Uy qué cagada

EL Contrafantasma volvía a casa con la cabeza pegada al cristal de la ventanilla del coche, mirando las luces de las farolas. El conductor le había ofrecido agua, le había preguntado si la temperatura era la correcta, si la música estaba bien de volumen, si quería escuchar algo diferente, o si no quería escuchar nada. El conductor se llamaba Nestor y tras esas preguntas iniciales se calló y mostró respeto por el momento que parecía disfrutar el pasajero.

Irma se quedó sentada en la silla de su cocina, con la puerta del patio abierta de par en par y la copa de vino medio llena. Parte de su conciencia se había ido hacia el viaje del día siguiente, a pensar en aquello que se tenia que llevar, a concretar la hora de salida de la oficina y a anticipar como sería el encuentro con Fran y su familia. Otra parte de esa conciencia pensaba en lo que acababa de pasar. La dificultad para equilibrar ambos pensamientos la levantó de la silla y comenzó a recoger, tratando de que la actividad disolviera ese conflicto en su interior.

El Contrafantasma miraba su teléfono mientras Nestor y él recorrían Principe de Vergara hacia el norte. Nestor era muy educado, pero aún no conocía Madrid. En quince minutos se habían alejado apenas  cuatrocientos metros lineales del punto de partida y sin embargo, habían recorrido ya tres kilómetros y medio. No pasa nada, pensó el Contrafantasma, no hay prisa por llegar.

Al recoger la casa Irma encontró también su móvil, que lo había dejado en la encimera cuatro horas antes. Estaba sin batería y, al conectarlo, comenzaron a saltar los avisos que le recordaban lo que se había perdido del mundo exterior. Tres llamadas de Fran y cincuenta y siete mensajes cortos de nueve chats diferentes. Tampoco me he perdido tanto, pensó. Y pensó también en qué hacer con las llamadas de Fran, ya que era tarde y estaba segura de que él se habría acostado hacía un rato.

Nestor ya se había encontrado y conducía pedal firme hacia la plaza del Perú, habiendo dejado atrás la del Ecuador y la de la República Dominicana. A Nestor le resultaba divertido atravesar su continente sin cambiar de calle. Se le había pasado ya el marrón de haberse perdido al salir por la avenida de América y se sentía cómodo con su pasajero, con lo que le preguntó al Contrafantasma si ya se iba a casa, o si era un cambio de escenario en una noche con más recorrido aún. Nestor tenía acento argentino, o uruguayo, que a los españoles nos cuesta distinguir ambos tonos.

Irma envió un mensaje corto a Fran dándole las buenas noches, diciéndole que le llamaría al día siguiente y que había tenido una cena muy agradable con ese amigo que se encontraron hace unos días en casa de Petra. No le mintió, pero tampoco le dijo toda la verdad. La verdad era que a quien tenía ganas de escribir era a su invitado de esa noche, para darle las gracias por el vino y decirle que se le había hecho corto el encuentro.  Y para decirle también, que reconocía que se le hacía muy cuesta arriba ir a Ponferrada al día siguiente.

El Contrafantasma le dijo a Nestor que agarrara Pio XII hasta el final y doblara a la izquierda hacia la plaza del Duque de Pastrana. Allí le dijo que le dejara en El Capitán, donde siempre solía encontrar una cara conocida para tomar una copa. Mientras salía del coche le llegó un mensaje de Irma agradeciéndole el vino, la charla y diciendo que se le había hecho corta la velada. El había tenido la misma sensación al salir de su casa, pero le había parecido prudente marcharse.

Irma se sentó de nuevo en su cocina a esperar la respuesta y ésta tardó segundos en llegar. -¿Te vas al final a Ponferrada mañana?-, decía el mensaje, seguido de un icono de guiño, – !vente a tomar una copa!-, finalizaba. Ahora el extrovertido era el Contrafantasma, que había decidido no regresar a su casa, que para eso era jueves y hacía una noche fantástica.

Mientras esto sucedía, Nestor aparcaba el coche y entraba en el garito. El Contrafantasma sonrió al verle y le hizo un gesto con su cerveza para que se acercara. Nestor le dijo que había decidido acabar el turno con él y que si no le importaba, le acompañaba.

