Nuevas expectativas

Amar quiere decir hacer el bien. El amor tiene cuatro niveles de desarrollo; el primero es la atracción, que sigue las leyes de los minerales, como los planetas y las estrellas, que tienen una atracción mutua que hace que unos giren alrededor de los otros. El segundo nivel es el enamoramiento, que es la proyección del ideal de pareja, donde no vemos al otro como es, sino como debería llegar a ser en nuestro ideal. El enamoramiento sigue la leyes de las plantas y al igual que una flor, regala belleza, aroma y néctar. Es como un florecimiento, que puede llegar y después marchitarse. Luego está la erótica, que es el fuego en la pareja y que sigue las leyes de los animales. El juego amoroso se enriquece con el coqueteo, la ternura, la intimidad sexual y las declaraciones de amor. El hombre disfruta de su pareja, sobre todo, con los ojos. La mujer disfruta de la suya, sobre todo, con el oido. El cuarto nivel es el de la amistad, que cultiva y desarrolla el intercambio de representaciones e ideas, especialmente la concepción del mundo y las vivencias y planes.

El Contrafantasma estaba en esta lectura filosófica de W. Odermatt acerca del amor, al tiempo que ponía la lavadora. Era domingo y las sábanas de la casa de un hombre que vive sólo poseen una fuerte tendencia a permanecer arrugadas sobre el colchón durante semanas, a no ser que uno vaya a recibir visita. No era el caso, pero el calor y y el olor recomendaban hacer la colada. Metió algunas otras cosas que andaban tiradas por el cuarto dentro del tambor, entre ellas la guayabera blanca que había llevado a casa de su amiga Petra unas noches atrás. Al chequear los bolsillos encontró un trozo de papel de cuaderno de cuadros doblado, con dos palabras escritas en bolígrafo azul, “mantenme informada“, decía, seguidas de un número de teléfono.  Cogió su móvil y marcó el número para chequear si lo tenía registrado. Obviamente no lo tenía en su agenda. Luego fantaseó con la idea de que fuera el número de Irma, que en un alarde de masculina extroversión lo hubiera deslizado en su bolsillo al despedirse, pero lo cierto es que tampoco le cerraba mucho. Ella ahora estaba prometida y si hubiera querido su número se lo habría pedido directamente sin que eso supusiera un problema, sobre todo después de la conversación de esa noche y la constatación de que el no haberse pedido el teléfono el día que se conocieron en la boda aquella, había sido un grave error. Además de que la orden de la nota sugería que esa persona y el Contrafantasma, comparten algún tipo de información sobre la que él tiene que mantenerla informada a ella. Y salvo por la tremenda atracción mineral que siente por Irma, no hay nada más entre ellos que requiera de ese tratamiento.

Si hubiera sido al revés habría tenido mucho más sentido, pensó. El si se imagina metiendo ese trozo de papel en el bolso de ella, pidiendo que le mantenga informado acerca de lo suyo con el señor de barba, Fran, que le acompañaba esa noche. El Contrafantasma suele ser perceptivo y respetuoso. Y cierto es que había notado que aquella relación tenia pocos cimientos, pero no menos cierto era que no se le ocurriría interferir en ella. O quizá si…  Por un momento se arrepintió de no haber hecho él con Irma la jugada de la nota sorpresa. Mierda de opinión pública.

El caso es que no se había vuelto a poner la camisa desde el jueves y nadie había entrado en su apartamento en las dos últimas semanas. Así que la notita llegó a su bolsillo esa noche, entre el momento que se puso la camisa y el que se la quitó.

Mantenme informada” eliminaba a la población masculina de un toque. Era una mujer la que lo había introducido allí. El tema era quién y sobre qué cosa había que mantenerla informada. Repasó sus movimientos de aquel día desde que salió hacia lo de Petra. Primero había caminando de su casa a la tienda de chocolates de Hermosilla con Velázquez para comprar un detalle. Luego había subido a una moto de alquiler y tirado Velázquez arriba hasta cruzar Joaquín Costa, donde giró a mano derecha en Antonio Pérez para encarar Gabriel Lobo, haciendo una parada a por hielo en el chino de la esquina con Antonio Rodriguez Villa. De ahí no paró más hasta casa de su amiga, que vive en un piso muy bonito en Dr. Arce. En todo ese trayecto no recuerda cruzarse con nadie, y menos a una distancia suficientemente corta como para recibir una nota en su bolsillo inferior izquierdo, por tanto los hechos le llevaban directamente a repasar sus movimientos en casa de Petra y lo que allí sucedió aquella noche.

