Pequeñas cosas

Día 43.

No se si el virus ha habitado mis células. Si lo ha hecho, no se si puede volver a pasar por ellas. La semana del 9 de marzo tuve una diarrea extraordinaria, como no recordaba haber tenido en mi vida, pero respiratoriamente estuve bien y fiebre tampoco tuve. No se si el virus pasó por mi con aquellos efectos. Si lo hizo, no se si tengo anticuerpos suficientes para ser inmune. No se si los anticuerpos se miden en número, porcentaje, o miligramos por litro. No sé cómo puedo ser contagiado, ni cómo puedo contagiar a otro. Repito, no sé cómo ser contagiado, ni cómo puedo contagiar a otro. No se donde comprar mascarillas, ni si las mascarillas sirven para algo. Y si sirven, no se si lo hacen para no contagiar o para no ser contagiado. Las veces que he ido al supermercado no he lavado los productos al llegar a casa, ni he tirado las bolsas. No dejo mis zapatos fuera de casa, como hace mi vecina. Esa misma vecina, el día 2 del confinamiento, me dijo que esto iba para 45 días. Igual debería seguir su ejemplo y dejar los zapatos en la puerta, porque mucho no se ha equivocado en ese dato. Me lavo las manos al llegar de sacar a la perra, pero esto ya lo hacía antes. El martes el ascensor paró en el segundo y otra vecina me miró detrás de su mascarilla. Yo le dije que por mi podía pasar. Y por ella también, porque bajamos juntos con cierta emoción de rebeldía heroica. No se si siendo inmune podría contagiar a un tercero. No se porqué se llama cuarentena si dura más de cuarenta días. Mis hijas me dicen que tenga cuidado porque soy grupo de riesgo por diabético y ayer me entró un poco de miedo después de estar con ellas. Hoy ya se me ha pasado. El miedo es malo porque genera ácido láctico y la acidez es negativa para el organismo. Eso sí lo sé.

Y también sé que hoy está disponible el tercer episodio de The Last Dance. 

Vamos a por la semana.

 

Lo invisible

En todas las acepciones de la palabra espíritu encontramos una coincidencia, y es que ese término siempre alude a algo invisible. Espíritu viene del latín spirare, soplar y a su vez se asocia a la raíz indoeuropea (s)peis, también soplar, y que seguramente es onomatopeya del sonido que hacemos al respirar. Así que espíritu está muy relacionado con respirar y por tanto con el aire, que también es invisible, El aire no se ve pero tiene efectos, dicen que los muertos son como las aspas de un ventilador en movimiento, que son invisibles porque se mueven en otra frecuencia. Pero dejemos a los muertos y hagamos otra analogía, en este caso con el alcohol, que estamos en España, y en concreto con el de las bebidas llamadas espirituosas, cuyo alcohol no se ve, pero que tiene efectos muy notables si te pasas con las copas. A ver si nos abren los bares pronto.

El aire se respira y respirar tiene dos actos, inspirar y expirar. Inspirar (estar inspirado) tiene que ver con la creatividad y la creatividad relación con la creación, y el estado creativo con la ausencia de estrés por sobrevivir, que es lo que nos pasaba como sociedad antes del confinamiento, y un poco también ahora, pero por diferentes motivos (como escuchar a políticos). Estar en estado creativo es estar, sin importar el cuerpo, el tiempo y el espacio, y por eso pasa todo tan rápido cuando estamos inspirados con algo. Ese algo puede ser cocinar bizcochos, limpiar la casa, hacer tábata con tu pareja, leer a Alejandro Dumas, escribir un diario, hacer excel con los nuevos escenarios catastróficos, hablar con tu vecino del balcón de enfrente, hacer ganchillo, o jugar a la Brisca, o al Minecraft. Y crear es sin duda cosa de genios, de humanos acercándose a lo divino. Y lo divino (ay lo divino…), es lo que cada uno es en esencia y sobre todo, en ausencia. En ausencia de presión familiar, social, educativa, laboral, marital, fiscal y horaria. Lo que pasa es que esta divinidad que somos cada uno, solo se hace visible si tu genio tiene que ver con algo público, osea ser artista, futbolista, político o empresario… y además de éxito. Bueno, menos político, que puedes ser muy malo y de muy poco éxito y seguir pintando la mona. Cualquier otra dotación pasa desapercibida para muchos, para casi todos. Pero no debe de pasar desapercibida para ti. Y siento que estos meses están haciendo visibles a muchos genios, a mucho ser creativo, divino. Si además somos disciplinados y persistentes, esta genialidad va a cambiar las prioridades del sistema para hacerlo más espiritual. Vamos a cambiar para tener una imagen completa del mundo. Vamos a cambiar el mundo.