Un nuevo mensaje llegó al teléfono de Irma, era de Fran, que parece que no estaba aún dormido y que le enviaba un icono de corazón grande, dos de beso y le deseaba dulces sueños. Decía también que tenía muchas ganas de que llegara a Ponferrada y que su familia estaba muy contenta por conocerla al fin.

Irma contestó el mensaje del Contrafantasma diciendo que gracias, pero que tenía que madrugar al día siguiente, y le añadió dos iconos de carita con ojos de corazones, seguido de un – nos veremos pronto -. Luego dejó sin abrir los mensajes de Fran y se metió en la cama con una molesta contradicción interna.

Al Contrafantasma le extrañó no recibir respuesta de Irma, habían pasado dos cervezas desde su mensaje y decidió volver a escribir. Le preguntó si le había molestado la propuesta de tomar una copa y le pedía disculpas por si había sido demasiado directo. No hubo respuesta.

Al despertar Irma a la mañana siguiente tenía ganas de vomitar, algo de dolor de cabeza y una sensación de haber soñado cosas feas. Chequeó su teléfono y se dio cuenta que el último mensaje dirigido al Contrafantasma, en realidad se lo había enviado a Fran.

Que cagada, pensó.

 

Amor de Washington Sq a Guindalera

Estaba sentada en la silla de madera que cogió de casa de su abuela cuando ésta murió hacía 4 años. Solo conservaba ese recuerdo de ella, el resto de sus muebles, ropa y enseres, sobre todo las joyas, habían sido repartidos entre sus tías a las 12 horas horas del fallecimiento, como si fueran perecederos. Y las joyas no caducan, ni pasan de moda, sobre todo si son de oro, brillantes u otras piedras preciosas. Cuando Irma fue a casa de su abuela, a los tres días de morir ésta, con la intención de pedir un colgante de plata y ónix que adoraba desde muy pequeña, solo encontró la silla en la que estaba sentada esta noche. Hay una manía grande de eliminar las cosas personales de los muertos de las casas de los que quedan vivos. En general hay una gestión de la muerte extraña en nuestras sociedades, tan sofisticadas para otras cosas. La muerte pertenece a esa parte del mundo invisible, que no se puede tocar, ni medir, ni pesar y por eso cuando la muerte está rondando, tratamos de que pase en seguida, sobre todo si se trata de la muerte de otros. La muerte de uno mismo es otra historia, la tratamos con mucho más cariño y normalidad, lo que sucede es que no es sencillo comunicarlo luego al mundo exterior, donde sólo unos pocos tienen capacidad de percibir a los invisibles.

El Contrafantasma estaba sentado frente a ella al otro lado de la mesa de la cocina, en una silla de tijera de Ikea, de esas que tienen asiento y respaldo de plástico, y que están en todas las casas de personas nacidas después de 1970. Ella le contaba un sueño que, de manera recurrente, tenía desde hacía unos meses. En él aparecía ella maniatada a su cama, de manera tan fuerte que era imposible soltarse y con la sensación de que algo o alguien estaba de camino a su dormitorio para hacerle daño. Ella luchaba por desatarse sin ningún éxito y esa lucha era además la lucha por despertarse, para poder reconocer que aquello no iba a suceder en el mundo exterior. Decía que siempre conseguía despertarse antes de que lo malo llegara, pero que nunca conseguía desatarse dentro del sueño y que una espesa capa de desasosiego quedaba siempre al despertar.