Mandó un mensaje a Petra con la foto de la nota y con la pregunta de si ese número era de alguien que ella conociera, Petra contestó con la palabra “no”, tres iconos emocionales de carcajada, uno de corazón y otro de teléfono, seguidos de la palabra “ya” y un signo de exclamación. Y si, tenía la opción de llamar y salir de dudas, pero intuía que había algo más de trabajo que hacer, que no iba a ser tan sencillo como marcar y averiguar.

Grabó el número en su teléfono y dejó la nota en el frutero de la cocina donde van todas las cosas que uno no debe perder. En el frutero donde se generan las nuevas expectativas. Salió a desayunar a la calle como hace cada domingo, el calor era muy agradable y la terraza del bar de la esquina siempre propone viandas nuevas en fin de semana. Se sentó y pidió un café solo y unas tostadas con aceite untadas con unos ajos negros que trae el dueño desde la provincia de Cuenca. Volvió a su lectura sobre los niveles del desarrollo del amor, en concreto al nivel de la atracción y al leer eso le venía de nuevo la imagen de Irma. Leyó que igual que el niño debe de aprender a manejarse con la fuerza de la atracción terrestre al aprender a ponerse en pie, el adulto debe de aprender a manejar la fuerza de atracción del amor, para no emparejarse con una persona inadecuada.

 

 

 

Grandes expectativas

Desde que la semana anterior leyera aquellos afiches -como llaman en Argentina a las pintadas en espacios públicos-, en el baño de un restaurante de Puebla de Sanabria, el Contrafantasma había estado pensando mucho acerca de la felicidad. Pero no de la felicidad en general, sino de la suya propia. Y ese bucle le llevó hasta el jueves cuando de rebote, le invitaron a cenar a casa de unos amigos. Estaba sin plan cuando le llamó su amiga Petra y le dijo que había organizado algo en la terraza de su casa para celebrar su cumpleaños. Las noches en casa de Petra son siempre divertidas, con gente atractiva y al tiempo normal, cosa difícil de encontrar.

El Contrafantasma acudía sin demasiadas expectativas, que es como se debe de asistir a cualquier sitio, ya que las expectativas acotan mucho los momentos de felicidad. No hay que esperar mucho de nada, porque cuando se recibe lo que se espera uno lo asume como normal y cuanto más se normaliza lo recibido, menos capacidad de sorpresa se tiene y a lo que se llega, como máximo, es a estar satisfecho. Y satisfecho no es feliz, creanme, y si no, hagan la prueba. El mundo está lleno de infelices satisfechos de un montón de cosas.

Y esa noche de jueves, en casa de Petra, estaba Irma.

