¿Josh?

Acabo de colgar una videollamada con mi amigo Josh, biólogo y bioquímico que trabaja en la U.S. Enviromental Protection Agency, un organismo público norteamericano dedicado al cuidado del medioambiente desde hace 50 años.

Josh fué la persona que me convenció para saltar en paracaídas en el verano de 1993. Él era entonces mi suitemate (vecino de habitación contigua con el que compartes baño) en la residencia donde vivíamos en Chapel Hill, Carolina del Norte. Josh era buen jugador de baloncesto, tenía el pelo largo teñido de azul y fue el primer activista de verdad con el que me crucé. A pesar de la cantidad de colegas alternativos con los que había compartido cafetería mis primeros años en la facultad de Políticas y Sociología de la Complutense, nunca había conocido a nadie que estuviera dispuesto a arriesgar su vida por ninguna causa. Y Josh sí. Y su causa era salvar el planeta.

Ese verano Jordan ya bailaba a sus competidores y en la madrugada española 21 de junio, sus Bulls ganaban a los Suns de Barkley el sexto partido de las finales, para proclamarse campeones por tercera vez consecutiva. Minutos más tarde, pasadas las 8 de la mañana en Madrid, ETA asesinaba a 7 personas con dos coches bomba, uno en la Glorieta de López de Hoyos y otro en la calle Serrano. Ambos a escasos 500m de la casa de mis padres y en el camino habitual para ir a entrenar al Ramiro cada tarde.

Pero internet no existía y la única manera de estar al tanto de la actualidad era leer la prensa, ver la tele o a través de alguien que te traía la información de primera mano. Y mis padres me llamaron a la residencia para contarme lo de los atentados, porque obviamente ese tema no iba a salir en los medios de Estados Unidos. Estaban muy impresionados, el estruendo de las explosiones se había sentido en casa y querían comprobar si yo, a 6,400 km, estaba bien. Con el tiempo aprendes que cuando hay hechos tan extraordinarios como aquellos, lo que necesitas es “estar” con tu tribu, aunque sea por teléfono.

Y Josh, que había pasado los dos primeros años de universidad en Californa, era ese tipo de amigo que también te contaba cosas nuevas y diferentes. Cada día durante el mes de junio, después de pasar 5 horas en la cancha, narraba historias asombrosas acerca del grupo de ecologistas radicales al que pertenecía, llamado Earth First!, que desarrollaba cantidad de misiones emocionantes para salvar el medioambiente. Pero yo daba más crédito a sus palabras cuando hablaba de Sarah, la novia que se había echado cuatro años mayor que él y activista full time del grupo ecologista. Aseguraba además que Sarah tenía un montón de amigas guapas y que sería muy divertido que las conociéramos.

Así que unos cuantos nos organizamos para acompañar a Josh a Athens, Georgia, durante el fin de semana del 4 de julio. Allí se iba a reunir la sección southeast de Earth First!, para coordinar las acciones del trimestre y pintaba como un muy buen plan. El dato que me acabó de convencer provino de otro amigo, Carter, que había estudiado en la universidad de Georgia y que tenía el soplo de que REM, originarios de allí, estarían tocando esa semana en garitos pequeños, presentando canciones nuevas para su siguiente disco, tras el éxito del anterior, el incomparable Out of Time.

Y allí que nos fuimos en el coche de Carter, un viejo Jeep que le habían regalado sus padres para la aventura en Carolina del Norte. Como todos éramos menores de 21, pasamos primero por un Kinko´s para hacernos unos ID´s falsos nuevos y así entrar sin problemas a los bares de Athens. Yo aún conservo mi antiguo DNI español, ese que era del tamaño de un Iphone 5 y color azul, con mi fecha de nacimiento burdamente falsificada.

Las reuniones resultaron ser radicales de verdad (hablaban de poner artefactos explosivos en instalaciones contaminantes), clandestinas, con un ambiente oscurito, bastante coñazo y las amigas de Sarah inexistentes. Pero los REM sí que estaban tocando y Carter y yo conseguimos colarnos en He´s Not Here la noche del 4 de julio, tras ver los fuegos artificiales en el estadio de fútbol de la universidad. Y el premio musical fue doble, porque esa noche tocaron con las Indigo Girls, también nativas de Athens y el concierto fue sencillamente memorable. Yo nunca había escuchado a esas mujeres y desde aquella noche, la canción Closer to Fine forma parte de mi más íntima banda sonora.

Años más tarde Josh dejó de ser tan radical, acabó su relación con Sarah y se cortó el pelo. Lo que nunca ha dejado es su pasión por cuidar el planeta y continúa siendo de esos que, aún con la situación de hiper información en la que vivimos, sigue trayendo historias que es mejor escuchar, y con atención. Su compromiso además, le hizo rechazar trabajos muy bien remunerados en la empresa privada, se doctoró Cum Laude en Law por NYU y lleva 14 años trabajando en la EPA, aplicando su autoridad al estudio de la evolución medioambiental del planeta.

Y escribo esto para tratar de asimilar lo que me acaba de contar en la videollamada. Dice que ha firmado un informe el pasado viernes en el que se sostiene que el CO2 soltado a la atmósfera es tres veces superior al que se pensaba y que eso tiene urgentisimas implicaciones para el calentamiento global y para la salud de las personas. Dice que llevan años avisando a los distintos gobiernos de su país, pero que nunca les habían hecho caso, hasta que sus jefes dieron un ultimátum en diciembre pasado. Que lo iban a anunciar en enero de este año, pero que con la crisis del COVID-19 se lo pararon. Y el pasado viernes han cerrado y enviado de nuevo el informe al Secretario de Estado, y éste les ha confirmado que el 1 de julio van a pedir al congreso que tome medidas radicales. El motivo es que el objetivo de Cero Emisiones debe de alcanzarse el 31 de diciembre de 2025, veinticinco años antes de lo que los científicos estimaban. Entre esas medidas están la prohibición de los coches particulares que usen combustibles fósiles, los vuelos comerciales, el carbón, las ganadería a gran escala, la renovación de todo el sistema de distribución mundial de energía eléctrica, etc…. Y claro, también recomiendan decretan el estado de alarma para poder controlar militarmente a la población, temiendo que esta vez, a diferencia de lo que ha pasado en esta crisis, la gente se revele y haya alteraciones graves del orden público. Y se prevé que si lo hace USA, acto seguido lo harán el resto de países, al menos en occidente. Sí señala que China y Rusia están poniendo muchos problemas a las medidas, porque sus científicos sostienen tesis contrarias. O eso les dicen.

Así que, tras el test de control poblacional del que hemos sido todos partícipes por el tema del contagio del coronavirus, se viene una época de control planetario obligado, esta vez por causas medioambientales y absolutamente justificadas. Y claro, siempre por nuestro bien.

Desasosegante ¿no?. A mí me lo parece.

Pues mi amigo Josh no existe y yo nunca me he tirado en paracaídas. Lo que escribo arriba es una mezcla de hechos históricos, experiencias propias y datos random que hacen la historia verosímil y quizá entretenida. Si en lugar de en este blog, estuviera en un periódico importante, nadie dudaría de su veracidad.