Tres horas antes de ese momento el Contrafantasma había llegado a casa de Irma, con dos botellas de vino y unas flores. Le había citado en su casa porque si, porque quería. Las cosas que se hacen sin aportar argumento externo alguno, son las que son de verdad. Y cuando el Contrafantasma, por mensaje de texto, le había propuesto quedar en el lugar cool del momento, a ella le había parecido una horterada y le salió citarle en su casa. Su casa era un bajo en el barrio de la Guindalera y tenía entrada directa desde la calle. El barrio es feo en cuanto a la arquitectura, pero está renaciendo a base de gente joven y normal. Normal es el adjetivo más raro que se se puede decir hoy en día al describir a alguien. Nadie es normal, nadie quiere ser normal, normal es extraordinario. Tras pasar la puerta se accedía a un salón que acababa en un patio, que a su vez conectaba con la cocina y el dormitorio. La casa transitaba en círculo y estaba volcada hacia dentro, como Irma. Cuando él llegó, aún estaba recogiendo cosas para el viaje a Ponferrada del día siguiente, e Irma le invitó a sentarse en  la mesa de la cocina. Eligió la silla de Ikea porque él también las tenia en su cocina. Se puso de espaldas al patio para poder disfrutar de las idas y venidas de Irma, mientras se bebía un vino. Visto desde fuera, pensaba el Contrafantasma, la escena la podía haber pintado Edward Hopper en una sus obras sobre cotidianidad y costumbrismo. Le recordaba a “Habitación en Nueva York”, con la salvedad de que la Guindalera no es Washington Square. “Pareja preparando un viaje”, podía haberse llamado. Pero ni era su pareja, ni se iban de viaje, al menos él. Irma vestía una blusa blanca, holgada y bastante transparente, unos vaqueros y unas Converse blancas. Llevaba el pelo recogido en una coleta y la cara sin pintar, olía a recién duchada y a crema. El olor a crema era una de las debilidades del Contrafantasma, así que los primeros minutos sentado en esa cocina, viendo a Irma moverse por la casa, bebiendo vino e imaginando que Hopper les estaba pintando desde el patio, fueron un estallido de felicidad.

Sonó el telefonillo, era un Glovo con la cena. Irma se había adelantado también en eso y había pedido algo que le encantaba, sin pensar mucho en qué le parecería a su invitado. El motero sacó dos recipientes que contenían la mejor ensaladilla rusa de Madrid y unos callos con garbanzos con un pintón impresionante. Se disculpó porque quizá no era una comida muy elegante y seguro que era algo pesada para la noche, pero le aseguró que no se arrepentiría, porque su madre era una cocinera excelente y le había pedido a ella que cocinara sus platos favoritos.

Habían comido, bebido, charlado, reído. Se habían contado aspectos relevantes de sus biografías y habían coincidido, al hilo de un articulo publicado en Medium, que 2004 fue el año bisagra y gatillo para que el mundo se volviera definitivamente idiota. Ese fue el año de la última temporada de la serie Friends, máximo exponente de que la estupidez es lo que mola en las sociedades occidentales. Fue el año en que se eligió a George W. Bush por segunda vez y a Rodriguez Zapatero por primera, fue el año en el que el disco de Green Day, American idiot, fue galardonado con el Grammy a mejor álbum de rock y fue el año en el que Paris Hilton lanzó su autobiografía. En lo particular, fue el año en el que se casó el Contrafantasma, y en el que Irma decidió trabajar en banca en París y enamorarse de un hombre 12 años mayor que ella.

Tres horas y botella y media de vino después, allí estaban el uno frente al otro, con el sueño de Irma atada a su cama sobrevolando y a punto de besarse. Si Hopper volviera a mirar en ese momento, pintaría también el halo que cada vez que se veían les rodeaba, les conectaba y les aislaba del exterior. Y el cuadro se habría llamado “El beso de Irma”, pensó el Contrafantasma. O mejor, “El amor de Irma”, o aún mejor, “La entrega de Irma”. Pero Hopper no estaba allí, y no hubo beso. Eligieron no moverse, a ambos les parecía insuperable el momento. El Contrafantasma se había quedado pensando en qué sería lo que ataba a Irma a su cama, lugar en el que se descansa, se disfruta del amor y sobre todo, se duerme. Y que cuando uno duerme, es cuando más cerca está de la muerte en vida. Dormir es morir por un rato, al menos en cuanto a la desconexión con la conciencia. Y se preguntaba si había algo que tenia que ver con la muerte, con lo invisible, con el más allá, que tenia a Irma maniatada y sin poder soltarse.

No se lo preguntó. Pidió un coche y se despidió de Irma dándole las gracias y deseándole buen viaje. Ella no dijo nada, sonrió y abrazó fuerte al Contrafantasma.

En el coche, de regreso, el Contrafantasma se encontró en otro cuadro de Hopper. “El Cabify del anhelo”, se titulaba. Y suspiró.

