Terminamos anoche de ver Los años Nuevos, nos fuimos a dormir y esta mañana he abierto el ojo a las 5. En parte porque estoy haciendo ayuno de hidratos de carbono por prescripción médica, lo que baja mi glucemia basal y me genera síndrome de abstinencia y en parte porque cada día me despierto más temprano como le pasaba al abuelo Pepe. Y antes de levantarme he estado un rato en la cama pensando, más o menos, en esto que sigue.

De noche la única opción es afrontar la verdad de la milanesa. El móvil y Netflix son fáciles de apagar, le das al off y listo. Pero, ¿qué se hace con la mente?, ¿cómo dejan de venir esas cosas a las que llamamos pensamientos y cómo dejo yo de preocuparme y construirme con ellos?, ¿qué hago si mi sistema de filtrado de conciencia se ha habituado a las preocupaciones, si mi metabolismo genera dopamina si ellas me acompañan y eso provoca, sin saberlo, que sea adicto a la preocupación? Es decir, ¿qué pasa si cuando no me preocupo no me reconozco, aunque de cara a la galería sepa y diga que preocuparse no mejora nunca la evolución de ningún problema?

Qué pasa si además me quitan la culpa posterior de, por haber estado preocupado, desvelarme y no poder ser mañana un sapiens productivo tope de gama. Cómo hago si tiendo a ser crítico, lo que me conducirá a cuestionarme sobre qué estoy produciendo cada día y para qué sirve, el clásico de ¿cómo mejora esto que hago el mundo? Y cuando digo producir no me refiero solo al trabajo fuera o dentro de casa. Hablo de ser madre, padre, pareja, hijo, vecino, cuñado, amigo, socia, dueño de perro, cliente de supermercado, negacionista o lo contrario del cambio climático, vegano, influencer o meditador.

Ante todas estas preguntas existen tres posturas posibles: 1) este es mi ideal de vida, adoro preocuparme, 2) la vida es así, me ponga como me ponga o 3) algo no nos han contado sobre la vida.

Si la tuya es la segunda, good for you, probablemente te duermas plácidamente y sin ayuda de vino ni de orfidal. Si tu respuesta es la primera es mejor que no sigas leyendo, lo que escribo no es de tu rollo. Si tu respuesta es la tercera, tardarás en dormirte un rato más, salvo que hayas atajado (hackeado se dice ahora) tu runrún bebiendo o trasnochando o haciendo crossfit o persiguiendo a tus hijos por el parque. Si no ha pasado nada de eso, el bucle mental infinito te conducirá al cuestionamiento de tí mismo, al de los que te rodean (que siempre están peor que tú) y a la revisión de tus supuestos errores cometidos a lo largo de la vida. Y todo en esa misma noche.

(Esto sucede da igual la edad que tengas pero, en el momento presente, el repaso vital de errores empeorará si eres milenial y estás viendo Los años Nuevos).

Porque esto que vives hoy, no era lo que en aquel momento de tu pasado visualizaste. Tengas lo que tengas, hagas lo que hagas o seas lo que seas, si has respondido 3), esto no era tu ideal. Lo tuyo era aquella pareja o aquel trabajo o aquellos estudios para los que no te dio la nota o aquel año sabático o la hipoteca de aquella casa que era tan buena oportunidad o ese menor porcentaje de grasa corporal o ese mayor número de pelos por centímetro cuadrado de tu cabeza o no tener la enfermedad que te acompaña o no haber sufrido la muerte de tus afines o tantas otras cosas que tememos.

Tu ideal era no tener miedo, pero lo tienes y has habituado a tu sistema a tenerlo. No te gusta, pero no puedes vivir sin él.

Sé que te sabes el verso que nos cuenta la neurocracia dominante y los coaches de todo a 3.000€ (como mínimo) sobre que el miedo es necesario porque cuando hay peligro y el león viene a comerte, la adrenalina, la noradrenalina, el cortisol y bla bla bla… y que el miedo te permite activarte para correr y escapar. Y que sí, que es verdad que no hay leones dentro de la M40 y que activar ese circuito por la presentación de mañana a tu jefe o porque no te da para comprar todos los regalos de Navidad es, digamos, un pelín exagerado. Pero tú sigues preocupándote y eso se multiplica de noche, cuando tu mundo está en silencio y a oscuras.

Pues solo hay una solución: medita. Porque si meditas vas a reconocer que tus pensamientos vienen y van y que no dependen de tu voluntad. Si meditas vas a dejar pasar los malos y también los buenos, aunque con estos nos solemos parar poco por defecto y porque no dan por saco, y vas a acostumbrar a tu mente al ayuno de dopamina. Si ayunas de dopamina no vas a anhelar nada y al contrario de lo que nos vende el sistema, no anhelar, no desear, no querer, conduce al amor más profundo.

Y el amor es la única respuesta al miedo. La única.

El ayuno intermitente está fenomenal, pero el ayuno de dopamina es esencial. Eso no evitará que haya días nublados como el de la foto, pero sí que te vayas detrás de ellos más de lo necesario.

Pasen un buen tercer domingo de adviento y vean Los años Nuevos, porque las nubes pasan y detrás están la luna y el sol.

Deja un comentario

Tendencias