Y es que hoy es domingo y mucha culpa de la mala evolución de lo espiritual la tienen las confesiones religiosas. Las confesiones y el materialismo, para ser justo. Las confesiones y no la Religión, que significa re-ligar, volver a unir al individuo con lo divino en él. Las confesiones han tratado mal a lo invisible desde siempre, desde que se convirtieron en poderosas y luego en negocio. Las confesiones no han conseguido explicar ni transmitir la experiencia divina, y en esas llegó el materialismo y se las llevó por delante. Primero el capitalismo y luego el comunismo.

Y es que capitalismo y comunismo se basan en una imagen del mundo incompleta, exclusivamente materialista. No contemplan las realidades invisibles, las del espíritu, las del aire. No permiten que seamos imagen y semejanza de Dios, no dejan que uno sienta, piense, tenga conciencia, sueñe y en última instancia, sea divino. Porque Dios es Amor, ya lo dice la canción aquella de misa. Y el amor tampoco se ve, pero ¿quién dice que no existe, o que no es importante?. Y sí, el amor, además, mueve montañas.

La sombra existe porque hay luz. En el mundo exterior, el de la materia, es sencillo encontrar las sombras, solo hay que pararse y mirar. En nuestro interior es más difícil, porque lo que alumbra no es el sol, es el arquetipo, lo divino, el amor. Usemos ese foco para alumbrar lo que pasa por dentro y luego salgamos a la calle con nuestros hijos, por un kilómetro y una hora. O lo que el interior de cada uno diga.

Feliz domingo. Viva lo invisible.

Es tiempo de sabios

Si fuera ágil editando video haría una pieza con la canción de Lou Reed “There is no time”, subtitulando en grande la letra de la misma, sobre imágenes de nuestros políticos durante esta crisis. Sobre todo del presidente, que para eso es el número uno y que siempre tuvo muchas ganas de ser presidente, sin esperar que serlo supondría momentos como este. Pero también saldrían el vicepresidente y vicepresidentas, ministras y ministros. el llamado líder de la oposición y los que son la oposición de la oposición, que también complican el tema.

Las tres primeras estrofas de la letra de Lou dicen así.

This is no time for Celebration
this is no time for Shaking Heads
This is no time for Backslapping
this is no time for Marching Bands

Esta es la única parte en que parece que hay consenso. Estoy seguro de que los políticos están muy tocados, como lo estamos todos. No hay nada que celebrar, no se pueden dar apretones de manos porque se contagia el virus, ni palmaditas en la espalda porque hay que estar a un metro y medio, y mucho menos largar a las calles con bandas de música, salvo esa de la policía municipal que toca en IFEMA homenajeando a los sanitarios, y el recurrente Resistiré, que parece ya tan lejano como su versión original. Pero tengo serias dudas acerca de si dentro de cada partido, en sus reuniones de Teams, en sus chats de Whatsapp, en sus reportes semanales de su situación, no celebran cosas como ese tuit que le ha dado en los morros al oponente, ese trending topic del bulo que lanzamos, la repercusión de la cortina de humo, encarnada por la intervención de la segunda de abordo… Tengo serias dudas de eso, repito.

Y sigue la canción.

This is no time for Optimism
this is no time for Endless Thought
This is no time for my country Right or Wrong
remember what that brought

Optimistas están todos en la oposición porque ven una oportunidad única para rascar votos (si no es eso, no se entiende que no apoyen al gobierno). Pensamientos sin fin los del presidente, al menos por lo que transmite cuando sale a hablar a los ciudadanos, donde parece un guiñol locutando la nada misma, desde hace un mes y pico. Y luego en general, políticos, no es momento de apuntar si nuestro país (nuestro gobierno) está acertado o no, es el momento de arrimar el hombro y proponer soluciones allí donde se necesitan. ¿O no nos acordamos de lo que trajo esa división?.