Se han citado

El mundo exterior es eso a lo que la mayoría suele llamar la realidad. Es donde suceden los hechos que se pueden experimentar con los sentidos. Es todo lo que vemos, tocamos, todo lo que podemos medir y pesar, todo lo material en definitiva. A ese mundo exterior no pertenece lo que pensamos, ni lo que imaginamos, que forman parte del mundo de la conciencia. Y a ésta no pertenece lo que soñamos, ya que los sueños ocurren cuando la conciencia está relajada, o directamente dormida. Los sueños están más allá de la conciencia y poseen sus propias reglas. Y por último está el mundo interior, expresión que asociamos con esas personas introvertidas, que no interactúan socialmente como la media (sobre todo española) y que están en aparente armonía, sin necesidad de estímulos externos. “Tiene mucho mundo interior”, solemos decir de ellas… Pues nada que ver, el mundo interior nos afecta a todos, sea cual sea nuestra personalidad. Es el mundo de los arquetipos, palabra que viene del griego “arje“, que quiere decir origen y “tipo“, que significa fuente, sello. Así que arquetipo, significa sello de origen y se refiere a lo que traemos de serie cada uno de nosotros. Sin miedo podemos decir que es lo que somos, la esencia de todos los elementos del cosmos. Ese mundo interior aparece en los otros tres de diferentes maneras, pero una forma muy sencilla de reconocerlo es no pensar, simplemente ser. Y si, es difícil, pero funciona.

Los cuatro mundos coexisten y se compenetran, si bien hay momentos donde unos tienen más presencia que otros. Es seguro que el mundo exterior es el que reconocemos mejor y ademas es el que domina el paradigma científico (física), político (democracia) y económico (materialismo). Y por qué no decirlo, el mundo exterior mola. Un ejemplo sencillo es que pensar y sentir el amor de pareja, es sin duda maravilloso, pero experimentar en el mundo exterior con el cuerpo de la persona amas, antes o después de una buena comida y un vino rico, es igualmente o más maravilloso. Pensemos en el mundo exterior como si fuera el vidrio de esa botella de vino, el contenedor de los otros elementos, el contenedor de los otros mundos, pero un contenedor que te alegra la existencia.

El arquetipo del Contrafantasma estaba volcado en el final de verano y en apurar los últimos tintos con blanca que le proponía el aún templado clima. Los días eran más cortos y mientras esperaba a que acabara la lavadora, leía la novela “Ordesa” de Manuel Vilas, de lo mejor que había llegado a sus manos en los últimos tiempos. Era jueves y los jueves siempre hay algo a lo que engancharse. El nombre jueves viene de Jupiter y la influencia de este astro tiene que ver con la expansión. Debe ser por eso que las noches de jueves en Madrid son tumultuosas, divertidas y llenas de oportunidades para ensanchar la conciencia. Dejó de leer y chequeó el móvil en busca de esa promesa jupiteriana. Al abrir el correo encontró un mail de una dirección que le resultaba familiar. Era la dirección de Irma a la que él aún no se había decidido a escribir. El asunto del correo titulaba “Hoy” y el cuerpo decía lo siguiente:

Hola,

Como veo que no te animas a contactar, he decidido hacerlo yo. Lo hago por mail porque me parece menos intrusivo y te da la opción de no contestar si no quieres, o ya tienes plan. El motivo es sencillo, quiero que nos veamos. Fran se ha marchado a Ponferrada para visitar a su familia y yo no acudo hasta mañana viernes. Si te apetece y puedes, aquí estoy.

Se que tienes mi número porque llamaste el otro día, así que dame un toque en caso afirmativo y cerramos lugar y hora.

Un beso.

Irma

No esperaba recibir ese mensaje de Irma y menos aún esperaba que Fran fuese de Ponferrada. Si algo caracterizaba al Contrafantasma, era que solía tomar la iniciativa y que no se sentía nada cómodo en entornos rurales. Lo segundo no era para pensarlo en este momento, así que se centró en lo primero, la iniciativa, que en esta ocasión no era suya, sino de Irma. Con Irma todo era diferente. Sin pensarlo (siendo) contestó que si, propuso un lugar que conocía bien, donde podrían estar tranquilos y donde se come muy bien y propuso encontrarse a las 9,30pm. Lo hizo por mensaje de texto porque no se atrevía a llamar. Rápidamente Irma contestó que si, pero que el lugar sería otro y a las 10pm, que antes tenía que acabar la maleta para Ponferrada.