Irma recién comienza la cuarta fase de la vida (que va de los 36 a los 48), tiene la piel muy blanca, dos enormes ojos azules y había conocido al Contrafantasma hace un año y medio en la boda de un amigo común. En aquella boda ella vestía pantalón blanco, blusa verde y llevaba el pelo recogido en un moño. El jardín estaba repleto de mujeres con largos vestidos y peinados forzados, y de hombres embutidos en trajes ridículamente ajustados, incluso entre aquellos con porte de barril bodeguero. Frente a esa escondida incomodidad de la vestimenta, prevalecía una aparente felicidad colectiva y en medio Irma brillaba con una luz muy intensa. Su delgadez potenciaba el movimiento de sus brazos y manos mientras hablaba, sonreía y circulaba de un grupo a otro de invitados. Llegó el momento en el que se encontraron uno frente a la otra y además del saludo, intercambiaron rápidas bromas y desafíos verbales, como para chequear que estaban a la altura de la relación que iba a comenzar. Ella posee un fino sentido del humor y es ágil con la palabra y muy dulce con el gesto.  El adora la ironía que bordea lo incómodo y la charla trascendente vestida de cotidianidad. Al poco la conversación fue pausando, derivando desde lugares comunes hacia espacios menos transitados, dando una oportunidad a que la verdad apareciera. Conversaron durante casi una hora como si no hubiera nadie a su alrededor, mirándose a la cara, acercando las cabezas hasta casi tocarse cuando el volumen de la música no permitía escucharse, bebiendo a pequeños sorbos para no tener que interrumpir el momento con un inoportuno -¿quieres otra copa?-. Permanecieron agarrados sin tocarse hasta el momento en que empezaron a repartir artículos de fiesta de Grand China en forma de coloridas pelucas, sombreros de purpurina y gafas ahumadas de plástico, que rompieron su círculo y se incorporaron a la fiesta.

No se despidieron y no intercambiaron teléfonos. El hizo al día siguiente un intento fallido de conseguir el de ella, pero no fructificó y lo dejó pasar. Ella no registró de forma consciente lo que había pasado esa noche y también lo dejó pasar.

Hacía más de un año desde aquel encuentro y allí estaba ella de nuevo, con un vestido de tirante negro largo y el pelo suelto, mientras fumaba y charlaba animadamente con uno de los invitados. Nada más entrar se cruzaron sus miradas y esa conexión volvió a cerrar aquel círculo que se deshizo al final de primer encuentro. Durante quince minutos estuvieron lejos, mientras él saludaba a los invitados conocidos y visitaba la casa, que había sufrido recientes mejoras, algo a lo que Petra era muy aficionada. Por fin llegó el momento en el que él se acercó a la mesa de las bebidas, donde Irma estaba sirviéndose algo, -hoy si quiero una copa-, le dijo cuando estuvo justo a su lado. Se dieron un solo beso en la mejilla derecha y de pronto el escenario se tornó oscuro, solo iluminado por la blancura de Irma y la fuerte atracción entre ambos. Los invitados desaparecieron de sus mentes y se quedaron solos hablando de lo mucho que se habían echado de menos, de las ganas que habían tenido de encontrarse por la calle de manera fortuita y de lo felices que habían sido aquella noche en la que conectaron. Se cogieron de las manos en repetidas ocasiones, rieron a carcajadas recordando la torpeza de no pedirse el teléfono y se felicitaron por haber coincidido por fin, en casa de Petra, sin ser conscientes de que ambos eran de su círculo de amigos.

-Petra es amiga mía desde los tiempos de la facultad, ¿tu de que la conoces?-, preguntó el Contrafantasma. De pronto la luz volvió a llenar el escenario y el volumen de las conversaciones se elevó hasta parecer un insoportable ruido, volvieron a su entorno los invitados y ambos sintieron que el círculo se rompía de nuevo. -Petra es amiga de Fran- respondió ella, al tiempo que alargaba el brazo hacia un señor con barba que se acercaba sonriendo. El señor era el mismo que hablaba con Irma cuando el Contrafantasma había entrado en la casa. El señor fue presentado como el novio de Irma, -!novio no, prometido!-, dijo él notablemente contento. A duras penas salió de la boca del Contrafantasma una felicitación y una media sonrisa. Ella tampoco parecía cómoda, pero sonreía y agarraba al tal Fran por un hombro, aparentando normalidad.

Mierda de expectativas.

 

 

 

 

 

Sólo, ni al baño

“¿Qué es el miedo?”, “¿es legítimo vivir la vida sin aparente esfuerzo?”, “¿nos han enseñado a ser felices?”. El Contrafantasma estaba sentado en el wáter de un restaurante mientras leía esas frases escritas en la puerta y paredes del habitáculo. Desde los años de facultad no había estado en un cuarto de baño con tanta literatura, y es que el móvil ha hecho mucho mal a estos momentos de soledad donde uno declaraba su amor por alguien, dejaba un chiste para la posteridad o reflexionaba sobre la vida con un altamente introspectivo pensamiento escrito. Los baños de las facultades son, o eran, lugares con mucha historia, literatura y sobre todo filosofía.

