Un amor de media hora

Sebas se había marchado de vuelta al ártico para participar en los últimos preparativos del lanzamiento de su documental. Antes de irse le había dejado al Contrafantasma Filosofía Básica, el libro que ha escrito basado en su experiencia de vida y en las enseñanzas de Walter Odermatt.

Bajando las escaleras mecánicas del metro lo abrió de forma aleatoria y comenzó a leer. La página decía que los humanos somos el nivel más elevado del cosmos y que existe una conexión evidente con el resto de niveles, que son los minerales, las plantas y los animales. Seguía con que cada nivel del cosmos recoge y engloba las características de los anteriores y que los humanos, como nivel más elevado, atesoramos todas las cualidades de los tres primeros. Subrayaba además que cada individuo somos un microcosmos, un cosmos a escala y que tenemos cuatro capas análogas a los cuatro niveles del macrocosmos.

Eran las 7,56 de la mañana y lo que leía le enganchó automáticamente. Acababa de sentarse en el vagón (siempre elegía el último) para ir a su oficina y por primera vez era invierno en Madrid. Posó la mochila sobre sus rodillas y acomodó el libro de Sebas para seguir leyendo.

Continuó con las cuatro capas del hombre, que son el cuerpo, que tiene su coincidencia con los minerales. el organismo, vinculado a lo vegetal, el alma, que es lo específicamente animal y por último el espíritu, aquello exclusiva y específicamente humano. Y hacía hincapié en que no hay libertad personal sin una correcta integración de estas cuatro.

El vagón empezaba a llenarse aún parado en el andén, era principio de línea y siempre hay que esperar un poco para cumplir los horarios. La gente entraba muy abrigada, casi en exceso, como aprovechando a sacar del armario el equipamiento de frío, no sea que no haya más oportunidades en todo el invierno.

Y el texto continuaba su despliegue, ahora relacionando las cuatro capas con las regiones corporales del ser humano. Sebas escribe que la capa del espíritu se encuentra en la cabeza, lugar donde están las informaciones, los pensamientos y la conciencia del bien y del mal. La capa del alma está en la zona del pecho, donde nos llevamos la mano para decir que algo es nuestro o simplemente para decir “yo”. El alma es lo animal en nosotros y si no tuviéramos espíritu, actuariamos solamente guiados por los instintos. Después localizamos la capa del organismo en la zona del vientre y hasta las piernas, donde se encuentran la mayoría de órganos que cumplen funciones vegetativas vitales. Y por último está la capa del cuerpo, lo mineral en nosotros, localizada en los brazos y las piernas y únicas partes del ser humano donde no descansa ningún órgano y que sirven para sostenernos (piernas) y para ejercer fuerza (piernas y brazos).

Joder, pensaba el Contrafantasma, toda una vida conviviendo con mi cuerpo y ahora me entero de esto. Tenía una sensación como de estar leyendo sobre un gran descubrimiento, cuando la realidad era que los conceptos eran los que se aprenden en primaria. Tanto los del cosmos, como los de las partes del cuerpo humano. Lo que nadie le había contado nunca era que están relacionados.

Habían pasado 25 minutos cuando levantó la cabeza y se cercioró de que no se había pasado de parada. Comprobó también que una mujer bien arreglada y de unos cuarenta años sentada a su izquierda, estaba tan interesaba en el libro como él. Se cruzaron sus miradas y sonrieron, pero ninguno se animó a hablar. Continúo leyendo, pero menos centrado por la cercanía de su destino y por su reciente interacción con su atractiva compañera de viaje.

Se preparó para salir en Av de América, y al mismo tiempo se levantó ella y se puso a su lado. Al parar el tren ambos lanzaron su mano al botón de apertura, donde torpemente chocaron, lo que provocó una sonrisa y una disculpa. El Contrafantasma le preguntó de manera socarrona si le había gustado lo que había leído. Ella se sonrojó levemente y pidiendo disculpas por la invasión, contestó que le había parecido muy atractiva la idea de que somos un cosmos en pequeño y que estamos muy vinculados a la naturaleza. Le preguntó si podía hacer una foto de la portada del libro para quedarse con la referencia. El Contrafantasma lo sacó de la cartera y se lo mostró.

Tras darle las gracias se despidió y se alejó por el lado opuesto al suyo. Su andar era firme y el Contrafantasma comprobó lo sólidas que parecían sus piernas, su parte mineral. Volvió a su libro mientras caminaba por el intercambiador y subía las escaleras. Al llegar a la puerta de Hontanares, la cafetería de esquina a los pies del edificio con el cartel de Iberia, ese que recibe al viajero que llega desde el aeropuerto de Barajas, en una de las entradas más feas de Madrid, paró. Acabó el capítulo y se dispuso a cruzar Francisco Silvela. Al levantar la cabeza vió que en la acera de enfrente, al otro lado de los coches que iban y venían, estaba ella. Al verle encogió los hombros y alzó las palmas de sus manos, como diciendo que se había equivocado de salida. El semáforo se puso en verde y el Contrafantasma no se movió de su sitio, esperando que ella llegara. Se acercaba sonriendo y por un momento parecían una pareja que, con muchas ganas de verse, estaban a punto de fundirse en un abrazo.

Al pasar por su lado la mujer le hizo un gesto con las cejas y pasó de largo hasta abrazarse con otro hombre, que esperaba dos metros detrás de él.

Eran las 8,31 y no le quedó otra que reírse y agradecer el romance de media hora que acababa de vivir, gracias al libro de su amigo. Comprobó también que el amor depende de la correcta predisposición de uno mismo hacia él y no del azar. Siguió caminando por las calles frías y secas de Madrid con una sonrisa en su cara, hasta llegar a la oficina. Tras sentarse delante del ordenador envió un mensaje a Sebas. Decía así; “Sebas, tu libro me encanta, ha convertido un trayecto en metro en una verdadera historia de desamor”.

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