Abro muchos paréntesis

(Materia y conciencia, exterior e interior, experimentación a través de los sentidos y a través de la mente, mundo virtual y mundo físico, beneficios y maleficios, podcasts y radio, dualidad tras dualidad, hasta el infinito y más allá. Así es nuestra existencia).

Es jodido analizar la realidad que transitamos. Fundamentalmente por el tránsito mismo, porque ésto está (y estamos) en continuo movimiento y segundo, porque es tan rica la vida, tan inabarcable, que nunca vamos a tener todas las respuestas. Y está bien que así sea, ¡viva el misterio!, que luego vienen las neurosis de carácter y son peligrosas. Pongámonos contentos porque somos una especie bien parecida, con todo lo necesario para existir ya cargado de fábrica y con una curiosidad tremenda por saber dónde va la luz cuando se apaga, cosa que nos situó en la pole de entre todas las especies del arca de Noé. Lo que sucede es que nos movemos en una matriz de múltiples dimensiones (once, según dicen los últimos avances de la Teoría de Cuerdas), de las que sólo estamos configurados (hasta la fecha) para integrar tres, siendo la cuarta el tiempo, que como bien sabe mi hija Mariana, si nos atenemos a lo que tarda en arreglarse cuando va a salir, es muy relativo. Y a todo esto hay que sumarle el metaverso de los cojones, ese que todos los guays nombramos ahora en nuestros tuits, junto con los NFT´s, las criptomonedas y demás conceptos sobre los que es imposible estar actualizado.

(Otro día hablaré sobre lo nada inclusivo que es el lenguaje de cada gremio profesional, que tiende a separarse del «otro», para que parezca que hablan de cosas muy sesudas y que nos generan el famoso acrónimo FOMO (fear of missing out), temor a perderte lo que está pasando y quedarte fuera, lo que a su vez eleva los niveles de ansiedad, desasosiego, inseguridad…. Y no sólo pasa con la tecnología y sus numerosas ramificaciones, también con el mundo financiero, el derecho, la medicina, la psicología, e incluso con el fútbol).

Pero regreso a lo mío. El tiempo es una ficción creada por nosotros, mezclando diferentes escuelas matemáticas, astronomía y sistemas de conteo, y retorciéndolo todo mucho, para que el concepto encaje con los doce ciclos lunares que tarda la tierra en orbitar alrededor del sol.

(Es acojonante que todos, worldwide y 24/7, comulguemos con esa pedazo de rueda de molino que es el tiempo. Que define que un día son veinticuatro horas, una hora sesenta minutos, un minuto sesenta segundos y un segundo, en cambio, cien centésimas. Que hay meses de veintiocho, treinta y treinta y un días, que un año son doce de esas unidades que no son iguales, que cada cuatro años, el segundo de esos meses, tiene veintinueve días y que, además, el contador lo pusimos a cero una semana después de que naciera un niño llamado Jesús, en un pueblo de oriente medio. Y luego, no somos capaces de acordar un sistema de redistribución de la riqueza para toda la población del mundo, que consiga que el resto de niños que nacen, sean del barrio, país o región del mundo que sean, puedan tener un desarrollo digno).

Pero aparte de la dimensión temporal, del resto sólo tenemos evidencias en forma de fenómenos naturales, estudiados bien por la física de partículas, bien por la teoría de la relatividad. Otra vez la dualidad, ahora entre lo más grande y lo más pequeño. Y en todos los casos llegamos a las conclusiones que llegamos, no tanto por las muy nobles evidencias empíricas, sino por proyecciones apoyadas en complejas fórmulas matemáticas. Es decir, que hay un componente de confianza en algo que, sobre el papel, debería de ser una certeza científica, pero que es sólo una hipótesis, que ya sabemos que el Excel lo aguanta todo.

(Y cómo disfruto con esta otra gran dualidad, la más grande, como la Jurado, la dualidad entre ciencia y fe. Como si se pudieran separar… ).

A mi me pasa que siempre he tenido ganas por saber qué mierda sucede, cómo funciona el tema, quién maneja los hilos, (de nuevo) dónde va la luz cuando se apaga. Y como a mi me pasa, quiero creer que le pasa a muchos otros Sapiens, desde que la especie existe. Y esta curiosidad por conocer, durante milenios, sólo se podía experimentar, bien de manera verbal con tus colegas de tribu, o bien en silencio, observando el cosmos y tomando en serio la parte espiritual de tu existencia. Quiero creer por tanto que, los antiguos de nuestra especie, poseían una capacidad de entendimiento de lo invisible, mucho más certera que la que manejamos ahora y que esa es una de las razones por las que hoy estamos muy desorientados, en lo que al sentido de nuestras vidas se refiere. Y lo peor, que además no sabemos por qué, ahora que lo tenemos «todo»

Desde que somos modernos, o mejor dicho, desde que inventamos sistemas materiales de almacenamiento de la información; desde la pared de la cueva, a la nube de Amazon, pasando por el siempre bien ponderado libro y la eterna pintada en la puerta del baño de la facultad, hemos ganado mucho en amplitud y volumen en la transmisión del conocimiento y hemos perdido (casi) todo, de una de las dos mitades de la realidad: la invisible, la espiritual, la trascendente.