Salió de allí pensando en dos cosas; la felicidad de la que hablaba una de las frases del baño y la nula capacidad de estar con uno mismo que tenemos en el momento histórico actual, donde ni siquiera nos permitimos desconectar del exterior cuando hacemos de vientre. Siempre hay un tuit que leer, un meme que recibir, o un post que rankear, mientras uno está sentado en el trono. Y por algún motivo sentía que ambas ideas estaban conectadas.

De camino al coche recordó unos textos del matemático y físico Blaise Pascal, que había estado leyendo días atrás. Pascal fue un polímata, un erudito, un hombre del renacimiento, de los que le daban a todo lo que tenía que ver con ciencia, arte y humanidades. Habitó Francia en el SXVII y murió con tan sólo 39 años, pero dejó trabajos en numerosas disciplinas científicas vinculadas a sus áreas de conocimiento. Participó de la creación de objetos tales como las primeras calculadoras mecánicas, avanzó notablemente la ciencia relacionada con los fluidos, definiendo los conceptos de presión y de vacío, aportó a la teoría de la probabilidad y se introdujo también de forma profunda en el arte y  la filosofía. Y dentro de su inacabada obra Pensees, dejó escrito que la mayor incapacidad de los seres humanos es la de estar solos y que esta carencia se debe a que no soportamos el aburrimiento.

Existen estudiosos de la Personalidad que defienden que hay individuos más tendentes que otros a la soledad, debido a un alto nivel de activación de su sistema nervioso central, el cuál solo son capaces de relajar a través de la ausencia de estímulos externos. Es por eso que hay seres que disfrutan mucho de un paseo por el campo, a diferencia de otros que prefieren un paseo por la Gran Vía. Pero más allá del nivel de introversión de cada uno, es un hecho que no hay tradición de estar solo en nuestra cultura occidental. Y sea porque no soportamos el aburrimiento o porque estamos condicionados biológicamente, lo que es seguro es que esa carencia genera una notable falta de autoconocimiento y una excesiva dependencia del exterior. Y la falta de conocimiento de uno mismo está muy vinculada con la felicidad.

Si ubicamos esa realidad en la era del internet móvil, es una tarea heroica y casi revolucionaria ser capaz de estar un ratito solo, sin conectar con nada ni con nadie, salvo cuando dormimos.  Mientras conducía camino de Madrid con la función de velocidad constante en el auto, el Contrafantasma realizó una imaginación activa con Pascal, viajó al 1660 y se imagino sentado con él en el campo, comentando estás inquietudes que habían surgido en su visita al baño filosofal del restaurante. La conversación fue muy agradable y sorprendente, y el alivio muy notable, producto de las respuestas que el erudito francés le proporcionó. Le dio incluso una herramienta que hoy esta muy de tendencia, un ejercicio concreto a realizar en el mundo exterior de cara a mejorar el autoconocimiento y poder hacer tangibles algunos resultados en el corto plazo.

Esto es lo que le dijo Pascal al Contrafantasma. Haz la prueba de ir al baño y sustituye el móvil por un cuaderno y un bolígrafo. Escribe lo que te venga a la cabeza. no lo pienses, no lo cuestiones, solo escribe lo que llegue, lo que sientas. Haz este ejercicio durante una semana primero y trata de hacer conexiones entre lo que has escrito. En un periodo de un mes empezarás a notar que necesitas de ese momento para ti, sin conectar con nada, aunque aún no haya resultados concretos. En tres meses identificarás donde te gustaría ir en las próximas vacaciones y habrás tomado la decisión de no acudir cada fin de semana a casa de los suegros a comer. En un año puede que tengas completo un primer tratamiento de guión para realizar un largo o que hayas decidido cambiar de profesión. Y lo que es seguro es que, por el camino y a través de este ejercicio, vas a ser capaz de reconocer como están tus anhelos vitales, qué le da sentido a tu vida, y cuál es el camino para encontrar tu integridad.

