Causar efecto

Le regalé a mi padre el librito con el conjunto de publicaciones del blog durante el estado de alarma y tuvo su efecto. Y al escribir esto me revuelvo un poco en la silla, porque estoy tratando de mirar el mundo fuera del esquema lineal de pensamiento causa-efecto, donde asumimos que una consecuencia sucede siempre a una causa, basados en el uso maistream del empirismo como método científico.

Porque las lágrimas de mi padre no eran sólo por la emoción de recibir el regalo, o porque fuera su cumpleaños, o por la dedicatoria del libro, ni tampoco porque se lo regalara yo. Tras esas lágrimas había un señor complejo, en un mundo más complejo aún.  Un señor que después de unos años de estupor, producto de golpes del destino, ha elegido de manera consciente vivir lo que le quede tratando de redondear las aristas de su obra, de compartir sus energías con aquellos que le hacen vibrar y de no dejarse caer en la inercia reservada a los viejos en nuestra sociedad. Y yo lo celebro.

Y es que no se trata de causa-efecto, sino de causar efecto. Y esta modalidad alude a que nuestros actos tienen consecuencias y a que tenemos que ser responsables de ellos, pero no vincula dichas consecuencias de forma necesaria a un espacio y tiempo determinados. Y por tanto, no nos conduce a esperar que nuestras acciones traigan unas experiencias inmediatas a nuestras biografías o a las de los que nos rodean. Y esto pasa tanto para las consecuencias positivas, como para las menos positivas.

A veces las consecuencias suceden de manera lineal, pero en la mayoría no y es ahí cuando nos decepcionamos y pensamos en lo “injusta” que es la vida. Yo por ejemplo, nunca entendí por qué tras haber sido un adolescente y joven deportista, con una vida saludable en lo físico, de pronto debuté (así se llama) en la diabetes con 22 años. Mirado como causa-efecto no tenía demasiado sentido y estadísticamente era una posibilidad irrelevante. Y esa irrelevancia lleva 24 años conmigo y los míos.

He hablado mucho de mi diabetes en estos últimos tiempos, pero lo que no he contado es que me voy a curar. Estadísticamente es igual de irrelevante ésta posibilidad, no hay datos de personas que se hayan curado de una diabetes tipo 1. Pero sí los hay de la reversión de otras enfermedades autoinmunes. Y sobre todo, si en una época de mi vida yo tenía tal despelote interior que mis anticuerpos, por error, empezaron a atacar a las células que se encargaban de producir insulina, ¿quién niega que ordenándome bien por dentro, mis anticuerpos dejen de hacerlo y permitan a esas células producir la insulina? Bueno, vale, es cierto que lo dicen todos los manuales de medicina moderna del mundo, pero también lo es que todos los buenos científicos dicen que hay cosas a las que el modelo científico dominante, sencillamente, no llega.

Y es que hay momentos en la vida que quedan grabados para siempre y el 17 de mayo de 1996 es uno de los míos. Aquel día cumplía veinte años la chica con la que salía y coincidió que comimos en casa de mis abuelos maternos, los Sagi-Vela. Habiendo tomado ya el postre, le dije a mi abuela (diabética tipo 2), que me prestara el medidor de glucosa, que tenía unos síntomas muy notables que aquella novia mía había relacionado con la enfermedad, porque alguien de su familia había pasado por lo mismo. Saqué la gotita de sangre de mi dedo índice y la vertí sobre la tira reactiva inserta en el aparato. A los pocos segundos en la pantalla salió un número por encima de 300, que ya os digo que está fuera de rango. El 24 de mayo, viernes, me estaba pinchando insulina. Recuerdo salir de la primera consulta con el endocrino  perplejo y deprimido por la dieta que iba a tener que llevar el resto de mi vida y por no comprender porqué me había tocado a mi esa penitencia.

