No hacer nada

Es normal encontrar al Contrafantasma mirando a la nada, que en ocasiones coincide con estar delante de su teléfono sin ejercer acción alguna. El teléfono está denostado porque dicen que nos desconecta del resto de humanos, pero él encuentra el aparato especialmente útil para salir de la rueda del hámster en la que corremos cada día. Esa tarde además, el teléfono le propuso escuchar “Distant Sky” de Nick Cave y leer un artículo de Valdano sobre Dembelé. Las dos actividades le produjeron una sensación placentera, como también lo hacen un viaje en metro, una siesta corta antes de comer, un paseo por el campo o el sexo oral después del desayuno. Cualquier cosa que nos haga parar y mirar adentro es una victoria individual y una aportación valiosa para el colectivo. En ese momento de pausa hay que cuestionar todo lo que hacemos y enfocar todo lo que somos, que normalmente es mucho.

El Contrafantasma es de los que se preguntan cosas que no tienen demasiada relevancia para la opinión pública, y no lo hace de forma consciente y por tanto voluntaria, sino que simplemente sucede. Hay días que indaga sobre por qué Juanes tiene la camisa negra, o quién elige los fondos de pantalla del MacOs. En otros se abstrae con temas más complejos, como tratar de hacer presente y continuo lo que emerge de sus sesiones de análisis, o como trasformar complejos negativos en positivos. Analizadas de manera independiente, estas cuitas parecen no llevar a ningún lado, pero si unes los puntos de esos momentos de introspección, puedes sacar conclusiones muy notables acerca de quien eres, cuál es tu arquetipo y cual tu misión en esta vida. Y lo que cada uno es y la misión que tiene, son algo normalmente profundo, único, divino y trascendente.

Y vida solo hay una, así que vayamos parando, no haciendo nada y uniendo luego los puntos, a ver qué sale. Igual sale un arco iris.

Ya no me duele

Irma estaba en su nueva casa en el estado de Nueva York. El Contrafantasma en la oficina de siempre, en la ciudad de Madrid. Ella se encontraba confusa, culpable y ociosa. Él resignado, intrigado y más ocupado de lo normal. Los humanos traemos en nuestra programación una linea de código que dice que el tiempo lo cura todo. Y así estaban, dejando pasar el tiempo entre ellos. Lo que sucede es que el tiempo no cura nada, eso es una idiotez. El tiempo solamente pasa y la consecuencia de ese avance, es que lo que duele lo desalojamos de nuestros pensamientos, hacemos que baje, y baje, y baje, hasta que se instala en el subconsciente. Y una vez allí vuelve a aparecer, doliendo de manera diferente y en un lugar distinto. Y en ese momento cuesta mucho más relacionarlo con su causa original y por tanto, poner el remedio.

El Contrafantasma tenia una contractura en el lado superior izquierdo de su espalda, justo en la zona donde se enganchan las alas, lo que hacía que no encontrara una posición cómoda en ninguna de las actividades cotidianas, salvo tumbado en la cama. La fisio del trabajo le había hecho daño al manipularle, pero no había tenido efecto alguno sobre su molestia. El kinesiólogo del barrio le había puesto botecitos con flores de Bach por el cuerpo, le había dado una mezcla de dos o dos de ellas y le había recomendado dejar salir su ira sin temor. Este último comentario se lo podía haber ahorrado, pensó el Contrafantasma al salir de la consulta, pero no dijo nada. Regresaba a su casa aguantando su dolor y pensando en Irma y el día que se abrazaron. De pronto relacionó ambas cosas, paró y retrocedió una manzana hasta llegar al bar de Jesús. Se sentó en una mesa y se dispuso a escribir a Irma.

¿Qué es el amor para ti?, escribió en el asunto del correo. Sabía que sonaba pretencioso y eso le hizo dudar, pero una vez empezó, no paró hasta escribir todo lo que tenía dentro. Al salir del bar, donde había bebido un agua con gas, había parado de llover y hacía fresco. Se puso la mochila cruzada y decidió dar un paseo hasta su casa. 