Y más de Lou.

This is no time for Congratulations
this is no time to Turn Your Back
This is no time for Circumlocution
this is no time for Learned Speech

Sí creo que es tiempo de felicitaciones, pero para nosotros ciudadanos, por aguantar este espectáculo estando arrestados y asumiendo que esto es necesario para aliviar el problema. Felicitaciones por el aguante, por bancar como dice Nelson desde Buenos Aires, cuando hablamos los domingos. Porque en estos momentos nadie está volviendo la espalda a los que mueren y sufren, ni tampoco a los vecinos de los que ahora sabemos que tienen nombre. Tampoco a los que trabajan para cuidarnos, ni a los que lo hacen para continuar con sus negocios. Estar en casa hoy es una heroicidad, ya sea por exceso de compañía, o por la soledad más absoluta. Así que felicitémonos por el logro.

Y las dos últimas frases de esta estrofa hablan de Sánchez. Es un maestro de hablar en círculos y con un discurso aprendido. Y reconozco que es muy cansado y desalentador que sea así, porque esta situación requeriría de un líder sabio, pero no es el caso. El presidente ya era así antes, no nos debe sorprender y con todo, yo estoy con él en este momento y no espero nada diferente.

Y es que hoy más que nunca es tiempo de sabios y no tenemos sabios al mando.

Ser sabio tiene que ver con los años (edad), con un desarrollo personal limpio de mugre (equilibrio), con haber sido autor en el pasado de cosas que están sucediendo en el presente (autoridad), con los potenciales de cada uno (dotación). y con los conocimientos adquiridos (formación) a lo largo de una vida. Y díganme quién de los que salen en los medios estos días cumplen con esto. En España los tenemos, pero no se presentan a las elecciones.

Buen domingo.

El miedo y la Resistencia

Me siento cada día a meditar en la silla del cuarto de invitados, habitación que hace ahora de vestidor, con la cama llena de ropa limpia y que tras lavar y secar, vuelvo a utilizar obviando los pasos de la plancha y el armario. Enciendo la minicadena (perdón por usar términos del siglo pasado) que recuperé del trastero hace un mes, me coloco los auriculares (la calle está vacía, pero los vecinos de arriba son siete hermanos), y la voz del locutor me guía por este viaje hacia el interior.

La teoría dice que la reacción normal de los principiantes de la meditación es que te pique la cara, que quieras abrir los ojos, que te moleste la postura y sobre todo que la cabeza se te vaya todo el tiempo a otra cosa. Esa teoría explica que cuando paras el cuerpo y la mente, ellos, muy acostumbrados al movimiento, se rebelan y tratan de seguir funcionando en ondas beta (vinculadas al estado de superviviencia), que es lo que les hemos enseñado desde pequeños.

El método que sigo me pide elija una emoción que de siempre me haya generado malestar y que se traduzca en pensamientos, sensaciones y comportamientos reconocibles en lo cotidiano. Y yo he elegido el miedo. Si, tengo miedo a cosas, algunas muy prosaicas, como mirar la nota de un examen en tiempos de la facultad, o los resultados de un análisis de sangre, a ver (porque saber, lo se de sobra) el saldo de mi cuenta en un cajero, o a llegar tarde al colegio de las niñas… También a que no me sirvan los pantalones cortos del verano anterior, o a que mi nivel de glucosa de la mañana no esté en rango. Y esos miedos provocan patrones de comportamiento que no me agradan; escaqueo, impostura, silencio, presunción, mentira…

La última parte de la locución me pide que me familiarice con esos patrones para reconocerlos y que, cada vez que surjan, (me) haga una señal. Y por último me dice que los sustituya por otros positivos. Y la ciencia explica que el proceso de meditación facilita esa corrección directamente donde se fijan los comportamientos automáticos (cerebelo), saltándose el neocórtex y pudiendo entonces cambiar de una manera más efectiva.