Y me suena más verosímil que si alguien nos hubiera contado en enero pasado que, como consecuencia de un virus que saldrá de China, con origen en un murciélago que se lo pasó a un pangolín, se iba a contagiar en semanas algo infeccioso que no se sabe bien si es un virus o qué, que iba a atacar los pulmones de millones de personas en cientos de países, donde Italia y España ocuparían la pole position y que se tendría que encerrar a la población mundial en sus casas durante 70 días y 70 noches. Y que oficinas, colegios y universidades continuarían todas sus actividades online hasta nuevo aviso y quién sabe si para siempre. Que no habría reuniones familiares, ni citas con amantes, ni visitas al médico, ni conciertos, ni teatros y que hasta el dichoso fútbol se suspendería, al igual que los centros comerciales, las pequeñas tiendas y los bares, que permanecerían cerrados sine die. Y que pasado esto, los ciudadanos deberíamos llevar mascarillas y salir a la calle por turnos. Y lo más increíble, que el Estudiantes masculino no descendería y que el femenino ascendería sin jugar más. Yo me habría descojonado a dos carrillos, la verdad. Salvo por lo del Estudiantes de chicas, que estaba cantado…

Pues todo esto ha pasado y todos hemos vivido algo que resultaba imposible de creer haces tres meses. Y no hemos cuestionado casi nada, porque era obvio que la gente llegaba en manada a los hospitales, con graves infecciones respiratorias y lo importante era salvar vidas.

Pero yo a partir de ahora dejaré de creer en todo, aunque los hechos parezcan obvios y trataré de pararme y comprobar qué está pasando, qué me está pasando. A muchos les sonará poco científico (hablo de la misma ciencia que está anunciando una cosa y la contraria durante esta pandemia), pero lo que soñamos cada día es una una magnífica guía para saber si estamos bien orientados. Los animales aprenden eso que llamamos instintos a través de los sueños y es por eso que reaccionan antes que cualquier humano, cuando hay un tsunami o un terremoto. No es por su PHD en sismología, y unido al hecho de que están mucho más conectados con la naturaleza, son capaces de interpretar sus señales sin dudar.

Y las señales de la tierra son notables, con el problema del CO2 liberado en la atmósfera y con algunos otros. Y las medidas a tomar, dado lo que hemos vivido en estos últimos meses, no sería sorprendente que fueran como las descritas arriba. Y es que ese daño al planeta también es un hecho, pero parece que aún no interesa activarlo socialmente, sino sólo dejarlo a un ladito para entretener a las audiencias a cada tanto. Como el fútbol.

Así que nosotros, humanos, que además de instintos poseemos inteligencia. hagamos uso de ambos potenciales y primero, no nos creamos todo tal cual nos lo cuentan y hagamos más caso a ese Josh que llevamos todos dentro y que está conectado, que siente, que reconoce y que aspira a dejar el mundo mejor de lo que lo encontró. Y más importante, empecemos a tomar medidas en primera persona, sin que nadie nos obligue, para poder seguir disfrutando de este planeta tan maravillosos que habitamos y de nuestras respectivas tribus.

Qué hartura de fases, de medios, de políticos.

Feliz miércoles.

P. S. Josh es el más alto de la foto.

Polarizados, o no

Mi madre nos solía decir que era mejor no llamar la atención, no significarse. Yo no estuve siempre de acuerdo con aquella posición, o no la entendía bien, o no me encajaba del todo. Aún así, casi nunca me alejé de los estándares y he sido un “buen chico”, sobre todo si te quedas en lo que se ve desde el exterior. Pero hoy me voy a separar consciente y deliberadamente de la media nacional. Y cuando escribo media, me refiero a los dos, a los media y al average.

He elegido no estar polarizado y para eso he tomado tres decisiones y me he agarrado fuerte a una filosofía básica. Las tres decisiones son apagar los medios, poner mi yo a un ladito y tener la voluntad de amar. El precepto filosófico no va a sorprender, se trata de no encarar la realidad desde el Materialismo mainstream (izquierda/derecha, comunismo/capitalismo), sino desde el Antropocentrismo. Enfoque que pone al ser humano en el centro de la realidad, pero no en el centro político, sino entre el mundo exterior material que experimentamos con los sentidos y los mundos invisibles, que son la conciencia (lo que pensamos), el más allá (lo que soñamos) y el mundo interior (lo divino, es decir, lo humano).

Apagar los medios.

Terminado The Last Dance, nos hemos quedado huérfanos de cosas molonas en la tele y a punto de acabar el encierro, tampoco han sobrevivido la radio ni los digitales. En Twitter, esa plataforma diabólica, me hallo en estricto plan de desescalada a través de la conocida defensa en zona 1-3-1 (máximo 1 like, 3 visitas y 1 retuit al día). Aguantan los podcasts, formato en el que cada cual puede encontrar información y entretenimiento sobre sus temas favoritos, ya sean éstos pesca con mosca, humor, meditación o energía nuclear. Los podcasts requieren de una voluntad activa de escuchar y además se hace individualmente. No es un ruido de fondo, sino una elección. Y dependiendo de tus gustos, en muchos casos no están condicionados por la parte material de la realidad, porque casi no tienen publicidad, ni contenido patrocinado. Creados por particulares ingeniosos, profesionales brillantes, o estudiosos de temas dispares con dotes de comunicación, siempre encuentras un podcast al que engancharte por una hora, un día, o una época.

Mi Yo, a un ladito.

El otro día escribía que el Yo es el centro del alma y que el alma es el principio básico del movimiento de los seres vivos. Cuando se dice que la depresión es una enfermedad del alma, se refiere a que afecta al movimiento del individuo. El que haya estado con depresión identificará la sensación de que nada te hace levantarte de la cama, no hay nada que te mueva. Los humanos debemos desarrollar un yo fuerte en los primeros 12 años, para luego poder manejarnos en la vida, pero se nos ha ido de las manos y la consecuencia es que nos damos demasiada importancia. Y cuando uno se da importancia, se indigna mucho por lo que hace o dice el otro. Cuanto más grande es el Yo, más existen los Otros, y da lo mismo que sean los de otro partido político, los de otro equipo de fútbol, o los que no te dan el paso en el portal de casa. Para relajar el yo, funciona muy bien el humor, sobre todo enfocado hacia uno mismo.

Tener la voluntad de amar.

Love people. Use things. The opposite never works“. Le tomo prestada esta frase a dos tipos que viven con el minimalismo como propósito y han montado un negocio para divulgar las enseñanzas de esta forma de vivir mejor, con menos. The Minimalists, que así se llaman, tienen varios libros, un site y un podcast magnífico, además de un documental en Netflix. Merece la pena curiosear en sus materiales.

Hoy más que nunca es momento de amar al prójimo, palabra que viene del latín _proximus, y que significa el más cercano. Y es que de verdad todo empieza por el de al lado, por tu pareja, que tras 70 días en casa no es un tema menor, por el vecino que le da a la cacerola, por el que no se pone la mascarilla, por la señora mayor que se cuela en el supermercado. Y sé que es difícil entender la marcha de coches del día de ayer, o el pacto con Bildu de Sánchez, pero el amor y la compasión, son la única garantía para salir mejor de todo lo que está pasando, con nuestros aciertos y nuestras limitaciones.

Y amar no significa ser equidistante, ojo. Las cosas que están mal, están mal. Pero eso no quiere decir que uno tenga que reaccionar ante ellas. Hay que tratar de responder, en lugar de reaccionar. Y a esto ayudan mucho los dos puntos anteriores, no estar intoxicado por los medios y darse menos importancia. Hagan la prueba.

Antropocentrismo.

