El liderazgo en tiempos de Twitter

Vivimos en la época de los followers. La unidad de medida del mundo desde que existe lo digital y más en concreto las redes sociales, es el 👍🏻 (like). Se valora el éxito por el número de personas que te siguen, o por el click rate de tus posts, ya sean textitos, imágenes o vídeos. Pero, si hay tantos followers, si todos somos followers ¿quiénes son los líderes? y lo más importante, ¿dónde están ahora que hacen falta?.

Era el final del lunes 30 de marzo, un día frío y con poca luz que no animaba nada a ser optimista y que encadenaba dos semanas largas de encierro, con otras dos (mínimo) que nos quedan por delante. Mi podcast del día era una entrevista con Max Brooks realizada hace una semana. Max es hijo de Mel Brooks y Anne Bancroft, y sobre todo es actor, autor y profesor de Disaster Planning for Crisis, en el US Naval War College de Rhode Island y en el Modern War Institute de West Point. Y por si eso no fuera suficiente CV, entre las obras de ficción que ha escrito se encuentra Guerra Mundial Z, que recrea una situación similar a la que vivimos, con la salvedad de que en la suya si te contagias del virus te conviertes en zombie y te dan ganas de morder al resto del personal. En la conocida versión cinematográfica aparece Brad Pitt interpretando a Gerry Lane, antiguo trabajador de la ONU, reclutado de vuelta para ayudar a solucionar la crisis y que, no sin esfuerzo y tras miles de bajas, consigue liderar al mundo hacia la cura definitiva. El camino del héroe de la literatura clásica.

Y mientras escuchaba hablar a Brooks de que se puede preparar a un país para una crisis de este tipo, me iba calentando pensando en el liderazgo en tiempos de Twitter. Hoy, dependiendo del sector de la sociedad al que miremos, los líderes son Zuckerberg, Bezos y Page&Brin, o Beyoncé, Rosalía y Bad Bunny, o Messi, Lebron y Serena Williams. Y me temo que ninguno de ellos están llamados a liderar en esta crisis y además a ellos no les pagamos ni votamos para hacerlo. Está claro que el liderazgo del 👍🏻 (like), no es el que funciona para esta tarea.

Y es que etimológicamente líder viene del inglés antiguo laedan y significa ir delante guiando al resto. Llevamos décadas escuchando a los gurús del management describir las cualidades del buen líder y a prominentes consultoras y escuelas de negocios vender carísimos programas de formación en liderazgo. Y con todo este desarrollo teórico en la materia, llega el momento en el que se necesita uno (o varios), que vayan por delante guiando al resto y resulta que nadie aparece.

El orden mundial y toda sociedad se rige por tres poderes: la política, la ciencia y economía, y el liderazgo en esos ámbitos en España es justito. De política mejor no hablar. Sánchez, iglesias, Casado y el resto de políticos se retratan solos, no merece la pena gastar ni un minuto más en el análisis. Luego están los científicos, cuya cabeza visible hoy es el Dr. Simón (ahora infectado), que tiene un aspecto de notable solvencia, pero que está en un lugar (la comunicación diaria) que no le corresponde. Seguido de los médicos, enfermeros e investigadores, que están liderando con el ejemplo, pero no dan abasto y no pueden sacar la cabeza para guiar a nadie más que a sus pacientes. Y luego está la economía, que en nuestro tiempo es el mundo de la empresa privada, que si bien está colaborando y se ven notables ejemplos de aportar y arrimar el hombro, tampoco son capaces de nada de más en este momento de zozobra.

Así que yo echo de menos a los Gerry Lane de nuestra distopía. Alguien humanista, riguroso, honesto, directo, con arrojo suficiente y guiado por la Ética, que sea capaz de liderar a un equipo de sabios, que seguro que los hay en España y haga de puente entre lo que está pasando y nosotros los ciudadanos. Alguien con Autoridad, en definitiva.

Porque la Autoridad tiene que ver con haber sido autor de algo, con haber hecho algo similar antes, que te confiera el conocimiento y la experiencia para volver a afrontarlo. Y  las autoridades que tenemos no son eso, no tienen esa Autoridad. Ni de lejos. Ganar las primarias del PSOE a Susana Díaz, o las de PP a Soraya, son experiencias muy poco relevantes es un momento como este.

