobre todo, el posterior a ese, cuando lo natural era que nos hubiera correspondido ser el Juvenil A del Estudiantes. A ese equipo solo llegaron tres de los nuestros, el resto de jugadores fueron compañeros de un año menos, que «tenían más talento». Y seguro que había razones de peso para que así fuera, pero más importante que las motivaciones de un Club con ansias de ganar (que son muy legítimas), está la experiencia formativa de los adolescentes que transitan el deporte de base que, a esa edad, necesitan saber por qué se toman las decisiones y tener, al menos, la posibilidad de expresar sus opiniones y que no les den las cosas «hechas».

A nosotros nadie nos explicó por qué y nuestro equipo dejó de ser tal cosa hasta el martes pasado. Quizá por dolor, quizá por despecho, mi sensación es que hemos evitado revivir ese trauma y, cada uno como ha podido, hemos mantenido las memorias de aquel triunfo de manera individual. Porque aquel fue el único campeonato que aquellos jugadores hemos ganado nunca.

Escribí en nuestro reciente chat de Whatsapp que, tras la cena y el tiempo que pasamos juntos escuchando las historias de cada uno, dentro de mi algo se había sanado. Lo siento así, aunque para cualquiera ajeno a esta historia, esto no sean más que las batallitas de unos recién estrenados cincuentones, en su particular vivencia de la adolescencia.

Es muy posible que así sea, pero para mi ha sido importante veros de nuevo, compañeros, amigos, equipo.

Al resto, perdón por la chapa tan personal de hoy. Es lo que hay, en mi blog escribo lo que me da la gana y hoy el tema era el del amor por un equipo, por este equipo.

Pasen un buen domingo electoral y voten por favor.

6 respuestas a “El equipo”

  1. Gran equipo. Fui uno de los infiltrados al año siguiente y siempre me tratasteis como uno mas. Un abrazo para todos.

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    1. Uno más eras, querido. Un abrazo grande

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  2. Reencuentro con el amor.
    Soy tu fan numero 1

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    1. Gracias corazón ❤️

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  3. Avatar de José Antonio Koke Gutiérrez
    José Antonio Koke Gutiérrez

    Me ha encantado, Gonzalo. ¡No sabía que eras campeón de España! Sin llegar a tanto (y a esas edades tan difíciles), mi equipo también fue muy especial y aprendimos mucho todos, así que me he visto reflejado en muchas de tus apreciaciones sobre lo vivido… Abrazo

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    1. Koke!!! Pues ya es raro que no lo supieras, ya que lo cuento mucho ;D. Y me alegro que te resuene esto del equipo, de los equipos. Son todos muy parecidos, ganes o no ganes. Abrazos!!

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