En el momento que nos toca una enfermedad, nos paramos y nos sentamos a escarbar en nuestra conciencia, tratando de encontrar qué habremos hecho mal para haber sido “agraciados” con ese  errático funcionamiento del organismo. Y yo entonces no encontré un motivo convincente, salvo la mierda de la suerte, el destino o la lotería de la vida. Y mi reacción fue doble, primero cabrearme con la vida y segundo, hacer como que no me pasaba nada y la enfermedad no era un problema. Así que por favor, si nos hemos encontrado por el camino durante estos últimos 24 años, te pido perdón sincero por no haber sido honesto contigo, por haber parecido arrogante, desapegado, poco empático, demasiado resuelto, especialito, esquivo, hermético, o lo que se llama en nuestra querida lengua española, un gilipollas. Porque en ocasiones lo he sido y no lo digo por decir, lo he sentido muchas veces y lo he hablado abiertamente otras tantas con personas cercanas.

En aquel momento y durante muchos años a partir de ahí, en lugar de entender mi enfermedad (desease, en inglés) como una llamada para recuperar el equilibrio (ease, en inglés), la entendí como una afrenta personal de quien mueve los hilos, que no es otro que Dios. Y cuando nombro a Dios, no me refiero al de barbas de arriba, ese que está lejos, el que nos castigó con el pecado original y al que hay que rendir obediencia. No, Dios es y está en cada uno de nosotros (y del resto de seres vivos).

Y Dios no obliga a nada, no juzga nada, no condena a nada. Todo lo contrario, Dios, el Amor, la Vida, llámalo como quieras porque da lo mismo, nos ha creado a su imagen y semejanza. Yo lo llamo Dios porque me encanta, porque automáticamente traslada mi mente hacia algo superior (lo mismo que le pasa a Butragueño con Florentino Pérez), comunitario, aglutinador y al tiempo cercano, íntimo, personal. Dios es la autoridad diseñada para cuidarnos bien, pero la práctica de esa autoridad es de cada uno de nosotros, reposa en nuestras manos. Y nos ha dotado de un montón de funcionalidades para ejercerla y para ser felices y cuidar el rancho, lo que nos proporciona un poder y una responsabilidad muy grandes. El poder está claro que lo estamos ejerciendo, la responsabilidad no tanto.

Y ese Dios, es decir tú, el amor, la vida, te para en seco cuando te desvías mucho, para que no llegues a romperte, o de a poquito, cuando la desviación no es tan dramática. Y ¿de qué se puede uno desviar?, de ser uno mismo. ¿Cómo te das cuenta de ello?, Parando 10 minutos cada día y mirando cómo te sientes. Si encadenas días sintiéndote mal, luego meses y después años, no esperes que la cosa cambie por arte de magia. Hay algo que era tu encargo en la vida y que no estás desarrollando. Y ese algo puede ser tan sencillo como bajar la basura o caminar media hora, o tan complejo como la música de Mozart. Da lo mismo, esto le pasa a los que tienen mucho y a los que tienen poco y como el COVID-19, no hace distinciones ni por geografía, ni por ceros en la cuenta corriente. A mi me avisó con una enfermedad autoinmune, pero cada uno tenemos lo nuestro.

Lo que hoy tengo claro es que cuando consigo ser coherente un buen número de horas al día, de días al mes y de meses al año, soy más capaz de desarrollarme sin mugre y por tanto voy más relajado, más alegre, con menos conflicto y con menos dolor. Y los amigos no piensan que soy un gilipollas, que también es importante.

Esto no me evita estar exento de los golpes del destino, porque la vida es eso, subidas, bajadas y en medio nosotros esforzándonos en mantener el difícil equilibrio. Pero me hace bien a mi y le hace bien al resto, aunque no sea en el modelo causa-efecto y yo no experimente con mis sentidos y al día siguiente, que alguien ha tenido una consecuencia positiva de un acto mío.

La coherencia entre lo que uno es y su desarrollo, debería ser la madre de la ciencia, Con permiso del Estudiantes y su hinchada.

Feliz sábado.

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