No me cansaré de repetir que hay una carencia enorme ya de saque, y es el hecho de que no contemplamos la realidad completa, sino sólo la capa exterior, la material y así es complicado estar en equilibrio con uno mismo y con la vida. La división no es entre izquierda y derecha, o entre capitalismo y comunismo, la división es entre dentro y fuera, entre la superficie y la profundidad, entre lo visible y lo invisible. Porque no se ve, pero estamos todos conectados con el resto de humanos y de seres vivos, y todas nuestras acciones causan efecto en el cosmos (empezando por uno mismo). Si integramos eso, agitaremos menos banderas, o no nos molestará que otros la agiten, nos pondremos la mascarilla, o entenderemos que si alguien no la lleva es por algún motivo justificado, y seremos capaces tanto de cuestionar severamente al gobierno, como a los que se manifiestan con sus BMW´s por nuestras ciudades. Y el otro dejará de ser el otro, para ser uno de los nuestros.

Si nosotros jugábamos al mus en parejas mixtas con los del Madrid, la noche antes de jugar una final…

Feliz fase 1, esta vez sí. Nos vemos en los bares, que ya está bien de leer posts como éste.

Núñez de Balboa, mucho pecho y poca cabeza

Quizá es sólo el síndrome del domingo por la tarde, pero no puedo más con el día de la marmota, con los paseos programados, con hacer la compra en el supermercado de El Cuento de la Criada (lleno de sospechas). No puedo más con cocinar, con recoger lo cocinado, con las videollamadas, con la lectura, con hacer deporte, con las cervezas en pantalla. No puedo más con HBO, con The Last Dance, no puedo más Sánchez, no puedo más con Twitter, ni con los medios, ni sobre todo con los miedos. No puedo más con las banderas con crespones, ni con las banderas en general, ni con la española en particular. No puedo más con las mascarillas y los guantes, con los geles hidroalcohólicos. no puedo con las caceroladas, ni con el doctor en gestión de pandemias que llevamos todos dentro. No puedo más con no poder concertar cita en el ambulatorio para ver a Maricarmen, la enfermera que me provee de material para la diabetes. No puedo más.

Pero todo va a ir bien, en serio, TO-DO-VA-A-IR-BIEN.

Porque cuando estaba a ésto (no se ve pero estoy haciendo un gesto con mi mano, como de coger una pizca de sal), de saltar por la ventana de mi bajo sin jardín, ha llegado la revolución de Núñez de Balboa para salvarnos, ¡fuck yeah!. Mi calle, la de mi cuna, es el epicentro de la España contestataria contra el poder político (que no económico, claro). O contra lo que sea que se manifiesten. Impossible is Nothing, ya lo dijo Mohamed Ali en 1974 y repitió Adidas sin descanso hasta 2013, con objetivos menos reivindicativos.

Y yo, que viví en el número 119 mis primeros 25 años de vida y donde aún vive mi padre, estoy legitimado para hablar. ¡Menudos somos en el barrio!. Aunque hay que reconocerle a Jabois que él también lo ha hecho con criterio y gracia en el periódico de hoy. Gracias Manuel.

Siempre había querido argumentar la idiotez de la coincidencia geográfica para explicar los fenómenos sociológicos o políticos, y esto me ha traído la oportunidad. Pero de milagro, que el número 119 está entre General Oráa y María de Molina, a escasos tres portales de Chamartín. Y si subes María de Molina hacia Avenida de América, enseguida estás en la Guindalera, que es distrito de Salamanca, pero menos, mucho menos. Así que seguro que los de la esquina con Don Ramón de la Cruz, donde está la zona 0 de la revolución, me consideran rojo (progre, que dicen ahora) por vivir tan arriba. Con lo cual me voy a callar lo del piso en alquiler y que mi colegio no era el Pilar, sino el Ramiro (si, si, al que Sánchez fue en BUP. y la reina Letizia, esa arribista, también, y bueno, el de Wyoming y Forges, y… todos comunistas). Es probable que si me acerco a compartir mi cacerola con ellos esta tarde, me echen a patadas por sospechoso, aunque lleve mi fachaleco.

Pero como soy de allí, repito, entiendo muy bien lo que está pasando. Que para eso nací en el hospital del Rosario y mis abuelos paternos vivieron toda su vida en Ayala 18, frente al Mercado de la Paz. Si no habré tomado yo aperitivos con mis padres en el antiguo Peláez de Lagasca, o en Jurucha (que aún existe), o en Gitanillos, que no sólo sale en la canción de Sabina, con esas cortinas de terciopelo oscuro en la entrada. Y bueno, ya de adolescente, como cómo olvidar Victory, en Lagasca esquina Juan Bravo, con Green a su espalda y con Floro a los mandos, Balbino en la barra, Baldomero lustrando zapatos y esos magníficos profesionales de sala, que durante años fueron la referencia de mi padre (y de todos nosotros, por extensión). Así que lecciones de pureza barrial, las justas. Somos pijos, viva el barrio de Salamanca (sin exclamaciones).

Y además soy muy partidario de que las personas se muevan, aunque sea por los motivos equivocados. Que uno se mueva quiere decir que hay un alma ahí dentro. Porque el alma es el principio básico del movimiento de los seres vivos y ese movimiento, que se activa con las emociones, es lo que está pasando en Nuñez de Balboa. Gente emocionada por el agotamiento, la indignación, el aburrimiento o la confusión, saliendo a la calle a gritar lo que le parece, contra quien le parece. Y gente emocionada de encontrar a otros en ese mismo lugar, gritando como ellos y también en movimiento, porque la ley del estado de alarma dice que no puedes estar parado en la calle. Y al llegar a casa, mucho más movimiento, en este caso en el smartphone, en forma de meme o de tuit. Por no hablar del movimiento interno, lleno de satisfacción por la repercusión en los medios de sus reuniones revolucionarias. Para estar orgulloso.

Pero es que además de alma, los seres humanos poseemos espíritu. Y la diferencia entre la una y el otro es fundamental. Se entiende muy bien con las regiones del cuerpo asociadas a ellos. La región que se asocia al alma es el pecho y ¿qué hace uno cuando dice yo?, se lleva la mano al pecho. La región corporal del espíritu es la cabeza, y ¿qué hace uno cuando le dice a otro que piense?, se lleva la mano a la cabeza.

Y además de la región corporal, las capas del hombre poseen cada una un centro. El del alma es el YO y el del espíritu es el SÍ MISMO. El YO sabemos lo que es, es el individuo, el egoísmo, la supervivencia a costa de cualquier cosa, como lo hacen los animales. Y el SÍ MISMO en cambio es lo colectivo, el todo, el Amor, Dios. En el barrio de Salamanca supongo que esto lo sabemos muy bien, porque tiene mucho que ver con la religión (no tanto con las confesiones, pero de esto ya hablamos otro día).

Propongo entonces que utilicemos más el centro del espíritu y menos el del alma, para continuar con nuestras vidas, porque todos somos igual de importantes para que el mundo siga rodando y para sacar adelante esta situación dramática y desconocida (y sí, mal gestionada también).

Y lo mejor de todo, hagámoslo por nosotros, colectiva y egoístamente. Porque los seres humanos encontramos la felicidad cuando dejamos de pensar tanto en el YO, en nuestro “alguien” con nombre, apellidos, barrio y bandera, y empezamos a pensar más en el SÍ MISMO, nuestro “nadie”, y en consecuencia, nuestro TODOS.

Así que menos golpes de mano en el pecho y más dedo índice a la cabeza, que ésto no ha acabado y aún hay mucha gente sufriendo. Más los que van a sufrir cuando se abra de nuevo el país y no haya salario que cobrar, ni cliente al que vender nuestros productos o servicios.

Y no dejemos de movernos, que eso es signo de estar vivos.

Feliz domingo ya casi lunes.