Al llegar a Madrid a la hora de comer compró un cuaderno azul de tapa dura, que ahora descansa en el cuarto de baño de su casa.

Ella, la felicidad

El Contrafantasma había doblado a la izquierda y entrado en una calle estrecha. Caminaba en dirección contraria a los autos a las 3 de la tarde de un martes de julio y su conciencia estaba sacudida por el calor y por pensamientos veloces que le generaban incomodidad. No había coches circulando, todos parecían descansar a los costados de la calzada. A mitad de manzana alzó la mirada de forma automática al sonar un aviso de su teléfono. Tenía la instrucción de hacer ese gesto cada vez que sonara el móvil, como un acto contra la adicción al aparato en cuestión. Le había dicho su terapeuta que hay que ponerse retos accesibles, para facilitar el proceso de cambio de hábitos. Al alzar la mirada vio a una mujer en el primer piso pasear semidesnuda por el salón y sintió algo más de calor del que ya traía y una gran atracción. El teléfono seguía emitiendo sonidos y él no paraba de mirar hacia arriba. Dejó de caminar y eligió mirar fijamente hacia la ventana donde estaba ella, que se había sentado a comer con palillos chinos en la barra de su cocina abierta al salón, al tiempo que leía un libro. El teléfono seguía sonando y ahora lo hacía de manera continua, lo que indicaba que se trataba de una llamada. – Mi terapeuta no ha dicho nada de que no conteste las llamadas -, pensó . Miró la pantalla y reconoció el teléfono de su gestor, era fin de trimestre y había que pagar impuestos. Contestó aunque le había avisado repetidas veces de que le escribiera un mail, que las llamadas desagradables o aburridas trataba de pasarlas por alto. Tras dos minutos de conversación colgó y volvió su mirada hacia el primer piso. La mujer ya no estaba y de pronto le asaltó la idea de haberla perdido para siempre. Se le ocurrió llamar el telefonillo, pero el portal del edificio no estaba en esa calle, así que corrió a la esquina de donde venía y se acercó al cuadro de timbres. Había 6 primeros, cada uno con una letra y mientras decidía cuál pulsar, pensaba en cómo le explicaría al del otro lado porqué estaba allí, Si, hola, pensó que le diría a su interlocutor, estaba mirando hacia arriba y he visto a una mujer muy atractiva en el primer piso, me han entrado ganas de conocerla y estoy tratando de averiguar cuál es la letra en la que vive. Mientras estaba decidiendo qué hacer, vio aparecer a una persona al fondo del pasillo del portal. Era la mujer bella semidesnuda del primer piso que se acercaba. Ya no estaba semidesnuda, pero era igual o más atractiva que desde la perspectiva anterior. Se le alteró el pulso y se le cayó el teléfono. Al agacharse ella abrió la puerta y coincidieron su cara subiendo desde el suelo, con las piernas de ella saliendo desde la casa. Sus ojos clavados a la altura de las rodillas y una intensa sensación de que se paraba el tiempo. Pero no, en escaso medio segundo ya estaba frente a frente con la mujer. De nuevo una pausa que parece eterna y ella que sonríe tras sus gafas de sol. -¿buscas a alguien?-, le preguntó. El Contrafantasma no dijo la verdad, que era tan sencilla como haber dicho, si, a ti. Agradeció torpemente la amabilidad de la mujer y dijo que no, que sabía adonde iba. La mujer se alejó mientras se ponía unos auriculares.