Confiemos en que el liderazgo se autogestione y surjan esas figuras que sean un referente de verdad y no unos simples cazadores furtivos de👍🏻 (likes).

E Iván Redondo no sale mucho en los papeles últimamente.

 

Motivos invisibles

Eric Nuzum, productor de radio norteamericano y gurú del podcast, dice en su libro Make Noise que un podcast no es simplemente un contenido (no le gusta nada esta palabra) sonoro, y que tampoco es lo que conocemos como la radio. Y explica la diferencia con dos motivos: el primero es que en el podcast el usuario elige deliberadamente lo que quiere escuchar y el momento de hacerlo. Y el segundo que el podcast se escucha (normalmente) con auriculares. Ambas características muy de la época en la que estamos.

Llevo 16 días escuchando podcasts de manera compulsiva y en mi caso sólo hay un motivo: no quiero ver ni escuchar a los medios hablar del virus. Y menos aún a los políticos que los medios tienen la obligación de amplificar. Y digo los medios. pero incluyo a los particulares que citan a esos medios en sus cuentas de Twitter, como arma en contra del “otro”. ¿Quién será el “otro” en una situación como esta?.

Es domingo y hace un día espectacular, apenas hay contaminación y la naturaleza está tomando nuestras calles con motivo; está enfadada con nosotros, nos da una lección de lo que sucede cuando no estamos tan presentes, cuando somos respetuosos con ella y nos dedicamos a cuidarla. Ayer los conejos se acercaban más que nunca y el silencio era tal, que si te fijabas mucho se escuchaba el despliegue de las flores en busca del sol.

He tenido un par de días jodidos, sobre todo el viernes. Motivos no faltan, pero hay dos cosas que me agarran y salvan antes de caer. La primera la gente: mis niñas, los del grupo de chat de EGB, las reuniones de trabajo virtuales, (algunos de) la familia, los de clase de psicología, los amigos que te llaman, los vecinos de arriba que no conozco, Victor el conserje de la comunidad… Y la otra cosa que acude al rescate es lo invisible, esa parte de la realidad que no sale en ninguna pantalla salvo la interna, la que está de tu frente hacia dentro, que sólo ves tú, que recorre todo tu ser y tiene una profundidad increíble. Ahí están los sueños de cada noche, la creatividad para completar estos días de poca acción exterior, las emociones por los aplausos, la compasión por los que están sufriendo, la inteligencia para coordinar a los niños, para explicar a los adolescentes. los recuerdos de cuando podíamos ir a los bares, los planes de futuro, esos que no van a necesitar ser buscados en internet, ni viajar muy lejos para ser completados. Y sobre todo el amor, el amor, el amor (click al link para seguir leyendo).

Esa pantalla interna de cada uno está recibiendo mucha audiencia estos días y la pantalla interna global lo agradece. Esto está haciendo bien al cosmos, a todos nosotros, porque estamos unidos por lo invisible y cuando conectamos con eso, aunque no nos hayan explicado nunca cómo se hace, tiene un maravilloso efecto. Estos podcasts internos muchas veces no los sabemos interpretar, nos raspan un poco y nos los queremos quitar de encima. Pero el simple hecho de sentarse solo en el balcón interno a contemplar (palabra que viene del latín _cum, que significa acción conjunta y _templum, que significa lugar sagrado para ver el cielo), lo que está pasando, ya hace mucho bien al colectivo.

Así que aprovechemos el sol y vayamos a la ventana a ver la ausencia de gente en las calles, a la cocina a tomar el primer café del día, a la sobremesa con lo que queda del vino de la comida. o a la cama al acostarnos, y contemplemos juntos la pantalla interior y nuestros contenidos, que son los de todos. Y confiemos.

Love changes everything, como canta Sting.