Para Irma era la hora de comer, había dejado de escribir y comprobó su correo antes de calentar una sopa de cebolla, que ella misma había cocinado la noche anterior. Según abrió la aplicación, el texto en negrita que decía “¿Qué es al amor para ti?”, resaltaba entre todos los demás. Lo leyó despacio, parándose en cada frase y tratando de integrar lo que en él estaba escrito. En el email el Contrafantasma le contaba que el amor era un dolor que tenia en la espalda desde hacía dos semanas, desde que ella se había ido sin avisar. Decía que él había tratado de olvidar sus encuentros, que había intentado trabajar más, salir más, dormir más, leer más, en definitiva ocupar más su tiempo, y sobre todo, su mente. Decía que había decidido que olvidarla era cuestión de tiempo y que solo tenia conseguir que este pasara. Pero que no lo había conseguido y que de pronto había reconocido que ese dolor estaba ahi, en su lado izquierdo, para recordarle que ese trabajo voluntario de tratar de olvidar, no era lo que tenía que hacer, Que lo que le pedía el cuerpo era saber de ella y no lo contrario, que estaba preparado para conocerla más y que creía que también para amarla.

Al terminar de leer, algunas lágrimas cayeron por las mejillas de Irma y unas ganas tremendas de agarrarle de la mano de nuevo, emergieron desde muy dentro. En lugar de eso encendió su móvil español y le escribió un WhatsApp.

El Contrafantasma reproducía en bucle la voz de Chris Martin cantando”Fix You“, que por alguna razón solo la escucha en noviembre, cuando llueve, anochece pronto y todo parece que se va a la mierda. Y mientras caminaba y estando a un paso de llegar a su casa, recibió un mensaje en su móvil que decía, quiero verte, se que me marché de mala manera, que estuve mal, pero quiero verte y que me cuentes eso del correo, que me lo expliques y que veamos si se te va el dolor de espalda. Quiero probar a ponerte el ala que parece que te falta y a que tu me pongas a mi las mías.

Al llegar a su casa, un cuarto piso son ascensor, el Contrafantasma se sentó en la barra de su cocina y sin aun quitarse el abrigo, comprobó que no le dolía la contractura y se puso a buscar billete para New York.

Hola, me llamo Irma

Hola, me llamo Irma y tengo 37 años. Hace tres semanas me despedí de mi empresa y compré un billete (solo ida) de avión a New York. Del aeropuerto tomé un coche hasta la estación de Harlem 125th st. y de allí un tren a una localidad llamada Hyde Park, al norte de la ciudad, en medio del valle del Hudson. Tenía ganas de ir lejos y no hay lugar que cumpla mejor con esa premisa. Aquí la naturaleza es magnífica y el otoño se expresa rotundo con tonos granate, amarillo, marrón, verde y hasta naranja, de una manera que es ya casi imposible ver en paisajes españoles. Cada mañana me levanto delante del río Hudson, que baja con un cauce abrumador hacia Manhattan. Leí hace poco que es la fuerza del río la que hace funcionar el sistema de calefacción de la ciudad de New York y por tanto el responsable de esas chimeneas de vapor que salen de las alcantarillas de la Gran Manzana. Vivo en el apartamento de una amiga que conocí en San Francisco hace años y que se ha venido aquí a estudiar al Culinary Institute of America, una prestigiosa escuela de cocina, que como todo aquí, tiene un tamaño descomunal.

Mi amiga se pasa el día en clase o estudiando, o cocinando lo que estudia. Este semestre está centrado en cocina asiática y cada día me regala algo diferente para cenar. En veintiún días he leído seis libros y escrito cerca de noventa páginas de algo que no se aun que es, pero que se parece a la historia de mi vida. Tres semanas  no es tiempo para sacar conclusiones, pero me siento bien. No tengo teléfono, escucho la NPR (National Public Radio) por internet, eligiendo las temáticas que más se alejen de lo que he dejado atrás. Me he enganchado a una serie de reportajes sobre la utilización de drogas en las guerras modernas. En el capítulo de ayer hablaban de como en la Segunda Guerra se sustituyó el vino por las drogas químicas, para mantener animada a la tropa, sobre todo por parte del ejercito alemán. Y es muy interesante conocer el papel protagonista que tuvo la farmacéutica Bayer, a la que yo solo relacionaba con la aspirina, en el desarrollo de esas drogas. También disfruté mucho otro reportaje sobre la fabricación de sirope de arce en el estado de Nueva York. Cuando sales de la ciudad y sus ritmos obligados, te das cuenta de que hay multitud de actividades interesantes que se pueden hacer para completar una vida y fabricar sirope de arce es una que me voy a plantear seriamente. Tiene una relación directa y muy honesta con la naturaleza, no se puede forzar su producción, ya que es absolutamente estacional. Si pasa el momento de recogerlo, olvídate hasta el año siguiente. Requiere además una dedicación mayúscula y como contrapartida tiene una producción muy limitada. Se aleja mucho del patrón de comportamiento que tengo interiorizado, ese que busca la generación de beneficio en cualquier actividad de la vida.