Empezar de cero (coma cinco)

Tercera noche que me despierto con hipoglucemia severa. Parece obvio que o bien tengo que cenar más. o bien tengo inyectarme menos insulina. Abro los ojos en mitad de la noche con una extraña sensación de descanso, como si fueran las 8. Miro el reloj y sólo pasan unos minutos de las 4. Estoy confundido, pienso en qué tengo que hacer cuando me levante. Pero es sábado, no tengo nada qué hacer. Además Madrid está aún en la fase 0,5 del mundo después del confinamiento, y salvo que vivas en Nuñez de Balboa como mi padre, lo correcto es seguir haciendo caso a las autoridades, aunque las autoridades no hayan sido nunca autores de la gestión de una pandemia de este pelo.

En seguida noto el sudor en mi camiseta, una sudoración intensa que se vuelve fría, muy fría (y mucho fría, que diría Mariano). Me levanto y me mido la glucosa, 42. Mal, lo saludable sería tener por encima de 80. Mi organismo hace esto para llamar mi atención, porque si siguiera durmiendo con la glucosa en esos niveles, habría peligro de que no me volviera a levantar, o de que el daño fuera grande. Ya en la cocina abro una lata de Coca-Cola de 200ml y me la bebo. Mientras, me siento y aguanto la sensación de hambre. Me comería un búfalo, pero después de 24 años he aprendido que hay que beber y esperar a que el azúcar haga efecto en el torrente sanguíneo. Y la Coca-Cola para eso es mano de santo, la mejora es casi instantánea. En cualquier otro contexto no bebo este veneno rojo.

Si has tenido una hipoglucemia (para lo que no es necesario ser diabético), sabes que es un momento perfecto para conectar con lo invisible. La paulatina pérdida de conciencia abre de manera amable la puerta del otro lado y durante un corto espacio de tiempo, la sensación es de ligereza y placer. Si convives con un diabético, sabes que si de pronto está o muy alegre o muy irritable, es síntoma de que los niveles de glucosa están bajando y es momento de chequear y beber algo con azúcar. Si es irritabilidad lo que surje, es que el diabético no quiere sentirse así y se rebela contra su estado, antes de reconocer que está perdiendo la conciencia. Si por el contrario se le ve despreocupado y alegre en exceso, es que está disfrutando de esa sensación, antes de igualmente perder la conciencia. Por tanto en ambos casos hay que darle de beber.

El hambre y el destemple quedan dentro durante un tiempo, pero lo peor ha pasado. Me quedo pensando en el significado de todo esto, si es que lo tiene. El más allá me está despertando las tres últimas noches y tiene que ser por algo. En el mundo exclusivamente materialista, la explicación sería la del principio, he ingerido pocas calorías o me he pinchado demasiada insulina. Pero ese análisis es estrecho, sólo contempla lo que se puede medir.

Lo que me viene, y por eso me he sentado en el ordenador en lugar de volver a la cama, es el impulso de escribir, de seguir escribiendo sobre lo invisible. Cuando te viene un mandato así es mejor no analizarlo, porque al hacerlo suele perder sentido. Tenemos mucha confianza en el neocórtex, en la parte analítica del cerebro. Y el neocórtex me dice ahora que me vaya a la cama, que mire la hora que es, que veré mañana lo cansado que voy a estar. Pero yo me suelo equivocar màs cuando le hago caso a mi análisis, que cuando hago (just do it) de manera directa. Cuando analizo las cosas, se juntan por un lado la opinión que tengo de mí mismo (qué aunque medito bastante últimamente, sigue siendo demasiado pesada), mi tradición y el efecto de la opinión pública. Y es una mezcla que raramente funciona.

Me vuelvo a medir, la glucosa ha subido a 127. Son las 6,20 y ya se escuchan autobuses de la EMT circular por la desierta calle. Recuerdo entonces mi conversación con Ernesto, buen amigo y directivo de una empresa farmacéutica. Ayer, tras una reunión por Zoom por uno de los proyectos en los que trabajamos juntos, me quedé charlando con él y salió un tema que me había contado en persona hace unos meses. Aquel día me dijo que desde niño escucha una voz que le pregunta qué hace él aquí, por qué está aquí. Dice que de pequeño se asustaba mucho y que sólo su madre sabía cómo calmarle. Y que ya de adulto ha aprendido una técnica que le funciona para que “desaparezca”, que bàsicamente se trata de realizar cualquier otra actividad, al tiempo que habla de manera compulsiva. Si hace esto, la voz acaba. Y él además puede anticipar cuando viene, porque lo primero que nota es como lo material parece diluirse, como si desapareciera del espacio tiempo de ese momento. Estoy aquí, pero sé que no estoy, narra. Y me dijo también que le sigue dando mucho miedo, que no quiere mirar porque piensa que si mira va a ver algo, o a alguien, conocido y que eso le acojona mucho. De hecho dice que lo relaciona con su abuelo, una persona que él siempre admiró enormemente.

Aquel día le dije que probara a mirar y ver qué pasaba, que normalmente cuando algo viene del más allá de una manera tan recurrente. suele ser bueno y necesario, pero que como todo lo desconocido, da miedo. Me dijo que lo haría y me pidió que tuviera el teléfono conectado, por si necesitaba llamarme durante el proceso. En plan Bill Murray en Los Cazafantasmas.

Aún no ha llamado con esa emergencia y ayer me contó que desde que lo hablamos, no le ha vuelto a venir la voz, pero que está preparado para encararla cuando aparezca.

Y es que la pregunta de qué hemos venido a hacer, es una pregunta que asusta, que nos asusta a todos, no vaya a ser que el circo que nos hemos montado, no sea lo que responde de manera correcta y tengamos que empezar de cero.

Bueno, si estás en Madrid sería de cero coma cinco

A ver qué pasa. Feliz sábado.

Un recado para los de Marketing

Esta es una historia de antes de que el COVID-19 (con “d” de diciembre, como dice la genia de Isabel) llegara a nuestras células. Osea, remota.

Venía yo sentado en un avión de regreso a Madrid, tras asistir a unas jornadas de Marketing en Lucerna. Lo sé, suena prescindible ir a Suiza para escuchar a otro humano hablar sobre la última campaña “sostenible” de un fabricante de coches, o sobre la presencia de una empresa de pizzas en el mundo de los deportes electrónicos. Se reconoce al instante que era una actividad perfectamente idiota. Y más hoy, cuando suena a ciencia ficción quedar con tu hermano a tomar una caña en el bar de la esquina.

Pero aún era febrero, pretérita época en la que Fernando Simón tenía el pelo corto y decía que el virus no iba a llegar a nuestro país, al mismo tiempo que comparecía en rueda de prensa diaria. Era raro, ¿no?, pero es que vivíamos (vivimos) muy despistados. Yo creo que el gobierno de Iván Redondo. uy perdón, de Iván Sánchez, joder no, de Pedro Sánchez, qué lío tengo… Que el gobierno pensaba que esta crisis (cualquier crisis), se arreglaría con una buena comunicación. Y en concreto con una buena comunicación política, que se trata de generar confusión, de que miremos a otro lado, de que estemos entretenidos comprando en Amazon, de que cambiemos el foco cada 12 segundos, de que vayamos de una pantalla a la otra, de un tuit al siguiente, de la indignación más profunda a la carcajada sincera y todo a golpe de meme o de 140 (o 280) caracteres. Pero eso era antes, antes de que la realidad cambiara de verdad.