Ella caminaba enérgica hacia el metro, pero algo había percibido en el encuentro anterior que no pudo resistir mirar atrás. No fue un acto consciente, simplemente le salió de dentro. El Contrafantasma estaba allí todavía, observando su marcha con cara de tonto, cuando vio que ella miraba de vuelta. No pudo reprimir responder esa mirada con un torpe gesto como de despedida, moviendo la cara y el brazo al mismo tiempo. Ella volvió a sonreír y un instante después paró en seco y dio media vuelta. Se dirigió hacia él con la misma energía que había salido de casa. El Contrafantasma se activó tratando de encontrar en su conciencia las palabras adecuadas para, al menos, no quedar como un necio en el momento en que ella llegara a su altura y se dirigiera a él. Pensó en hablar del calor que hacía, en inventarse que su tía soltera vivía en esa casa, pensó en que quizá el tema bueno era el mundial de fútbol, o el bigdata, o la sincronía de las relaciones acausales, – ¡mierda, me voy a quedar en blanco! -, gritó para dentro sin emitir sonido alguno. Se conectaron tantas cosas y tan desordenadas en tan breve espacio de tiempo, que empezó a sentir pánico. La veía acercarse y su corazón se aceleraba, evocaba las imágenes iniciales de ella caminando semi desnuda por el salón y sentía un calor insoportable, solo expresado a través del color de sus mejillas y un extremo temblor en las piernas.

Y llegó el momento, ella frente a él a escasos 60 centímetros, sonriendo ya sin las gafas de sol, dejando ver unos ojos color miel y una boca pintada de rojo a punto de articular la primera palabra. El Contrafantasma sintió una felicidad extrema, había aprendido que la felicidad tiene que ver con recibir lo inesperado y ese giro dramático que habían dado los acontecimientos, le llenaba de gozo. En ese momento era feliz.

– ¿No está la persona que buscas? – dijo sonriendo la mujer. – ¿te importa si llamo yo un momento a mi casa para decirle a mi novio que me tire las llaves, que me las he dejado?-.

El Contrafantasma palideció y reconoció que la felicidad no dura mucho, pero que existe.

Por convicción o desesperación, cambia

Si entiendes el mundo como eso donde todo lo que existe se puede medir o pesar con instrumentos, o experimentar con los sentidos, es probable que una buena porción de tu día estés peleando contigo mismo o con los demás. Si eso es así, es posible que la acumulación de pequeñas peleas, la mayor parte de ellas internas, se vayan conectado unas a otras hasta proveerte una sensación de molestia crónica, como si tuvieras un zumbido interno que no para. Lo juntarás con lo que se conoce como estrés, porque al tener al sistema inmunológico siempre alerta, hay numerosos procesos que no completarán bien sus ciclos  y es muy probable que esto acabe generando dolor en tu cuerpo o en tu organismo. Del dolor vas a ir al analgésico, que aliviara el síntoma pero no el origen. Al aliviar el síntoma de manera repetida cada vez que te duela, dejarás de reconocer lo que te duele y como consecuencia “olvidarás” la causa, la desalojarás sin haberla resuelto. Pero desalojar no significa resolver y sacar de la conciencia no significa eliminar. Además, como la opinión pública tiene mucho empuje, te obligarás a gastar energía haciendo deporte con los del trabajo y yoga con tu pareja. Luego a ratos, de manera muy irregular y sin estar seguro de si sirve para algo, meditarás con esas sesiones que están en Youtube. El ejercicio va a acabar de agotarte y si bien el yoga y la meditación pueden ser momentos socorridos donde encontrarte, la acumulación de mugre es tan grande, que apenas van a tener un efecto positivo en tu salud. Conclusión, es normal que te encuentres cansado, que te duelan cosas, que te frustre tener que tomar medicinas y que además no veas retorno en todo ese esfuerzo físico y cognitivo que desarrollas. En el extremo esto acabará en enfermedad.

El Contrafantasma escuchaba hablar por teléfono a Macario, el que había sido su médico de cabecera de la Seguridad Social desde que con 22 años le diagnosticaron su enfermedad. Macario tiene 64 años, se licenció en medicina mientras estaba en el seminario y después fue cura durante 16. Ha viajado mucho y está muy bien formado por las mejores instituciones, pero como bien dice él, eso son sólo datos biográficos sin importancia. Macario es especial por lo que conoce de las realidades invisibles, esas que no mucha gente sabe captar y que no se pueden medir, ni pesar. Ahora es más filósofo que médico, pero sabe que su título le allana barreras en esta época cultural. El lugar de la reunión era su despacho, en la trastienda de un herbolario de Carabanchel, donde pasa consulta cada tarde.