Este runrun y la luz que hay al final del túnel

(Estas dos historias no son del Contrafantasma, o sí, qué importa. El 10 de marzo cumplía 11 años mi hija pequeña y era su último día de colegio antes del confinamiento. La primera historia la escribí el día de su 5º cumpleaños. La segunda es de hoy).
Ese runrun

10 de marzo de 2014

Mi vida no le sonará ajena a casi nadie. Trabajo en una oficina, me reúno, presento proyectos, acudo a eventos, pago mis facturas, quedo con amigos a veces, participo en algunos grupos de whatsapp, salgo a cenar de manera esporádica, almuerzo siempre fuera, llevo a mis hijas al colegio, consumo tiempo y energía en el coche, me quejo de la falta de dinero y de tiempo, compro cosas que no necesito, tiro alimentos porque me caducan en la nevera, llamo a mis padres cada dos o tres días, les veo cuando las niñas se quedan conmigo. Y siempre cada día, desde hace años y sin herramientas para pararlo, tengo un runrun aquí arriba (mano en la cabeza) y sobre todo aquí abajo (mano en el estómago), que me indica que no es la manera correcta de estar, de Ser.

Pero claro, ¿cómo bajar con la locomotora en marcha y en mitad de un túnel?

Fin

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La luz que hay al final de túnel

25 de marzo de 2020

En aquel momento me acababa de separar y estaba transitando por la crisis de los 40, que tampoco le sonará ajena a nadie. Y así, con aquel runrun interno muy presente, continué mi camino de búsqueda (de mi arquetipo) que aún hoy sigo transitando. Comencé actividades que nunca había realizado, me apunté a cualquier bombardeo, acudí a charlas sobre terapias sanadoras, empecé a cuidar mejor mi diabetes, leí sobre el ser humano, sobre la propia crisis de la mitad de la vida, me hice la carta astral, participé de algunos retiros… Pero no fue hasta que tropecé con la muerte y reconocí la realidad completa, que supe que había luz al final del túnel. Aunque aún no la viera.

A finales de ese año 2014 muriò mi madre de un tumor en el pulmón derecho. De nuevo la ausencia de aire como causa de la muerte. Lo recuerdo muy parecido a las historias que circulan hoy relativas a este virus, por la rapidez con la que sucedió y por tratarse de una persona de 67 años en aquel momento. Durante 17 días la trató una doctora maravillosa (en esto también se parece a lo que está pasando hoy), con la que me encantaría comentar lo de este virus. Y fue ella quien me puso delante lo invisible, lo que sucede fuera del mundo de los sentidos exteriores.

Y no es necesario que nadie muera para comprobar que hay realidades invisibles con notables efectos en nuestras vidas. Basta con parar y hacer caso a lo que dice tu runrun aquí abajo (mano en el estómago).

A mi me ha costado siempre mucho parar, cómo bajarme de la locomotora en marcha y encima dentro de un túnel. Esta es la excusa que más peso ha tenido en mi, la que mejor me servía de justificación y la que más me he encontrado en amigos, compañeros de viaje o familiares a lo largo de estos años. Amigos a los que les pasaba lo mismo, que en seguida empatizaban conmigo porque lo vivían en primera persona, pero que al mismo tiempo entendían perfecto que era “imposible parar” con el tren en marcha. Mal de muchos…

Pues queridos todos, yo el primero, el tren se ha parado, nos lo ha parado el virus de manera abrupta. Mal de todos, en este caso… Y si bien estamos en mitad del túnel, nos está dando la oportunidad de poner la mano aquí abajo, para después retomar el sentido de la marcha, de la vida, según lo que cada uno somos.

Estos 14 días salgo a la calle más que la media porque tengo perra, puedo trabajar desde casa sin grandes problemas y dispongo de mucho tiempo para mi. Leo más, no me apetece ver series y disfruto de al menos un podcast al día. Quizá mi hábito de ver series tenía que ver con no pensar demasiado en el día siguiente. Me levanto pronto y me acuesto igual de pronto, con ganas de dormir. Duermo muy bien y seguido, salvo cuando tengo una hipoglucemia, que alguna inteligencia superior hace que me despierte sin sueño para beber algo con azúcar. He ahorrado gasolina, he activado un virtuoso círculo de consumo en mi nevera, donde casi todo lo que entra se aprovecha, he comenzado a hacer ejercicio de manera ordenada, hablo cada día con mi padre (casi siempre porque es él quien me llama, cosa que celebro), como y ceno en casa (obvio), he reducido la ingesta de alcohol y para ser sincero lo único que echo de menos de verdad, son los besos.