Y no tengo aún perspectiva para saber si está resultando, pero ayer me vino una sensación nueva vinculada al miedo. Durante estos días de encierro he dejado de sentir miedo por mi, por mis pequeños dramas cotidianos, mi bienestar, mi salud y mi estado individual en general y he empezado a sentir una honda preocupación por la especie, por todos. Y no desde un punto de vista teórico, analítico, ideológico. No, es algo menos reconocible por mi, es una sensación de que en este envite nos estamos jugando algo de verdad. Y ese algo no es si este partido o el otro va a ganar las próximas elecciones, o si vamos a tener trabajo o no cuando acabe esto, o cuánto va a durar la recesión. Aquí nos estamos jugando algo más profundo, vinculado a un cambio de era, de sistema, de realidad.

Lo que estamos viviendo no tiene pasado, no tenemos manera de asociar una emoción adecuada a una experiencia como esta, por eso nuestras mentes andan perdidas. Nunca nadie había estado aquí, ni ciudadanos, ni mandatarios, ni periodistas, nadie. Confinamiento (arresto domiciliario) de 8 billones de personas, centenares de miles de muertos, desconcierto de las autoridades políticas y científicas, alarma por la crisis económica que viene, despelote mediático por la ausencia de certezas, la cantidad de opinadores con cuenta de Twitter que llevan un epidemiólogo dentro y la más crítica aún presencia de tecnologías dirigidas para tratar de desinformar. Que todo esto va a generar un cambio está claro, es un hecho, ya está pasando. Pero que ese cambio sea para bien, como muchos creemos que podría suceder, no es tan obvio. Y no por falta de voluntad, sino por el miedo.

El miedo a infectarnos de algo que no sabemos qué es ni cómo se contagia, nos hace acatar normas que ni los que las dictan saben si son efectivas. Ellos, los que las decretan, están más acojonados aún, por ser los responsables de (hasta hoy) 18.000 muertes, pero sobre todo por la posibilidad de perder las próximas elecciones, por perder su posición de poder (y ahí incluyo a todos los políticos, porque los que no gobiernan también salen mucho en la TV, y eso es poder en nuestras sociedades). Es posible que los políticos (perdón por la injusticia de generalizar) sean todos tan idiotas como aparentan, pero yo creo que no, que son sólo una muestra representativa de lo que somos. Vivimos desde hace décadas volcados en lo exterior y en la responsabilidad compartida y hemos perdido el pulso a nuestro interior, a creer en lo que nos dice nuestra brújula, la de cada uno y a responsabilizarnos de ello hasta las últimas consecuencias. Todo el mundo que se mueva en el mundo, sabe que son muy pocos los individuos que de verdad se guían por su interior y que además tienen autonomía suficiente para tomar decisiones. Para un presidente del Gobierno, la autoridad sanitaria es la OMS, para un presidente de una gran corporación son la OMS y McKnsey. El tema es que nadie sabe quién está detrás de la OMS y de Mckinsey (me pregunto si serán los mismos).

Y en este momento el exterior está como está y si nos basamos sólo en eso, van a pasar dos cosas: validación  de todo y como consecuencia cambio de paradigma (a peor). Vamos a “validar” cualquier cosa, encierro domiciliario, limitación del número de personas en una reunión y tiempo de las mismas, segmentación de ciudadanos según su estado “vírico”, vacunación obligatoria para este virus (y los que vengan), pasaporte biológico, control de fronteras, control tecnológico, cierre de bares, etc, etc, etc…. Y eso lleva a lo segundo, un cambio de paradigma del que no soy capaz de extraer conclusiones concretas, pero no parecen nada buenas.

Y solo se me ocurre que montemos la Resistencia. Pero no la exterior, que también es necesaria y debe de ir en paralelo, sino la resistencia de cada uno, la de nuestro cuarto, la barricada para evitar salir corriendo de esa meditación tan necesaria que nos conecte con nuestro interior y nos saque de este estado de supervivencia en el que ya vivíamos, sin necesidad de estar oficialmente en estado de alarma. Porque si nos conectamos con eso, nos conectamos con algo muy grande, donde estamos todos y donde desaparece el miedo.

Recuperamos la brújula para dirigirnos correctamente, hagámonos más caso a nosotros.

 

 

Esa voz

He perdido la cuenta de los días de encierro, he dejado de escuchar y leer las noticias, sólo los podcasts de la NPR y Twitter resisten, este último por si alguien ofrece algo gracioso. Por teléfono sólo llama mi padre a diario y hasta los paseos con la perra se han recortado, harto de esquivar coches patrulla. Acepto que el momento que nos ha tocado es el que Es, y con la rodilla hincada y en ausencia de ruido exterior, me recreo escuchando mucho más a esa voz.