Mira esto, Macario mostró una caja que podía contener unas 500 fichas de pacientes. La gran mayoría no pasa los 45 años, dijo, y salvo excepciones, son hombres y mujeres cuyas necesidades están razonablemente cubiertas y no tienen enfermedades catalogadas como graves. Tienen formación, trabajo, familia, amigos, se van de vacaciones y poseen vidas normales y satisfactorias. Pero a todos les duele algo. Hay migrañas crónicas, desarreglos hormonales, dolores musculares, articulares, contracturas de espalda, trastornos del sueño, problemas en la piel, alergias, intolerancias, problemas de estómago… Y también hay cuadros que tiene que ver con la ansiedad, la apatía, la depresión y con la culpa que se genera por encontrarse así, con las vidas supuestamente plácidas que manejan.

En todos estos años de tratar con personas, he identificado que sólo hay dos motivos que hagan posible un cambio radical en un individuo, la absoluta convicción de que es necesario, o la desesperación, y el 100% de estos viene por desesperación, porque no pueden más con su dolor o con ellos mismos, porque no aguantan a su pareja, a sus hijos o a sus padres, porque hay un doctor que les quiere operar y ellos no acaban de verlo, porque los medicamentos que toman ya no hacen efecto, porque aunque hacen deporte, comen sin gluten, sin lácteos, beben mucha agua y duermen 8 horas, siguen con su malestar.

Este modelo está por agotarse. La época de la ciencia de los remedios exteriores no tiene mucho más recorrido. Bueno rectifico, si lo tiene porque se va a seguir avanzando en ese camino, y está bien que así sea. Pero no es en la dirección correcta, es un abordaje incompleto, al menos si lo que buscamos es la felicidad. Hemos alcanzado una gran capacidad de generar investigación que produce medicamentos para terapias paliativas de forma muy notable, igual que hemos generado recursos para que subsista una población mucho más grande que la que tenía el planeta hace no muchos años, cuando éramos 2.600 millones en 1950. Pero esto no genera felicidad en hombres y mujeres.

Y esto sucede porque la imagen del mundo que tenemos es incorrecta. La mayor parte de nuestros males no se originan sólo en el mundo exterior. El malestar sucede cuando la realidad no encaja con nuestra imagen del mundo. Si esta imagen del mundo es exclusivamente materialista, hay muchas cosas que no van a encajar. Al no encajar, las desalojamos y olvidamos, como le decía antes a la persona del teléfono, pero esto no significa que no estén, que no vuelvan a aparecer.

¿Y cuál es la imagen del mundo correcta?, preguntó el Contrafantasma. Macario se tomó unos segundos para contestar. Yo siempre les cuento lo mismo a mis pacientes y hace años, casi todos pensaban que este discurso venía de mi época de cura y que me había quedado enganchado en algún mecanismo de pensamiento meapilas, por tantos años de pensar en Dios. Pero lo divertido es que eso ya no sucede, hoy todos se alivian de que les hable de lo invisible, de cosas que ellos experimentan, pero que no se atreven ni a nombrar en sus espacios más íntimos  Les digo que la imagen correcta del mundo y por tanto del hombre, incluye los cuatro mundos; el Exterior, ese que conocemos todos y en el que fundamentamos toda nuestra actividad. Y los otros tres, los de las realidades invisibles, que son la Conciencia, el mundo de las informaciones que percibimos y conectamos. El del Más Allá, que se experimenta cuando nuestra conciencia se relaja, ya sea en el sueño o en la vigilia, y el mundo Interior, ese que tiene que ver con lo esencial en nosotros, con lo divino en nosotros, con lo que somos y con  nuestra misión en la vida. Es asombroso ver como todos conocemos y experimentamos estos mundos, pero al no ser mundos materiales, la mayoría decidimos tratarlos con condescendencia y en ocasiones, hasta obviándolos.

¿Y funciona?, preguntó el Contrafantasma. Vaya que si funciona, contestó Macario. Funciona porque igual que la población humana se ha multiplicado por tres en setenta años, la población de mi consulta se ha multiplicado por treinta en los últimos siete.