Sigo haciendo terapia gracias a la tecnología, porque vienen curvas a cada tanto, que la vida es así de jodida. Y lo más importante en este momento, tengo tiempo de sobra y excusa ninguna para parar y así identificar hacia donde vibra el runrun de aquí abajo (mano en la tripa), y confiar plenamente en que ese el es sentido (mano aquí arriba), que me guía hacia el final de este túnel.

Que sí, que está negro de cojones, pero que aunque sea muy tenue, se atisba una luz allí en la lejanía. Confiemos.

Esto es para bien

Un hábito es una pauta de comportamiento que aprendemos, repetimos mucho y con el tiempo ejecutamos de manera inconsciente. Como dice el neurocientífico Joe Dispenza, es pensar con el cuerpo. Hay hábitos que van a favor de uno y los hay que no. Si van a favor los llamamos virtudes, si van en contra son considerados vicios y dice Dispenza que, en el 95% del tiempo de vigilia, actuamos guiados por nuestros hábitos.

Este tipo de reacciones automáticas son tan sencillas como beber de la botella, no lavar la fruta antes de comerla, enfadarse porque el político que está hablando es idiota, meterse el dedo en la nariz en el coche (sólo si eres hombre), mirar el teléfono antes de salir de la cama, fumar un cigarrito justo después, pensar que el que es rico es porque ha tenido suerte, que tu jefe te tiene manía, que los jueves se folla en casa estés tú o no, o que el que juegue contra el Madrid es tu equipo.

Tenemos esos hábitos tan interiorizados, tan interconectados entre ellos y forman una estructura tan robusta, que en psicología se les llama complejos, que viene del latín complexux, participio del verbo complecti, que significa “enlazar completamente”.

Y resulta que desde el 14 de marzo y mínimo hasta el 11 de abril, nos ha cambiado tanto el guión de nuestras vidas que todos esos hábitos que tenemos tan bien instalados en nuestro inconsciente, se están moviendo de tal manera, que amenazan con colapsar(nos). Y claro, nos sentimos confundidos, deprimidos, aburridos, asustados, cabreados, perplejos. Y no solo eso, además estamos agotados sin salir de casa, que manda huevos. Y no por el esfuerzo físico, sino por el esfuerzo mental de mover esas sólidas (no necesariamente correctas) estructuras personales.

Desde hace días vemos mucho más a nuestra pareja (alguno se ha llevado una sorpresa porque al final se van a caer bien), las reuniones del comité de marketing son por pantalla y se puede usar el whatsapp para criticar a la del pelo sucio, puedes quedarte en pijama todo el día, se usa el teléfono para llamar a los afines, se leen libros, el fútbol es un videojuego de Playstation y lo retransmite Ibai Llanos por Twitch (y el resultado es mucho mejor y más barato que el de verdad), hay peleas por bajar al perro o al trastero, y los chicos no reciben presiones por estar ensayando coreografías en tiktok,. Y todo esto, acompañado de noticias que anuncian el fin del mundo.

El Contrafantasma hacía Skype la noche pasada con un amigo terapeuta norteamericano de 68 años, que vive en Colorado y que está convencido de que esta crisis ha venido precisamente para pararnos y hacernos pensar nuestras formas de vida. Para que evaluemos lo que es correcto y lo que no, para que corrijamos lo que no está alineado o no es importante y para que dejemos de pensarnos en función de nuestro entorno (que durante unos días van a ser tus hijos y tu pareja, es decir, lo básico). Dice que es la oportunidad de ser la persona que queremos y no la persona que nos hemos construido en función de lo exterior.

Y lo mejor, que si cada uno hace este trabajo de manera individual, lo colectivo va a ir sólo, sin necesidad de salir a aplaudir ni hacer caceroladas al mundo exterior. Dice que estamos todos conectados y que si lo piensas con intención y emoción, esto le llega al resto.

Y el Contrafantasma se ha vuelto a acordar del rezo que hay hacer por el padre de su amigo y por el resto de personas sufriendo en este momento.