Era su primera. Era la primera Primera Cita que tenía el Contrafantasma en más de tres años. Las primeras citas tienen un exceso de carga de literatura romántica y películas de Julia Roberts, pero al Contrafantasma siempre le habían entusiasmado. Esta Primera Cita era sin duda especial, porque era con una mujer única, con la que ya había estado dos veces de manera accidental y que además ahora era la pareja de otro.

Le había encantado la inesperada extroversión de irma. Jupiter estaba haciendo de las suyas. Qué maravilla el mundo exterior, pensó mientras se metía en la ducha.

Quién es el Contrafantasma

El Contrafantasma ha enviado esto porque está escribiendo una especie de autobiografía de andar por casa y como quiere dirigirse a Irma, se preguntaba si algo de lo que tiene escrito le podría valer a ella para entender de verdad quien es y el momento en el que se encuentra. Yo lo publico tal cual, sin editar ni una palabra, con el ánimo de que ustedes se hagan una mejor idea de quien es la persona detrás del seudónimo. Aún no sabe si mandarle algo de esto a Irma.

“Hola, soy el Contrafantasma y voy a celebrar mi cuarenta y cinco cumpleaños. Esta decisión la tomé cuando no celebré mis cuarenta por dos motivos: me acababa de separar y estaba en la crisis que correspondía a mi momento biográfico.

Muchos dirán que ambos conceptos están relacionados y que las crisis de los cuarenta coinciden con un buen número de separaciones de pareja. En mi caso la crisis había comenzado cuando aún no había cumplido los veinte, pero siempre he tenido mucho respeto por el deber ser y aunque me sentía raro desde hacía más de dos décadas, no había dejado que fuera público (o eso pensaba yo), hasta el momento en el que fue inevitable, y compatible con algo que todo el mundo pudiera entender como normal. Y la crisis de los cuarenta era perfecta para encajar ese malestar. Mi terapeuta le puso nombre a este patrón de comportamiento de ser una cosa y hacer otra, sin ser capaz de evitarlo. Lo llamó esquizofrenia (que nombre feo, ¿no?). Lo que sucede es que eso otro que yo hacía, encajaba con lo que debía ser según mi incorrecto entendimiento de la tradición y la opinión pública que me rodeaba, motivo por el que nadie, ni yo mismo, se ocupó de ello. Y es que siempre he tenido una gran capacidad de impostura y altos niveles de auto convencimiento acerca de que aquel era el camino correcto. Bueno, o de que si no lo era, tendría tiempo en el futuro para rectificar, para manejarlo, como siempre me decía a mi mismo.

Casualmente, aquel día que cumplí cuarenta, se había decidido convocar una reunión de antiguos alumnos del colegio y durante la discusión previa por WhatsApp, acerca de la fecha de la convocatoria, fui yo quien propuso ese día y quien provocó el consenso, ya que si yo estaba dispuesto a sacrificar el día de mi cuarenta cumpleaños para estar con ellos, el listón de excusas se elevaba muy mucho para el resto a la hora de pelear otra fecha alternativa. Si le preguntaran por mi a los colegas de clase que asistieron a aquella reunión, apuesto a que dirían que yo ejercía cierto liderazgo en el grupo y que era razonable que, en términos históricos, la fecha resultante fuera la que yo había propuesto.

Y fue en ese momento cuando pensé que ojalá en la siguiente fecha redonda de mi calendario, pudiera estar en condiciones de celebrar de verdad que estoy vivo y de una pieza, a pesar de todo. Y esa fecha es el mes de noviembre próximo, cundo cumplo cuarenta y cinco años.

En el tiempo transcurrido entre ambos momentos, más de 1.800 días, he experimentado cosas y he accedido a enseñanzas que, de una manera que yo calificaría como mágica, han ido colocando en su lugar las distintas partes de mi ser, dando por fin un sentido a mi vida. No tomo esto como el fin de un camino, sino como el regreso a la casilla de salida, a una esencia de la que nunca debí alejarme. No es un canto de victoria, ni de prueba superada, sino un reconocimiento de que mi vida, al igual que de de todos nosotros y del resto de seres vivos, tiene un sentido y que el tesoro más increíble de la existencia es encontrarlo. Que como todo tesoro es difícil de conseguir, porque el más fiero de los dragones está al acecho para que no accedamos a él, pero que se puede si uno es integro y posee la información correcta.