Antes del arresto domiciliario global, antes de que nos ordenaran la manera de salir a la calle, antes de que miráramos al vecino con sospecha por no llevar mascarilla, antes de que el teletrabajo se convirtiera en norma, antes de que Decathlon sustituyera a H&M, antes de que las cañas fueran sólo botellas de cerveza y antes de que la harina fuera producto mainstream.

Antes, en ese mes de febrero, iba ya sentado y con el cinturón de seguridad abrochado en la fila 34, contemplando un avión repleto de gente hasta la bandera. Bueno, salvo las filas 8 y 24 que iban vacías. La aerolínea no vendía esos asientos porque, en otro alarde de un genio del marketing pre pandemia, se habían tematizado con los colores de los Lakers en homenaje a Kobe Bryant, que había sido su imagen en USA y que acababa de fallecer en accidente aéreo. Parece que hace décadas de aquello, me pregunto si la próxima vez que suba a un avión, me obligarán a llevar un chip en la piel con mi pasaporte biológico, que certifique que soy un ciudadano obediente y temeroso del señor… del señor Bill Gates (estoy a full con la conspiración).

Y por si esto de los asientos vacíos no fuera suficiente disparate, a los organizadores se les había ocurrido colocar una última ponencia en el mismo vuelo de regreso, como si fuera peligroso no estar “consumiendo” algo durante el tiempo en el que tu teléfono no está conectado, y lo aprovecharas para dormir, o para la loca actividad de charlar con el que se sienta a tu lado.

El disertante era un creativo publicitario, de la época en que la publicidad era algo casi divino. Así que al poco de despegar, allí había un señor mayor con gafas de pasta, contando su milonga sobre qué es el talento. Y no puedo decir si fue interesante o no, porque no escuché nada. Me lié a hablar con mi compañero de la derecha de algo mucho más molón: la ética y el marketing. Ya, sí, lo sé, parece un oximorón, puro postureo pseudo intelectual. Parece marketing… pero no. Abro hilo, como dicen ahora los filósofos modernos.

Ignacio (nombre en clave para mantener su privacidad, hasta que nos pongan el chip biológico ese) me contó que él antes era ejecutivo de marketing de multinacional y que ahora se dedica a hacer recados para sus clientes.

Hacer recados me sonó como algo maravilloso, como algo esencial, como a ayudar a mi madre cuando era pequeño, me sonó a ocuparme de hacer sin comunicar a nadie que lo había hecho, a no darme importancia y a reconocer la importancia del otro. Un recado además se hace porque sí, porque quieres a tu madre y no porque vayas a recibir nada a cambio, aunque luego lo recibas.

Y los recados de Ignacio tienen que ver con la comunicación y el marketing. lo que nos llevó a la importancia del entendimiento del ser humano, como premisa necesaria para una comunicación correcta. Y fue ahí cuando yo metí mi cuña de la imagen completa del mundo, esa que incluye lo invisible, porque sin ella no hay manera de entender al ser humano. Y acabamos hablando de ética… No de ética, sino de la Ética.

La Ética tiene que ver con Dios, o pon tú el nombre con el que te sientas más cómodo cuando piensas en ese concepto. Pero por simplificar, tiene que ver con la conciencia del bien y del mal. Y todos sabemos cuando algo está bien o mal, lo que pasa es que nos hacemos los locos, o vamos demasiado deprisa para analizarlo, o nos ponen una charla sobre el talento en mitad de un vuelo. Y cuando la Ética está en el fondo, lo exterior podrá resultarnos incómodo e incluso terrible (como terrible es que un león se come a una cebra), pero podemos estar seguros de que es lo correcto.

El marketing y la comunicación post pandemia deberá ser algo parecido a los recados de Ignacio, hechos desde la Ética. Anunciar como lo hace la naturaleza, que no saca las flores las 52 semanas del año, sino por estaciones y poniéndose más bonita en primavera. Una campaña constante es un gasto innecesario, y si bien puede ser beneficioso para una empresa en el corto plazo, a medio nos hace peores y destruye el equilibrio por la necesidad de crecer.

Y lo peor de todo, por el camino se lleva la capacidad de atención de los humanos que crean las campañas, con sus enormes capacidades artísticas, creativas y analíticas, y también de los humanos que las recibimos, porque nos dejan sin tiempo y espacio para escuchar nuestro interior, que al ser invisible, se pierde en el ruido.

Estamos ante la oportunidad de cambiar las reglas y me temo que ante la necesidad de hacerlo. Siento que muchos colegas están experimentando esto mismo, o parecido y sobre todo que muchos humanos estamos agradeciendo la ausencia de velocidad, de prisa, de ruido. Ahora es el momento de ponerse a ello, de aprovechar este impulso que nos ha dado el parón (otro oximorón), para ser más conscientes de cada acción ejercida como emisor de comunicación y de cada estímulo encajado como receptor..

Y de la comunicación política sólo espero que le pase como a la cebra con el león, aunque sea terrible.

Feliz martes.

Deja de ser tú, Pedro

Querido Pedro,

Le he tomado prestado el título a Joe Dispenza, cuyo Deja de ser es uno de los libros que he leído durante el confinamiento y que contra todo pronóstico, me ha gustado mucho. Te lo recomiendo.

El caso es que llevo meses resistiendo la tentación de escribirte y ya no puedo más, o no quiero más, o esto del confinamiento me ha cambiado y soy otra persona, con otro enfoque, o sin enfoque, o sin filtros, o todo a la vez. Así que espero que no me lo tomes en cuenta y este post no cambie nuestra relación.

Tú no lo sabes, pero en este blog hablo de lo invisible y una vez escribí sobre tu calzado y las pocas piedras que se te cuelan en él. Es una metáfora lo de las piedras, resulta que etimológicamente la palabra escrúpulo viene de la palabra piedra (pequeña). Si quieres te lo lees y ya me dices tu opinión cuando puedas, que ahora estarás muy ocupado. Ese post es de cuando escribía utilizando al Contrafantasma como personaje y la verdad, no me sentía bien escribiéndote en tercera persona. Como esconderse detrás de una esas cuentas falsas de Twitter, que creáis los partidos políticos para atizar al de enfrente. Tú y yo, que nos conocemos hace tantos años, mejor de frente.

Pedro, seguro que ser tú es muy difícil, lo ha sido desde que te presentaste a secretario general. La de movidas que has tenido, primero con tu partido, luego con Pablo Iglesias en aquellas primeras elecciones, después con tu partido de nuevo y ahora con todos menos con tu partido, que no existe, salvo para decir gilipolleces en redes sociales (ay, las redes sociales…). Un lío la verdad, no te envidio. Gobernar en esta situación de pandemia no estaba en los planes de nadie y hasta los que mejor situación tenían, lo están pasando muy mal. Pero conociéndote, te imagino convencido y convenciendo al resto de que tú esto lo sacas. Porque tú eres muy así, muy de vamos a por ello, que lo ganamos. Tú eres un ejemplo de cómo llegar a pesar de todo, de como ganar un partido, una carrera, eres el campeón del resistiré.

Pero gobernar un país no es ganar las elecciones y una pandemia como ésta y lo que ha cambiado el mundo con ella, requiere de un nuevo modo (de ser) de todos nosotros y también un nuevo Tú.