Cuenta tus lágrimas

El Contrafantasma repite mucho eso de que vivimos en el paradigma de lo material, donde parece que lo único que existe (lo único que Es), es lo que se puede contar, pesar o medir. Y todo lo que no esté en ese ámbito, parece que no es importante, o al menos lo parecía hasta esta crisis. Aún así, la propia crisis es el mejor ejemplo de este paradigma y de lo corto que se queda para entender la realidad completa.

Esta es la crisis de los números y la hipercomunicación. Todo lo que ves y escuchas tiene cifras. Los infectados, los muertos, los países, las mascarillas, los respiradores, las décimas de fiebre y los días seguidos con ella que legitiman ser atendido en un hospital. Los test realizados, los necesarios, las horas de apertura de los supermercados, el máximo de kilos de lentejas que puedes comprar, los ciudadanos multados por estar en la calle, el número de camas de UCI, el número de series en Netflix, los pocos contagios de la provincia de Cádiz, los hospitales de campaña en construcción, lo que se va a contraer el PIB, lo que sube la prima de riesgo, lo que baja la bolsa y por supuesto el número de apariciones idiotas de políticos que salen a los medios para nada. Todo se cuenta con números y todo se vocea con palabras e imágenes. Y en medio, nosotros.

Y el Contrafantasma lleva días sin encontrar sentido a la avalancha numérica. Quizá fuera pedagógico hace 10 días y quizá ayudó a generar el escenario necesario para quedarse en casa, para convencer a los más reticentes, o como argumento insalvable para los más pequeños y los más mayores. Pero ya está bien.

El caso es que ayer viernes se había levantado muy pronto y mientras calentaba el agua para cocer los huevos, sin un motivo concreto y sin posibilidad de pararlo, recios lagrimones empezaron a caer por sus mejillas. Lágrimas que saltaban después al vacío, en el límite donde la mandíbula de la vuelta hacia el cuello, con tal peso que algunas llegaban hasta la mesa donde se apoyaba el café. Al verlas ahí debajo las contó y comprobó que los números también sirven para esto, para contar lágrimas. Pero que hacerlo no dice nada sobre las causas de las mismas, ni consuela en modo alguno al que llora. No ayudaba nada el cielo gris (como hoy), el frío, ni tampoco la canción elegida por Alsina y su equipo para empezar cada día durante esta crisis. Además por la hora, los vecinos estaban aún tranquilos y no había comenzado la sesión de carreras de piragua rodante de cada jornada.

Y le dió por pensar un poco acerca de esas lágrimas que hoy tenemos muchos en el borde de los ojos, a un empujoncito de salir para ser contadas. Pero no contadas una a una, sino contadas a otro alguien. Las lágrimas hay que sacarlas y contárselas a tu pareja, a tus hijos, a tu amigo cuyo padre está ingresado en el Gregorio Marañón y que te escribe pidiendo un rezo, una oración por él para ayudarle, cosa que haces sin pestañear, aunque seas ateo de toda la vida. Las lágrimas hay que contarlas porque liberan, porque reconfortan, porque permiten descansar mejor y sobre todo porque son la evidencia de la conexión entre el mundo exterior, contable, argumentable, pesable, medible, con el mundo interior. con lo invisible, ese lugar donde se alojan nuestras intuiciones, nuestras sensaciones, nuestras emociones y nuestro entendimiento. Todo eso es invisible, no se le puede poner un número, pero las atesoramos todos y están ahí para guiarnos por estos momentos de incertidumbre, como una brújula precisa, más que cualquier noticiero.

Lo más curioso es que las lágrimas que salen también pertenecen al mundo de la materia. Sus componentes se pueden medir y pesar, incluso la ciencia es capaz de clasificarlas a través de un microscopio. Las lágrimas protectoras, esas que salen cuando se te mete algo en el ojo, están principalmente compuestas por agua, pero también contienen proteínas, lípidos, enzimas. e incluso glucosa, urea, sodio y potasio  Las lágrimas emocionales en cambio contienen más proteínas, así como algunas hormonas y están conectadas con el sistema nervioso parasimpático a través de un neurotransmisor llamado acetilcolina.  Y lo más increíble es que no solo cambia la composición química, sino también la estructura molecular, cristalizando de distinta manera las lágrimas de miedo, las de dolor, las de tristeza o las de alegría.