Así que voy a contarles lo que sucedió entre aquel mes de septiembre de 2013, cuando en mitad de mi crisis de la mediana edad, me separé de mi ex mujer y de mis dos hijas, y el día de hoy, un martes de principios de septiembre de 2018. Y si, es la historia autobiográfica de un hombre cualquiera. Soy de esos que tenemos una vida normal, en un entorno normal, de una ciudad normal y en un país normal. Yo soy muy parecido a ustedes, y ustedes son muy parecidos a mi. Un chico de barrio.

Lo extraordinario es que las enseñanzas adquiridas y las experiencias vividas que les voy a contar, aplican igual a un chico de barrio, que al hijo del sultán de Brunei, lo mismo al batería de U2, que a Maripiedi la portera de mi casa, de igual manera al presidente del gobierno, que a mi padre viudo y jubilado. Todos somos seres humanos y eso quiere decir que compartimos lo esencial.

Y además voy a ordenar todo esto de forma numérica, que en un momento histórico dominado por los algoritmos y los datos, creo que va a potenciar la aceptación por cierta parte de la audiencia. Estos son los números relevantes de mi historia personal:

El 6 por las seis fases de la vida. Estoy en la cuarta.

El 5 por los años que han pasado desde mi crisis de la mediana edad.

El 4 por los niveles del cosmos y las capas del hombre. Y bueno, por los 44 años que tengo.

El 3 por las funciones del hombre, reconocimiento, aspiración y actuación.

El 2 por la pareja, por la mujer y el hombre y su necesaria compenetración.

El 1 por lo divino en nosotros y porque eso no es más (ni menos), que lo esencial de cada uno de nosotros, nuestro arquetipo. Y la certeza de que si somos capaces de reconocerlo y desarrollarlo, seremos felices.

Y ese número 1 es también por una muerte que sucedió en este tiempo, la de mi madre, que me ayudó conectar con las realidades invisibles.

Este es el sentido de mi vida. Espero que les entretenga y saquen algo aprovechable”.

Reconozco que al leerlo me han entrado ganas de seguir sabiendo acerca de su historia, porque se parece mucho a la mía y a otras que me rodean.

El número de Irma

Al fin había conseguido el teléfono de Irma. Habían pasado semanas desde aquella última vez que se vieron en casa de Petra y aún notaba un cosquilleo cuando pensaba en ella. El mes de agosto estaba acabando y el Contrafantasma se disponía a llamarla. No quería utilizar un mensaje corto, quería llamar y escuchar de nuevo su voz. Buscó el contacto, introduciendo “Irma” en su teléfono, donde la tenía guardada como “Irma novia de Fran”. Ese título lo había escrito un poco por despecho y un poco como barrera de entrada. Estando Fran, un señor con barba mayor, ahí en el contacto, se le hacía más cuesta arriba darle al icono verde de llamar,porque la realidad era que si llamaba, lo iba a hacer para tratar de que ella no cumpliera su compromiso con él. Abrió el contacto y se quedó mirando la pantalla unos instantes. Había colocado en el perfil de Irma la foto de ella y él juntos, captada año y medio antes, en la boda en que se conocieron. Hacía tiempo que esa foto estaba en su móvil y cada tanto había recurrido a ella para revivir aquel encuentro y recuperar las sensaciones.

Abrió un paréntesis el Contrafantasma para alabar las leyes específicas de la conciencia, que entre otras cosas nos permiten viajar en el tiempo y disfrutar de momentos pasados o futuros, que en el mundo exterior son imposibles, ya que solo se puede vivir el presente, pero que en la conciencia son tan reales como los que suceden en él.