Y me consta que tú piensas que ganar es lo más importante, porque crees que después, con todo el poder en tus manos, podrás hacer el bien. Todo ese bien que sin duda conoces, porque lo que está bien y lo que está mal es una diferenciación que casi todos tenemos clara, viene de serie con el ser humano. Mentir está mal, yo se lo digo a mis hijas todo el tiempo y seguro que tú también a las tuyas. Pero yo, en ocasiones, miento, lo reconozco. Y es que el bien no es fácil de ejecutar. Siempre hay una fuerza mayor, una contingencia, una emergencia, un peso en la balanza que hace que el bien pueda esperar hasta mañana, hasta el próximo sábado en tu nuevo sermón en círculos, hasta al siguiente consejo de ministros, o hasta los próximos presupuestos. A mi me pasa también, es humano. Pero también te digo, que no es correcto.

Y se que también sabes que la manera de ganar importa igual. Que en tu casa tuviste una buena educación, que en el Santa Cristina también y que ya en el Ramiro todos nos “doctoramos” en ética jugando en el patio del colegio. Porque, ¿cómo somos los del Ramiro, eh?. Y bueno, para acabar de entender que no se gana de cualquier manera, jugaste hasta Junior (en nuestra época se llamaba Juvenil) en el Estudiantes y allí nos enseñaron que ganar no lo es todo (salvo si juegas contra el Madrid), que la manera de hacerlo era muy importante. Aunque te digo una cosa, mis compañeros y yo hacíamos todo tipo de perrerías para defender a José Lasa cuando jugábamos contra ellos. Pero el cabrón era tan bueno, que siempre nos metían 30n(salvo una vez, que resultó ser la final de un campeonato de España). Pero vaya, que te digo que en esos partidos, la ética nos la pasábamos por el arco del triunfo sin culpa alguna. Porque contra el Madrid, contra el “mal” en esencia, todo estaba justificado. El Madrid era nuestra némesis, como tu VOX, tu PP, tu Podemos de antes de esta legislatura, tu independentismo catalán, tu Susana Díaz, tu Eduardo Madina…

Tú sabes que en política tampoco vale todo, pero me vas a decir que todos los hacéis, que los demás lo hacen igual y que además los otros son o populistas, o de derechas. Se que además me vas a decir que los que no estamos en política, no sabemos de qué va y que por tanto no podemos opinar (como los vascos con el problema vasco, los catalanes con el procés, los programadores con el desarrollo de software). Que si supiéramos la de mierda que hay, cambiaríamos de opinión y actuaríamos como vosotros. Y quizá tienes razón, o quizá no. Yo hay días que paso por alto el hecho de actuar mal, me meto en la cama y dejo que pase la noche. Pero la diferencia es que la mayoría de mis acciones sólo me perjudican a mi. Bueno, a mi y al cosmos, porque acuérdate de que todos estamos conectados. Lo dice Joe Dispenza en su libro, donde también enseña a cómo meditar. Y dice que la meditación puede generar cambios, por atraer una vibración diferente del campo electromagnético, y que esa nueva vibración tiene efectos en ti y en el todo.

Y sí, sé que parecerá esotérico, pero por las dudas tenlo en cuenta. Si todos hacemos como yo hago a veces y pasamos por alto nuestras acciones incorrectas, esto tiene una influencia sobre el resto, sobre el colectivo, sobre el cosmos.

Dispenza dice que ya no está vigente el esquema de la física newtoniana, el de causa-efecto. sino el de la física cuántica, algo más parecido a causar efecto, de una manera no lineal. Así que en cada decisión que tomes, en cada verdad a medias (o mentira) que cuentes, recuerda que tú, nosotros (España) y el cosmos en general, estamos bajo tu influencia y mucho más en este momento del estado de alarma. Y eso incluye las conversaciones que dices que tienes con Melinda Gates, que lo vi el otro día en Twitter. No te fíes de ese matrimonio que son muy raros, madridistas seguro.

Pedro, deja de ser el tú presidente. Se puede cambiar de opinión, reconocer errores y hablar desde la verdad, desde tu verdad. No trates de contentar a todos, ni hagas tanto caso a Iván Redondo. Yo te doy mi opinión poco válida sobre él, ya que no le conozco de nada. Seguro que es una persona preparada, pero sólo está haciendo su legítima carrera, como hacemos todos. Y que de aquí se irá a LATAM, con su CV a tope de power (perdón que hable como mis hijas), por haber colocado a un presi en una democracia europea. Y yo se que tienes confianza en él y que eso es fundamental en un entorno como el vuestro, donde vuelan los puñales. Que tú de eso sabes, acuérdate de cuando le dijiste a Susana Díaz que te apoyara como secretario general, que luego tú no te presentarías a candidato a la presidencia del gobierno.

En fin Pedro, trata de quitar la mugre y purifica el ambiente. No me digas que no puedes hacerlo porque estás a mil y que lo dejas para más adelante, para cuando tengas tranquilidad y puedas dedicarte sólo a hacer el bien. Porque tranquilidad no va a haber. Si ya te parecía complicado el escenario político antes del virus, lo que se nos viene después es de no creer. Y no es solamente un escenario nuevo en la política, me temo que es un mundo nuevo. Yo llamaría a Casado y a Arrimadas y obligaría a Iglesias a sentarse a la mesa. Llama también a Abascal, pero creo que no va a ir, porque ese sí que está haciendo sólo su guerra.

Desde que dejamos el instituto nos hemos visto poco. Tampoco es que antes fuéramos muy amigos, pero compartimos una historia afín, tardes y tardes en la Nevera y sobre todo la amistad con un íntimo común que tenemos. Recuerdo cuando me contaste hace años, en la fiesta de despedida de este amigo, que estabas cansado de tu curro en política y que lo ibas a dejar No lo hiciste y mira dónde has llegado, a lo más alto. Felicidades.

Ahora tienes la oportunidad de cambiar de nuevo el rumbo y hacer algo mucho más relevante, con capacidad de causar efectos beneficiosos para millones de personas, pero para eso tienes que dejar de ser tú. Y se puede hacer, todos podemos.

Feliz domingo.

Mi primera vez

Aviso al lector que lo que sigue no conduce al lugar que, en nuestro imaginario común, se evoca al hablar de la primera vez. A riesgo de defraudar, cuento estas dos primeras veces mías, que han sido fundamentales en mi vida.

Hablo de la primera vez que reconocí la existencia e importancia de dos realidades invisibles concretas. Y cuando digo invisible me refiero a aquello que no se puede experimentar con los sentidos externos (vista, oído, tacto, gusto y olfato). Son todas esas cosas que pasan dentro y que tienen notables efectos en nuestra vida. Los llamamos conciencia, pensamientos, emociones, intuiciones, sensaciones, sueños…. y que resulta que poseen una estructura observable y accionable en caso de necesidad que, me temo, es el de casi todos.

Dos cosas invisibles muy potentes, movilizadoras y numinosas. como lo son el amor y la muerte. Quien haya estado enamorado sabe de lo que hablo, quien haya estado delante de un muerto, también y ninguna de las dos es fácil de explicar con palabras. Mis primeras veces con cada una me marcaron y en orden secuencial, introdujeron y consolidaron, mi relación con lo invisible. Pero volvamos atrás un poco, para contar cuál es mi tradición.

Soy una persona normal nacida en el Madrid de los 70. Estudié en el colegio público Ramiro de Maeztu y luego en el instituto público del mismo nombre. En ese colegio y en ese instituto había gente de todo tipo, con padres también de todo tipo. En mi caso eran funcionaria ella y trabajador por cuenta ajena él. Ninguno tenía estudios superiores. Tengo un hermano mayor y juntos crecimos en un piso de alquiler de renta antigua, que antes había sido la vivienda de mis abuelos maternos. Así que mi madre vivió allí toda su vida, salvo un par de años recién casada. El piso está en el rancio y aburrido barrio de Salamanca, en uno de esos edificios cuadrados y austeros, sin ninguna alegría visual, pero muy correcto y funcional.