Si miráramos nuestras lágrimas con microscopio, podríamos contestar a la pregunta esa tan difícil de ¿por qué lloras?. Pero ahora es momento de contarlas para conectarlo con lo de dentro, con lo que no se ve y poder transitar mucho más tranquilos por este momento difícil.

 

El virus y los vecinos

Dos eventos sucedieron ayer a última hora de la tarde, cuando ya parecía que el quinto día de confinamiento acabaría sin pena ni gloria. Sobre las 7 sonó el timbre. Y cuando digo timbre no me refiero al telefonillo con la compra de Amazon, sino al timbre timbre, el de la puerta de casa, el que suena ding dong . El Contrafantasma se acercó al umbral, sujetando al perro por el collar, con la enorme emoción de encontrar otro ser humano sin una pantalla mediando. Abrió rápido y al levantar la vista no vió a nadie. Hubo de salir un poco más y mirar en diagonal hacia el ascensor, donde estaba su vecina del 4ºb, que mantenía unos correctos tres metros de distancia de seguridad. En parte por el virus, en parte porque le aterran los perros. Allí estaba ella armada de valor y durante unos segundos callada, como esperando a que hablara él primero. Al final se lanzó y dijo que no pasaba nada, que podía soltar el perro. Y si pasó, porque el animal en medio segundo se tiró a sus pies para ser acariciado, lo que le hizo retroceder medio metro más, hasta topar su espalda contra la pared (lo siguiente era saltar por la ventana). Y desde esa lejanía saludó y le preguntó si sabía quienes eran los vecinos de arriba, porque llevaba toda la tarde escuchando ruidos y se estaba volviendo (más) loca. Expresaba con pesar que parece que los vecinos tienen ruedas en lugar de pies, ya que se escucha su deslizamiento por todos lados, sobre todo en la terraza, que está justo encima de su dormitorio. Y la situación actual de encierro no ayuda….

El Contrafantasma le explicó que el mayor de los chicos es palista (K-1, 100), clasificado para los JJOO de Tokio y que tiene que seguir entrenando en casa. El padre y él han construido un sistema de poleas y pesas que simulan la piragua y la resistencia del agua al remar, y que el resto de hermanos aprovechan para jugar cuando no está él entrenando.

La vecina parecía más tranquila y casi dejaba al perro que entrara en su casa, cuando cambió al tema por el que de verdad había llamado al timbre. Le anunció que una amiga suya, cuyo marido es médico (en esta crisis sanitaria todo el mundo tiene uno), le acababa de decir que el confinamiento se prevé dure 45 días. El Contrafantasma no supo muy bien cómo reaccionar, porque lo que le salía y ella necesitaba, era darle un abrazo, pero como está prohibido, se quedó en una mueca y un bueno, si necesitas cualquier cosa en estos días, sean 10 o 45, ya sabes donde estoy. Volvieron cada uno a su casa y el ruido de piraguas a ruedas no paró, pero la ansiedad de la mujer descendió unos grados.

Tras el formidable encuentro vecinal. el Contrafantasma salió a pasear al perro. Hacía buena noche y coincidía además con la hora de los aplausos de las 8pm. Caminar con tu perro entre la ovación popular es como ir en el Papamóvil, o como salir a la cancha en la Champions, con esos sonrientes niños de la mano y el himno sonando. Es posible que acabe levantando la mano para saludar al respetable, si el sentimiento de orgullo sigue creciendo. Y el caso es que en medio de tan inmersiva experiencia, la policía dió el alto al Contrafantasma. Dos agentes de la nacional se acercaron hasta él y bajaron la ventanilla, preguntándole dónde vivía. Le dieron ganas de contestar que en Cubas de la Sagra y que llevaba 14 horas andando, pero reculó y les contestó que “ahí mismo”, señalando unos edificios de viviendas frente a la Escuela Alemana de Madrid. No perdieron oportunidad los agentes para regañarle, con la excusa de que el paseo debe ser cerca de casa y del menor tiempo posible (dònde pondrá eso en el Real Decreto). Esto de poder llamar la atención a cualquiera que camine por la calle, está animando a más de un policía a encarnar su verdadera esencia. El siguiente paso es sacar la porra para acabar con los virus.

