El Contrafantasma

Lo que escribo los domingos

Impostando

Admiro la gente que se sienta en el Paul de la terminal y, mientras espera a que en la pantalla se anuncie la puerta de embarque de su vuelo programado para las 19,40, se pone a escribir en el ordenador como si esperar en un aeropuerto fuera una actividad que no tratase ni de esperar ni de aeropuertos. Yo no soy capaz, no tengo motivación ni disciplina. Tampoco talento, si lo tuviera me abstraería del entorno y me sumergiría en la escritura, una de esas actividades en las que, según mi algoritmo de Instagram, el tiempo deja de existir.

He visto en un reel muy sabio de esa red social que de eso va la creación, de entrar en estado meditativo haciendo una actividad que reduzca entropía y genere progreso. No sé si he entendido muy bien el videíto, primero porque estaba en inglés y segundo porque, en mi caso, antes de entrar en meditación, entro en la tienda de Lego para ver montada la estrella de la muerte de Star Wars, que la venden por solo 998,99 libras. También he pasado por la de Rituals para oler velas que nunca compro y por la de JD para cotillear las ofertas de zapatillas marca On, esas que tienen la banderita de Suiza bien visible y que calzamos los pijos de abrigo Ecoalf que queremos aparentar que no damos importancia a las marcas y si a la ecología. También he visitado la tienda de cacharritos de tecnología para ver el último modelo de reloj Garmin para correr, yo que no corro ni si pierdo el autobús. Y la de Boots, para buscar peines de los que me gustan y que en Madrid no encuentras. Y por último, ya cansado de cargar mi equipaje de mano, en la de souvenirs de Londres, donde 240 libras me han separado de comprarme un Barbour marrón, nada que ver con los verdes o azules del votante de derechas madrileño.

He entrado en todas las tiendas de la terminal, he mirado precios, me he echado una buena cantidad de la muestra de mi colonia en las solapas, he ojeado libros de autoayuda y finalmente me he comprado uno, que me lo merecía, después de tanto paseo con la mochila a cuestas. Se trata de El Acto de Crear de Rick Rubin, que lo había regalado un par de veces y me parecía feo no haberlo leído. Me lo he comprado, eso sí, en la versión original para compensar mi impostura y mi falta de integridad.

He ojeado el libro, me he colocado los auriculares para escuchar algún podcast y al poco ha aparecido en pantalla la puerta de embarque 12 para mi vuelo de las 19,40. Me he levantado sin leer una página y, por supuesto, sin escribir nada. Eso sí, puedo decirte sin errar cada una de las tiendas de la terminal sur de Gatwick.

Al sentarme en el asiento 8C y tras el despegue me he quedado dormido. Despegar y dormir son, para mi, sinónimos. Con el avión enfilando el cielo, el empuje del motor y la espalda y la cabeza perfectamente pegadas al respaldo, uno consigue olvidar que en los aviones de hoy no te caben las piernas, mucho menos si tu compañero del 8B pesa 130kg. Al alcanzar los pies de altitud adecuados para el vuelo y la velocidad de crucero correcta para llegar a tiempo al final del partido del Madrid contra el Mónaco, me he despertado y he sacado el ordenador. Quería escribir una historia pero, al pensarlo dos veces (error), me ha parecido mejor, más profesional, crear una hoja de cálculo con los contactos útiles del evento al que había acudido y marcar los siguientes pasos de todas esas efímeras relaciones que uno hace en los eventos del mundo corporativo.

Creemos firmemente que en esta vida estamos para producir y no para crear.

Producir, rendir, crecer, facturar, rentar, tener, acumular. Podemos conjugar esos verbos con éxito, pero no reconocemos que nuestro objetivo como especie es crear para progresar.

Crear no es hacer, crear no es añadir materia, crear no es mejorar la cuenta de resultados.

Crear es ser divino y trascenderte sin darte cuenta. Seguro que lo cuenta Rubin en su libro, pero te lo confirmo cuando me lo lea. Por ahora voy a seguir impostando.

Feliz semana.


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