En todos estos días no he hablado con mi familia, ni con Fran, el hombre con el que me iba a casar. De hecho él no sabe que estoy aquí, piensa que me he ido a Santander a casa de mi hermana. Cree que es una de mis locuras, que se me han amontonado los temas y que el trabajo, la relación con mi madre y el estrés de la boda, han podido conmigo. Me escribe un correo cada dos días tratando de que vuelva de donde esté y entre en razón, por ese orden. Me dan ganas de decirle que estoy aquí porque quiero hacer lo segundo y que hasta que eso no pase, de lo primero ni hablar. Pero no le voy a contestar, no me apetece. Me escribe textos largos muy bien articulados y ya la forma de escribir, de expresarse, me echa para atrás. No quiero ser injusta con él, yo fui la que dijo si a su propuesta de matrimonio. Fue aquel fin de semana en el que me llevó a un hotel bodega de la ribera del Duero, cuando sabía que yo el tinto solo lo bebo con Casera y que el blanco, de tomarlo, solo albariño, que no puedo con el dolor de cabeza que me da el verdejo. Ese fin de semana de hace cuatro meses me pareció una persona muy sensata para pasar el resto de mi vida. Y cada vez que pienso en la palabra sensatez como disparador de mi matrimonio, me quiero clavar palillos en las uñas. Y lo peor es que aquella respuesta afirmativa fue muy meditada. Le dije que si convencida de que ese era mi destino, compartir mi vida con un hombre que me quiere. Y punto.

A los 37 he llegado más o menos entera. Lo que se puede decir de mi en el mundo exterior, creo que dejaría satisfechas a muchas personas. Tengo (o tenia) un trabajo, una vida social activa, una familia que no me exigía mucho y me daba casi todo, bienes materiales más que de sobra, he viajado a lugares bonitos, soy propietaria de un piso y cocino decentemente. El único pero que yo me pongo es que no he sido madre, pero eso ahora tampoco es un drama, porque somos muchas así y no apoyamos las unas a las otras cuando surge ese momento en el que tus amigas madres se ponen a hablar de sus vidas rodeadas de niños. Además, lo de ser madre, lo he vivido siempre como una consecuencia de tener una pareja y eso primero no me había pasado aún.

Poco más de un mes después de haber dicho que si a Fran, me encontré con un hombre al que había conocido tiempo atrás en una boda. En aquella boda nos reímos mucho, pero yo estuve ejerciendo mi versión de soltera frívola y divertida, tratando de seducir y poner distancia al mismo tiempo. Y él me siguió bien la performance, hasta el punto en que entrada la noche, el resto de invitados parecieron desaparecer y nos quedamos “solos” con la música electrónica de fondo, hablando de reconciliación con uno mismo y de perdonarnos nuestros errores. Disfruté ese momento como pocos en mi vida y algo se encendió dentro de mi. La boda acabó, él no me llamó y yo tampoco hice nada por localizarle. Y cuando hace tres meses le volví a ver en aquella fiesta, ya con Fran de cuerpo presente y comprometidos, me di cuenta de que lo que me había llevado a decir si, era un amor con minúscula. Era sensatez.

Después de aquello he visto a este hombre otras dos veces, la última por casualidad en un evento de trabajo. Ese día acabamos agarrados de la cintura y con las manos entrelazadas sin poder evitarlo y sin que la opinión pública fuera un obstáculo. Estuvimos a punto de besarnos, pero una llamada del que era mi jefe rompió el momento y no sucedió. Ese día por la tarde decidí que me iba, que necesitaba distancia de todo lo conocido. Solo le lo comenté a Yoli y a mi terapeuta. Yoli es la persona que me ayuda en casa, tiene cinco años mas que yo y un hijo de 28, que a su vez le ha dado dos nietos. Le dije que me iba a Nueva York a casa de una amiga y que no hacía falta que viniera, al menos hasta el mes de enero. Le conté lo de Fran y lo de este otro hombre del que estaba enamorada, y le pedí el favor de que le escribiera para decirle que necesitaba su ayuda. Desconozco si lo hizo.

Mi terapeuta me dijo que hacía bien en marcharme, si eso era lo que me salía, pero también me dijo que informara a Fran y a mi madre, que si no, se me volvería en contra antes o después. Me dijo también que podíamos hacer las sesiones por Skype, que le llamara cuando yo quisiera. Por el momento no lo he hecho.

Hoy voy a seguir leyendo y esperaré a mi amiga a ver qué trae de cena. El amanecer sobre el río y los colores del otoño son más que suficiente para ir tirando. Y la verdad es que no tengo ninguna prisa.