La voz que me decía a los 10 años que con 5 dioptrías de hipermetropía, ir con gafas era un problema (estético y funcional), que era increíble que el entrenador no me sacara tres cuartos en cada partido de minibasket, que odiar a aquel otro por dejarme en el equipo B en juveniles estaba justificado, que no me esforzaba lo suficiente en el instituto, que estudiar Sociología no servía para nada, que tratara de seducir a aquella chica que acababa de conocer, que mejor si cambiaba de trabajo porque en el nuevo se ganaba más, que cuidado con engordar que uno se ve feo, que lo bueno estaba siempre por venir, que ni intentara hacer las pruebas para entrar en aquel master, que aunque lo consiguiera no lo podría pagar, que pasara de mi colega que era un imbécil, que aquella tía tan atractiva era inaccesible, que hiciera como si no tuviera que depender de un medidor de glucosa desde los 22 años, que claramente era de loser, que mi jefa no sabía hacer la “o” con un canuto, que ningún jefe en realidad sabía hacerla, que no fuera al médico que me iba a echar la bronca por no cuidarme, que lo malo me pasaba por ser un inconstante, que había que ser responsable porque me había comprometido con otros, que comprometerme conmigo era cero importante, que seguro que no me volvería a enamorar como la primera vez. Y que todo, absolutamente todo lo anterior, no era un problema porque yo (YO), lo sabría manejar. Y que estuviera tranquilo, me decía, que si nadie se daba cuenta de que sufría, era como si no existiera el sufrimiento…

Y no lo supe manejar, y sufrí, y tuve heridas, y esas heridas hoy son cicatrices, algunas muy profundas. algunas muy visibles. Pero, ¿quién no tiene unas cuantas cicatrices?, me dice esa voz. Y la jodida de ella, la voz, me insiste en que no las muestre, que yo (YO), de perder nada, que sólo empatar o ganar.

Pero como ahora tengo tiempo, debato mucho más con la voz y me atrevo a llevarle la contraria. No tengo la excusa de salir corriendo a la siguiente reunión, ni de ir a buscar a las niñas, ni de quedar a tomar unas cervezas, ni de hacer la siguiente propuesta, ni de ver esa serie que tengo pendiente. Ahora, la voz y yo nos sentamos cara a cara. Y eso me ayuda. ¿Autoayuda?.

Ayer escuchaba una entrevista con Joseph Goldstein, uno de los introductores del Budismo en el mundo occidental. Decía, hablando del gran desarrollo en nuestro mundo de la industria de la autoayuda (SELF-HELP), que no existe tal cosa y que esa construcción de palabras en realidad es un oximorón. Que la mayoría de nuestras tribulaciones precisamente vienen del self (YO), que nos empuja, siempre en relación con lo exterior, vinculado a un espacio y tiempo concretos, a vivir en una infinita carrera hacia lo próximo, con la gran decepción de que cuando llegas, no era para tanto y hay que empezar a correr de nuevo: la próxima venta, el próximo finde, el próximo proyecto super estratégico, el próximo quarter, las próximas vacaciones, la próxima relación, la próxima serie de moda.

Goldstein dice que la ayuda de verdad, la que te sirve a ti como individuo y al colectivo en general, llega cuando dejas de pensar en el yo personal, y pasas a pensar/sentir el yo colectivo. Que hay que dejar de ser “alguien” para ayudarse. Hay que tratar de ser más “nadie”.

Yo (YO) he hecho caso a esa voz mucho tiempo, aún a ratos le rindo pleitesía porque una de cada diez veces las cosas son como dice ella. No así en las otras nueve, pero ella siempre tiene una explicación. Ella es especialista en guión, lleva toda la vida argumentando, achuchando, juzgando, proponiendo, justificando y sobre todo aprovechándose de que vamos corriendo de un lado a otro, de un año a otro, de una vida a otra, ¿o no hay más vida que ésta?.

Hoy, encerrado aquí, esa voz está dando menos por culo, seguramente porque no puede argumentar nada en relación con el exterior, donde reconozco muy bien mi yo (YO), ese “alguien” que me he construido a base de heridas y cicatrices.