Nuestra vida infantil fluyó de manera amable y despreocupada, disfrutando de todo aquello que necesitábamos. Un poco más de izquierdas que de derechas, mis padres nos hablaban de baloncesto, de las respectivas familias, de nuestros estudios, de sus trabajos, de los amigos, de política… Pero eran poco de hablar sobre los sentimientos de cada uno, sobre todo cuando éstos eran consecuencia de “problemas”, imagino que por protegernos. Y por tanto crecí sin muchas referencias sobre el interior del ser humano, que sobre todo es escrutado cuando la cosa no marcha del todo bien. Crecí pensando que lo espiritual (lo invisible), era análogo a lo confesional y por tanto supersticioso, no moderno, no científico y en definitiva producto de la tradición de la recién acabada España franquista.

Racionalista y positivista él, recuerdo una anécdota con mi padre de la época de mi primera comunión. Un buen día le pregunté por qué no iba a misa. Me explicó que de pequeño le habían obligado a asistir diariamente durante años y consideraba que había ido suficiente. A mi la explicación me generó mucho sentido, pero rezumaba un grado extremo de materialización de lo inmaterial. Contar las unidades de misa asistidas de niño, extrapolar el resultado al resto de tu vida y concluir que ya estaba cumplido el cupo vital “necesario”, era una síntesis seguramente concebida para que un niño no hiciera más preguntas, pero que demostraba una cierta desafección por lo invisible. Y no quiero decir con esto que asistir a misa fuera (o sea), una actividad adecuada para el correcto desarrollo espiritual, pero en aquella época el espíritu tenía muy pocas salidas más. Y es que lo espiritual, queramos o no, vayamos a misa, meditemos, caminemos, oremos, hagamos pan, o punto de cruz, está con nosotros 24 horas al día y se alarga hasta el último día de nuestra existencia (y quién sabe si más).

También crecí jugando mucho al baloncesto. Mucho.

Y ya en el instituto, con 16 años cumplidos, me enamoré y reconocí eso que llamo invisible, en relación al amor. Dentro de un autobús para volver del viaje de fin de curso de 3º de BUP, las leyes del magnetismo hicieron que me sentara junto a aquella chica, algo que no estaba previsto. Eramos amigos y coincidíamos mucho, pero yo había llegado a su vida de la mano de una de sus mejores amigas y bueno, existen códigos de amistad invisibles que hacían poco probable esa unión. Pero nuestra común amiga ya estaba saliendo con alguien y tras quedar en Madrid al día siguiente de volver, se creó entre nosotros un nexo invisible, que hizo que no nos separáramos hasta casi cinco años después. Todo aquel que se haya enamorado sabe de qué fuerza invisible hablo. Y en mi caso tuvo un doble premio, el obvio y maravilloso descubrimiento del amor y el menos obvio del acceso por vez primera a las realidades invisibles. Por vivir el amor en primera persona y porque aquella chica y su familia eran muy diferentes a mi y la mía, en lo que al trato con lo espiritual se refiere.

Esos años entre los 16 y los 20 fueron una época maravillosa, plena de energía, de claridad, de reconocimiento, de joder-de-esto-se-trataba-la-movida. Ella era inteligente, con unos marcados valores éticos, guapa, de negro pelo rizado, ojos verdes y las piernas más largas del instituto. Y además jugaba al baloncesto. Pero esto sólo era parte de su atractivo, para mí, lo más relevante era su, cómo diría, sólo me sale llamarlo madurez. Era capaz de transformar en palabras y hechos del mundo exterior, esos temas de los que yo nunca hablaba en mi casa. Y a mi me hizo crecer, comprender e integrar muchas cosas. El tiempo parecía no existir, las distancias no eran problema, me inicié en el sexo, y tuve una mejor amiga en quien confiaba más que en mi mismo. Los estudios me fueron bien, elegí mi carrera y continué con aquellas actividades con las que ya disfrutaba, como el baloncesto o la familia, pero de manera más consciente y deliberada. Y lo más importante, es con ella descubrí que también yo podía expresar mi interior, que lo podía compartir, e incluso corregir (su madre era psicoanalista). En su casa se hablaba de lo invisible de manera abierta, natural y cotidiana. Fue una etapa tremendamente liberadora.

Pero la vida es la vida y aquel amor acabó. Cada uno siguió su camino y eso me lleva al otro encuentro. Mi primera vez con la muerte.

Mi madre enfermó (oficialmente) en junio de 2014, de algo que parecía una intoxicación respiratoria por la inhalación de un insecticida. Pasó todo el verano con el ventolín en el bolsillo, ella que no tomaba ni una aspirina. Tras varias pruebas y diferentes pasos por urgencias debido a episodios de dificultad respiratoria, el 13 de octubre me llamó mi padre para que fuera a su casa. Me senté en el cuarto de estar y me dieron a leer el informe de un TAC de tórax con un muy mal diagnóstico. Tenía un tumor (adenocarcinoma, se llamaba) de 4,5cm en el pulmón derecho, en grado de desarrollo avanzado y metástasis en huesos y otros órganos vitales.

Con el paso de los años y ya de adulto, encontré la manera de hablar con mi madre de lo que me pasaba interiormente. Ella era buena escuchante y disfrutaba que le contáramos aspectos íntimos de nuestra vida. Entre sobremesas de domingo, visitas en verano a su casa en la sierra y algunos días de semana que venían a estar con mis hijas, encontramos una manera de avanzar en nuestra relación. Pero habitualmente yo era el emisor de la información y ella la receptora, y no conseguí que invirtiéramos esos roles. Su cara muchas veces reflejaba su estado, pero no lo transformó nunca en palabras, al menos conmigo. Todo lo contrario, se afanaba por ser dura, por no preocupar al resto, como cuando éramos pequeños, e imagino que internamente achacaba su malestar a la edad. Por otro lado, nunca había tenido nada grave y se solía sentir segura con su salud física, por lo que continuaba disfrutando de su vida como siempre lo había hecho. Pero no.

El viernes 7 de noviembre, tras la primera ronda de sesiones de radio, fuimos en el coche a ver a su médica. Estaba ya muy apagada y los resultados de la última análitica eran incompatibles con la vida. Sentada en el asiento del copiloto, con mi mano derecha agarrada a las suyas con fuerza y mientras circulábamos por la M30 hacia el sur, los dos estábamos pensando en lo mismo. Mis lentillas y mis gafas de sol a duras penas contenían las lágrimas y mi padre, que iba detrás en silencio, mostraba una cara de tremendo cabreo cada vez que le miraba por el retrovisor.

El camino de vuelta fue mucho más animado, como si de pronto hubiera salido el sol. Su médica es la mejor del mundo y el rato con ella le había dado de nuevo fuerzas suficientes para expresar en alto, – ¡qué bien lo que ha dicho Raquel, a la ida pensaba que no llegaba a las navidades! -.

Dos días después la llevamos al hospital La Milagrosa. Estuvo un rato en el box de urgencias y de ahí nos mandaron a una habitación en la quinta planta. Fue poco a poco llegando gente, como en una procesión de despedida. Estando todos allí, recién llegado mi hermano de ver a sus hijos, me acerqué a ella, ya inconsciente y le dije al oído que por nosotros podía dejar de sufrir en este lado, que podía ir tranquila, que estábamos todos bien. La besé y encaré la puerta de la habitación. Antes de llegar a salir escuché mi nombre y di media vuelta, cruzándome con mi padre que salía a buen paso. Miré a mi hermano y éste me hizo un gesto negando con la cabeza. No respiraba.