Volvió a la foto de su teléfono en la que Irma aparece sonriendo y sacando la lengua y las caras de ambos están muy pegadas. Se notaba en sus sonrisas que ya se habían tomado varias Flensburguer, traídas del norte de Alemania por un invitado amigo de los novios, cuyo regalo había sido un container lleno de cajas de esa marca de cerveza, y recordó que, tras tomar la instantánea, había tenido unas irresistibles ganas de besarla.  Aquello no ocurrió y acto seguido fue cuando se repartieron los artículos de fiesta, se descontroló todo y perdieron su conexión de aquella noche.  Y ahora estaba allí, en su casa, a las ocho y media de la tarde de un jueves de finales de agosto, decidiendo si la llamaba o no.

Al fin tocó el icono verde y el texto “conectando” apareció en la pantalla. En seguida saltó ese mensaje impersonal que dice que el teléfono al que llamas está apagado o fuera de cobertura en este momento y que lo intentes más tarde. Colgó y abrió su whataspp, buscó “irma novia de Fran” y vió que su última conexión era de dos minutos antes. Volvió a apretar el botón verde de llamada y esta vez si estaba disponible. Esperó tres tonos y como no contestaba, colgó. Le dio miedo y dudó sobre qué decir cuando descolgara Irma. Se quedó mirando la pantalla y de nuevo el contacto de Irma con la foto de ambos. Apretó el botón lateral de apagado y fue al frigorífico a coger una cerveza. Ya con ella en la mano se sentó en la mesa de la cocina y abrió su computadora. Al hacerlo comenzó a vibrar su móvil, en la pantalla las caras de Irma y él sonrientes y tibios de Flensburger. El sonido estaba desactivado y su corazón empezó a latir al ritmo del retumbe de la vibración sobre la mesa de madera. Lo dejó vibrar cuatro veces porque seguía con miedo y al fin descolgó. Forzó una sonrisa como si su interlocutora no estuviera el otro lado de la línea, sino frente a él y contestó con un hola a medio camino entre el temor y la excitación. -Si, hola, ¿quién eres?- le dijeron desde el otro lado, -acabas de llamar a este número-. La cara del Contrafantasma se puso del color de su cerveza. Se sacó el móvil de la oreja para mirar la pantalla y comprobar que la foto que había visto al saltar la llamada era la de Irma y él sonriendo. Resonó de nuevo al otro lado de la línea una voz diciendo, -hola, ¿hay alguien ahí?-. Era Fran, novio de Irma. Mierda, dijo para si mismo el Contrafantasma. Pero, qué mierda hace Fran llamando a un número desconocido desde el aparato de su novia. Qué mierda es esa en la que uno agarra el móvil de su pareja y se atreve a marcar una llamada perdida. Qué mierda es esto en general. Eran todos pensamientos pertinentes, que se agolpaban arrebatados, en la parte del cerebro que luego desemboca en el habla. Pero no era ese el momento adecuado para emitirlos, primero tenia que dar respuesta a su interlocutor acerca de quien era. Optó por lo más honesto, decir que no era con él con quien quería hablar, que se había equivocado. Y colgó.

Se quedó sentado en la cocina de casa, cerveza en mano, laptop abierto y con cierta indignación y tristeza por el hecho acontecido. Para qué negarlo, se sentía mal de verdad. Al vibrar al teléfono había visto en la pantalla la foto de Irma y él, sonrientes cabezas pegadas y había sentido que esa era la imagen del mundo que anhelaba al respecto del amor de pareja. Y al escuchar la voz de hombre con barba de Fran, algo le había hecho quebrarse.

Recordó la conversación que cada tanto sale en su terapia y que habla de lo importante que es tener una imagen correcta del mundo, para luego entenderlo y ser capaz de manejarse. Pero que la imagen de uno no siempre coincide con la realidad y que es peligroso asumir la propia imagen del mundo como la realidad misma, porque nos puede conducir a problemas serios. Que uno siempre debe contrastar que su imagen es correcta y luego validarla en su día a día. Y lo que acababa suceder era que su imagen del amor de pareja perfecto, no coincidía en nada con los hechos.

Abrió la segunda cerveza y se dispuso a escribir a Irma. El contacto que le habían pasado incluía una dirección de email. La mejor manera de expresar lo que sentía era por escrito y también de que el mensaje le llegara a la receptora. Solo esperaba que ella y Fran no compartieran también cuentas de correo. Sería too much.