Y habiendo echado a un lado lo espiritual, para analizar este circo de tres pistas (que en realidad es de seis, si le sumas lo invisible), nos hemos dedicado a pensar y crear metodologías, que nos faciliten desagregar e independizar, de manera teórica, las partes de su todo. Para después tratar de llegar a sus principios ontológicos que, dependiendo de a quién leas, o bien son las partículas subatómicas, o bien es la propia conciencia, como resultante de esa matriz con once dimensiones que mencioné más arriba.

El problema de la materia como principio ontológico, es que siempre queda esa gran cuestión colgando, acerca de que otro algo (el big bang, o Dios, o llámalo como quieras), tuvo que dar pie a ese primer átomo. Átomo que acto seguido, se juntó con otros de manera firme y formaron minerales, que después, de forma muy random, esa materia inerte se convirtió en organismo unicelular vivo, que luego fue vegetal y que de pronto, producto de alguna asamblea anarquista vegana, varios vegetales inconformistas y con ambiciones, decidieron que querían moverse, para lo que se convirtieron en animales. Y si esto no fuera suficiente desvarío, unos monos muy, pero que muy listos, que además de estar en la selva, querían crear una cultura, apretaron mucho el ceño para convertirse en humanos, porque además de ser materia, vivir y moverse, de siempre en este planeta hemos querido hacerlo a dos patas, como las personas y así poder apoyar el codo en la barra, mientras disfrutamos de una cerveza fresquita. Toda esta teoría de la Evolución, que en nuestra época cultural ha estado muy de moda, parece que está perdiendo fuerza y adeptos, como le pasa al documental de Pau Gasol en Amazon Prime. Y no me extraña, en ninguno de los dos casos.

Y sea cual sea el principio ontológico, el método científico clasifica cada uno de los elementos de cualquier realidad, en función de él y según las propiedades específicas observables en los mismos, para luego volver a juntar todo y tratar de acotar y dar sentido a su comportamiento como ente integral. Y ojo, con este método lo hemos hecho de puta madre. Hemos llegado a conocer al dedillo nuestro entorno y sus posibilidades, hemos inventado y fabricado coches, aviones, hemos volado a la luna, teletrabajamos viéndonos por pantallas, en tiempo real y separados por miles de kilómetros, hemos puesto nombre a innumerables tipos de tumores, hemos inventado los juegos olímpicos, hemos clonado ovejas, hemos votado a Isabel Díaz Ayuso y a Pedro Sánchez, y hemos construido y acordado, parece que complacientemente, un sistema económico y social, donde el 1% de la población, posee el 90% de la riqueza. ¿Somos, o nos somos unos capos?.

[A mí, el método científico se me ha dado siempre mal, porque nunca he sabido separar el todo de las partes. Pero hay una filosofía que me ha ganado, desde que la descubrí hace cuatro años. Se llama Depth Psychology (Psicología Profunda, pero lo pongo en inglés, que en español suena menos cool). Y que plantea de manera sencilla, bonita y honesta, una propuesta holística para clasificar toda, subrayo, toda, la realidad, incluido eso invisible que la modernidad se dejó por el camino, al no entrar en el reino de la materia. Esta disciplina también desagrega y asigna propiedades a cada elemento, pero con una mirada para mí, especial].

Porque la vida es una, tú eres uno, el cosmos es uno y juntos el cosmos y tú, ella, yo y todos, también somos uno. Las dualidades, incluso «la más grande», al igual que los percentiles, las clasificaciones, los scores y demás números que usamos para manejarnos, no sirven para entender las situaciones complejas que nos suceden en el presente. Y llamo situaciones complejas a un dolor crónico de espalda, a no aguantar a tu jefe o a tu cuñado, a las migrañas, a no apagar el móvil nunca, a no caminar media hora al día, a no disfrutar de la conversación con el conserje de tu casa, a no beber agua, a no dar las gracias de manera sincera, a no ser capaz de dejar de exigirte a ti mismo. En definitiva, a no ser capaz vivir. Porque vivir es complejo.

Y la mejor manera de orientarse por el mundo es escuchar lo que sale de dentro, tu brújula interna, confiando en que es el resultado óptimo del milagro de que exista tu individualidad, desarrollada en armonía con todo lo material y lo espiritual, aunque los medios de comunicación, el presidente del Gobierno, tus padres, tu pareja, tu jefe, o tu Twitter, digan lo contrario.

(Así que, por favor, pasen un maravilloso fin de semana pre navideño, no piensen, no corran, respiren, abran un paréntesis y metanse en él durante un rato. Y ya verán como, lo que tenga que ser, será).

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