Y es que en el barrio viven muchos ciudadanos alemanes, y en el bloque del Contrafantasma son una tercera parte del total de vecinos. Ahora que están todos en casa se nota mucho, sobre todo por el ruido que no hacen, y porque tampoco aplauden a las 8 de la noche, que ya es muy tarde. Existen dos diferencias entre las familias españolas y las alemanas. La primera es que los españoles gritamos en lugar de hablar. Y la segunda y menos conocida, que los niños españoles tienen ruedas en lugar de pies y se desplazan a gran velocidad por pasillos y terrazas. Ahí les ganamos.

Este mediodía seguía la bronca por la familia piragüista, la del segundo dice que también escucha perfectamente las ruedas y que había subido a pedirles que por favor dejaran de rodar todo el día, cosa que no ha pasado.

En fin, quedan mucho días y esto se equilibrará de alguna manera. No perdamos la esperanza.

El virus y el aire

Bajando al perro se encontró al virus, estaba apoyado en la barandilla de la escalera de su bloque, canturreando el “No puedo vivir sin ti” de Coque Malla. Lo había traído la vecina del tercero. Ella que desde febrero va con guantes y mascarilla. Ella que le había regalado un bote de gel hidroalcohólico el día anterior. Ella lo dejó allí cuando cumplía su programa diario de ejercicio físico, subiendo y bajando escaleras.

El virus saludó y el Contrafantasma se paró a un metro de él. Tenía el mismo aspecto que en los gráficos de los periódicos, de colorines, luminoso, redondito y con esos filamentos que le dan prestancia y porqué no decirlo, cierta gracia. Se miraron, se reconocieron y el Contrafantasma siguió su camino hacia la desierta calle. Se fue pensando como algo tan pequeño, está poniendo patas arriba el mundo que hemos conocido hasta la fecha. Se preguntó a qué nivel del cosmos pertenece un virus, si es animal o planta, siendo obvio que es algo vivo.

Una forma de vida que invade al ser humano por donde respiramos, que literalmente nos deja blancos los pulmones, nos quita el aire. Un ser humano puede vivir semanas sin comer, días sin beber, pero solo minutos sin respirar. Ahí nos han dado en la diana, el culo lo tenemos como la bandera de Japón, pensó.

Y el aire, además de ser invisible y de ser capaz de acoger al resto de elementos, la tierra (como polvo), el agua (como vapor) y el fuego (como relámpagos en una tormenta), es de las pocas cosas gratis en esta sociedad donde todo tiene un precio. Una hambruna se puede combatir con comida, una sequía con agua, pero para la falta de aire no hay remedio, salvo llevar a los infectados a los hospitales, donde no hay lugar para todos, y se ve que tampoco hay material suficiente.

Caminando escuchaba un podcast de la NPR americana, que hablaba de la gestión de la crisis por parte de Trump  y que vaticina que en pocas semanas ese país será el número 1 en el ranking de contagiados, lo que no sorprende porque en nuestra época cultural, USA siempre ha sido el número 1 en todo, y aquí no podía ser menos. Y lo de Trump le hizo pensar en Sánchez, mientras se cruzaba con otro caminante de perros, animales que se han convertido en artículos de lujo y salvoconducto para respirar aire fresco estos días. Y al pensar en Sánchez, pensó que los gobernantes que elegimos son simples gestores del presupuesto y que en la mayoría de los casos, solo piensan en ellos y en las próximas elecciones y que casi nunca se topan con situaciones que requieran de liderazgo real. Ese que se necesita para cuando les falta el aire a tus conciudadanos, a esos que pediste un día el voto.

Y para colmo, el virus se lleva a los viejos sabios, a aquellos que tienen la experiencia, la autoridad y la claridad para hacernos entender y aguantar esta crisis. Y se van porque están más débiles y porque en los hospitales, el protocolo dice que si pasas al nivel 3 de la neumonía (el de necesitar oxígeno), y tienes más de 80 años, no se te asigna material porque no hay tubos suficientes.

El Contrafantasma volvió a casa y al subir las escaleras vio al virus en el mismo lugar, estaba de color amarillo pálido y no se movía. Se acercó y comprobó que estaba muerto. Y se alegró, uno menos.