Y estoy aprovechando para ser más “nadie”, salvo en el Contrafantasma, que trato de ser muy yo, en minúsculas.

Feliz viernes santo.

Optimista

Se me está haciendo largo el confinamiento.

Es difícil no sonar repetitivo, vacío, o sospechoso. Es sencillo opinar desde casa, con la fibra óptica a todo trapo y el dedo en el gatillo del teclado un buen número de horas al dia. A riesgo de todo eso, digo.

Yo soy optimista.

El ser humano tiene cuatro anhelos; la belleza (las cosas bonitas), la salud (la nuestra y la del entorno), la verdad (que tiene que ver con la honestidad y la integridad) y la sencillez (aquello que es no es retorcido). Ayer hice un listado de cosas de mi vida relacionadas con estos cuatro conceptos, con la idea de reconocer en qué se hacen tangibles. Este es el resultado.

Belleza.

Los ojos de Berta, la puesta de sol en Madrid, la espuma de una cerveza bien servida, la poesía de Rafael Soler, el entusiasmo de mi padre cuando cuenta una de sus historias a un nuevo interlocutor, la cara del interlocutor flipando con la propia historia, las sonrisas de mi perra cuando salgo al salón cada mañana, como si llevara meses fuera de casa, mi prima haciendo comida para el abuelo, los mensajes de Luis el de la Raqueta, la generosidad y calidad de Turquesa Pezón, que regresa para hacer el aguante, las reuniones de trabajo ahora siempre puntuales, el conversar de manera ordenada y no interrumpir al otro cuando habla (porque en Zoom se hace muy complicado), lo bonitas que están las plantas de casa ahora que tienen cuidado diario.

Salud.

Los números dicen que a nivel colectivo estamos en el peor momento en décadas, sensación que crece si además ponemos la televisión. Con todo, me quedo con lo bien que estoy comiendo, con el ejercicio obligado, con medir mis niveles de glucosa y corregir cuando es necesario, con no anticipar futuros catastróficos, porque el mundo es hoy, con las sesiones online con Paco, con el interés sincero de los afines por saber tu estado, con el humor (que viene del latín humoris y significa fluido, líquido), que llega por Whatsapp y que demuestra que nuestro interior está muy vivo y fluye, indicador que me dice que no está todo perdido, ni mucho menos.

Verdad.

La verdad es la de cada uno, porque cada uno de nosotros somos divinos y si quitas la mugre y limpias, lo que aflora de cada individuo es lo que Es, y en eso hay que confiar. Y esto solo se puede comprobar hacia dentro y de manera individual. Tiene mucho que ver con la integridad. Y ser íntegro no es más (ni menos), que encarnar lo que eres y no engañarte a ti, ni al colectivo. Mis verdades más frecuentes estos días son que lo que más añoro, no se paga con dinero, que lo que más agradezco, lo tenía delante cada día, que lo que más me costaba hacer, era porque no iba conmigo, que el chándal me sigue encantando, que no ducharse un día no es pecado, que caminar es una bendición, que hablar por teléfono es agotador, que este sistema de vida que nos hemos montado es una reverenda mierda, que tenía que explotarnos en la cara porque ya había explotado, que esto es el primer evento de una serie de ellos que van a llegar, que la única manera de remontar es siendo más humano y que ser más humano es tener más contacto con la naturaleza, no abusar de lo material, reconocer lo invisible como parte fundamental de la realidad, no dejarte llevar demasiado por la opinión pública y hacer más caso a tus sensaciones y tus intuiciones, no condenar, pero no dejar de juzgar, dar la mano sin guantes, dejar de correr hacia todos los lados, meditar un ratito, o escribir un ratito, o callar un ratito, o escuchar al abuelo un ratito.

Sencillez.

Lo sencillo es lo que no tiene dobleces, lo que no es retorcido, lo que carece de intermediarios que consiguen que se pierda la esencia. Lo sencillo es beber cuando tienes sed y comer cuando tienes hambre, preguntar cuando quieres saber y marchar cuando tienes sueño. Lo sencillo es querer que te entiendan y no hablar en círculos. Y hoy, en casa, con los más cercanos, es un momento maravilloso para quitarse todo lo artificial de encima y ser, sencillamente, lo que cada uno es.

Así que pasen un sábado bonito, sano, verdadero y sencillo.