Murió el 9 de noviembre, 27 días después del diagnóstico y 2 después de ese trayecto en coche por la M30. Pero su muerte fue para mí una puerta abierta, magnífica y real al mundo de lo invisible y desde ese momento me he volcado en reconocerlo y contarlo a todo el que quiera estar, o leer, o escuchar. Cosa que hago muy a menudo. Mi padre sigue dando guerra en los bares del barrio y disfrutando de lo material y de lo exterior, que para eso está. Él siempre ha sido la persona más sensible de esta familia y desde que murió mi madre, conversamos mucho, siendo capaces contra todo pronóstico, de reconocer juntos aspectos esenciales invisibles, e incluso a veces, tratarlos abiertamente.

Y si mi padre puede, que dimitió de lo espiritual a los 14 años, cuando le echaron de aquel colegio donde le obligaban a ir a misa todos los días, no tengo ninguna duda de que todos podemos. Y que podemos sólo es consecuencia de que lo necesitamos, porque la realidad es completa cuando tenemos en cuenta lo invisible. Y los seres humanos estamos divinamente diseñados, con toda la dotación necesaria, para movernos por el mundo. Pero ese movimiento sólo cobra sentido cuando activamos la brújula interna, brújula que hay que reconocer, calibrar y escuchar. Y esto requiere parar y si es posible, cerrar los ojos cada día un rato, respirar y beber mucha agua.

Le estoy insistiendo a mi padre para que escriba sobre su vida, que los viejos sabios tienen muchas cosas que enseñarnos a los que venimos por detrás. Y más en tiempos de crisis. A ver si tenemos suerte y lo hace.

Feliz fin de la fase 0.

La contrahistoria

Empecé este blog en 2014 con un amigo, con la idea de escribir un post cada uno, como en una relación epistolar. Se llamaba El Contrafantasma y Buscasosiego. La cosa no cuajó, mi amigo debió de encontrar sosiego en alguna otra parte y en 2017 lo recuperé sólo, eliminando los posts antiguos (salvo uno) y acortando el título a El Contrafantasma. Casi todo aquel que sabe que yo escribo esto, en algún momento me ha preguntado el motivo del nombre. Yo cuento la historia de mi amigo y nuestras cartas, pero nunca el porqué de aquel personaje y de este blog.

Y el otro día en sesión me lo preguntó mi terapeuta. Cuando te pregunta tu terapeuta es difícil hacerse el (más) loco. No puedes sacar el móvil y mirar tus mensajes, ni cambiar de tema y hablar de la conspiración para el control social que se han montado las élites con el virus éste, ni tampoco salir corriendo con la excusa de la siguiente reunión. Así que le expuse el cuentito de mi amigo y la relación epistolar, enriqueciendo algunos detalles, mientras él ponía cara de vale-estás-hablando-en-círculos-como-pedrosánchez-pero-no-te-voy-a-insistir. Acabó la sesión y cerré Skype con la pregunta botando en mi cabeza. Es cierto que yo mismo no estaba seguro del porqué de ese nombre, hasta ayer que algo pasó durante el paseo de la tarde.

Era sábado 2 de mayo, aniversario del levantamiento contra los franceses y el día de un nuevo levantamiento, éste dividido en franjas por el BOE. Por la mañana deportistas o gente que empezó ayer mismo a hacer deporte, después nadie porque en este barrio no hay mayores de 70, luego multitud de niños con sus padres, carritos, patinetes y pelotas. A continuación otra vez nadie y a partir de las 8, de nuevo multitudes preparándose para los JJOO y por qué no decirlo, un ambiente festivo en las calles del barrio.

Sonaba “20 de abril (del 90)” a volumen notable en uno de los jardines de vecinos y eran cerca de las 9pm, se veía más gente que en el famoso cruce de Shibuya de Tokio, parejas y tríos cruzándose con runners, ciclistas, skaters, rollerbladers y dogwalkers. La sensación era una mezcla de la entrada del Madcool, coincidiendo con la llegada de la media maratón. Hordas de gente de buen rollo, ciudadanos asfixiados embutidos en arriesgados modelitos de Decathlon, sonrisas intuidas detrás de las mascarillas, energía positiva y por qué no decirlo, un gran respeto y conciencia por el prójimo. Y además era un estar por el simple hecho de estar, Personas disfrutando del presente, sin la expectativa de que lo siguiente en sus vidas fuera mejor, sin prisa por llegar a ver el partido de la tele y sin agobios por hacer la cena a los niños. Seres humanos disfrutando del momento.

Y por si todo esto no fuera suficientemente diferente, tampoco había vehículos circulando, ni patrocinadores anunciando, ni foodtrucks humeando, ni terrazas sirviendo, ni tiendas de conveniencia ofertando. Anoche había cero expectativas, cero emisiones, cero consumismo inútil, cero de toda la basura que tragamos cada día en la antigua normalidad. Eso sí, se espera hoy un ataque masivo de ácido láctico en los músculos de los deportistas confinados durante cuarenta y tantos días. Lógico.

Y mientras caminaba por ese ambiente festivo pensaba en lo del nombre del blog. El fantasma me representa porque fui evolucionando como fantasma desde los 6 hasta los 36, de forma absurda y meteórica. Fantasma hasta el extremo de dejar de ver mi realidad, de no reconocerme al pasar, de obviar mi esencia para fomentar mi presencia, y siempre en función de lo exterior, de lo otro, de los otros, de lo que yo pensaba que se esperaba de mí. El fantasma en que me convertí era especialista en atajos fáciles, en desaparecer si había conflicto, en no pelear. Daba lo mismo que fuera un examen, una relación, o montar un mueble de Ikea. Yo me escaqueaba como si no fuera conmigo, convencido de que yo era así… Pero la realidad es que andaba agotado de caminar sin dirección, sumido en un constante conflicto y peleado con la vida, con mi vida.

De mi batalla por dejar de ser aquello surgió el prefijo contra del título de este blog y anoche, caminando por la ciudad en este extraño momento histórico y escuchando a Celtas Cortos, reconocí un segundo y más importante motivo. Los fantasmas pertenecen al mundo de lo invisible.

Reconocer, normalizar y comentar acerca de lo invisible y su importancia en nuestras vidas es el motivo por el que escribo este blog. Y cuando digo lo invisible, me refiero a todo aquello que no se experimenta con los sentidos exteriores, pero que sentimos, que no pertenece al mundo de la materia, que sucede detrás de nuestra pantalla interior, pero que nos acompaña, nos conmueve, nos empuja, nos descoloca, nos incomoda, nos emociona… Todo eso que nos callamos porque no estamos seguros, lo que sabemos con certeza (divina), pero no ejecutamos por no molestar, lo que intuimos, lo que soñamos… Invisible es la mayor parte de la vida, invisible es el amor, el talento, la felicidad, los valores o el efecto del alcohol de una botella de Vega-Sicilia.
Y lo invisible no nos enseñan a reconocerlo, no es cool, no es mainstream, no está presente en las sucesivas leyes educativas y cada vez menos en las tradiciones familiares y en esta cultura nuestra en general. Lo que manda en la antigua normalidad, la que tenemos aún vigente, es aquello que se puede medir y pesar, aquello que se puede contar. Pero, ¿y si resulta que la nueva normalidad es vivir siendo consciente de que lo invisible también cuenta?.
Feliz domingo. Ánimo que las agujetas se quitan con más ejercicio.