 

El VAR y lo divino

Leía el Contrafantasma sobre los pensamientos negativos que a ratos le torpedean la mente y se sorprendía de que Walter Odermatt escribiera que éstos malos rollos no son de nuestra propiedad, sino que provienen del más allá. La única responsabilidad que tenemos es la de ubicarlos en el lugar correcto, según decía el texto. Uno podría pensar que ubicar dichos pensamientos en la palmera, como dice Gastón, un amigo argentino del Contrafantasma, sería eludir la propia responsabilidad, porque estamos muy acostumbrados a tener la culpa de todo lo que aterriza en nuestra cabeza, Y no, muchos de los malos rollos que llegan no son nuestros, son masalleros, del más allá negativo. Pregunten a un neurólogo como se describe la gestación de una comedura de tarro desde su disciplina científica y es casi seguro que no va a poder explicarlo con el resultado de un escáner del cerebro, ni a través del análisis de la segregación de hormonas de uno u otro tipo. Y esto es porque esa actividad medible no sucede hasta justo después de que venga el pensamiento negativo del más allá. Así pues el Contrafantasma salió de la oficina aliviado, pensando que ese runrun que tenía por no haber llamado a su padre en toda la semana, por no haber acabado la presentación que tenia el lunes a primera hora y por no haber comprado el billete de avión para ir a la boda de su prima el 7 de julio, eran producto del más allá trabajando para dar por saco y no dejarle centrarse en lo que si era importante y estaba pasando. El mundial y el VAR.

Se puede criticar mucho al fútbol y lo que le rodea, pero el Contrafantasma llevaba conectado a su amigo Gastón desde hace quince días gracias al mundial y lo que mueve a nivel interno, lo que ya es un motivo de celebración para dos amigos que viven a 12.000km. El fútbol es, como dice Valdano, la cosa más importante entre las no importantes, y un mundial no es sólo fútbol. Un mundial se celebra cada cuatro años y el número cuatro simboliza el mundo exterior, lo mineral y lo material. Lo mineral se rige por las leyes naturales, como la de la atracción de los cuerpos. Y es que el mundial atrae a los cuerpos hacia él y además es uno de los espectáculos de entretenimiento más terrenales que existen, donde todo sucede sin guión, sin actores y sin director. No hay regidor que le diga al público cuando reír, silbar, aplaudir o llorar. Y conviene no olvidar que lo que manda en este juego es una esfera, símbolo de lo divino, que rueda por terrenos de juego de superficie vegetal, símbolo de la vida, y con todas esas naciones representadas por sus colores y banderas, símbolos de la cultura, de lo que es específicamente humano.

Y resulta que ahora se han inventado el VAR, un grupo de personas que ven las jugadas conflictivas en muchas pantallas, desde no se cuantas perspectivas con cámaras super lentas y que luego pueden avisar al árbitro de que se ha equivocado, dejando en manos de éste cambiar de opinión. Puede que el VAR sea justo, pero para Gastón la justicia no es la esencia de la vida, ni de un mundial. Hay cosas terribles que suceden en la vida y no está en nuestra mano evitarlas, ni mucho menos cambiarlas. Hay que saber integrarlas, convivir con ellas y tratar de conectar los puntos de forma correcta para seguir avanzando como especie. En la vida no hay VAR, no se puede volver a arbitrar, ni falta que hace.

Durante los instantes de consulta al VAR en el partido de España contra Irán, un integrante del cuerpo tecnico iraní sufrió un fallo cardiaco. Su equipo acababa de empatar a España con un gol en fuera de juego, que el VAR anuló justamente tras unos minutos de mucha tensión. ¿Qué es mejor para el cosmos, que España e Irán empaten a uno, o que la intervención humana y tecnológica active un fallo cardiaco?. Ahí te dejo la pregunta, sentenció Gastón.

Siguiendo con lo de ayer, te voy a poner otro ejemplo que te va a resultar más evidente, escribió por mensaje de texto al Contrafantasma, justo antes del partido de octavos de Argentina contra Francia. Con el VAR, el gol de Maradona con la mano frente a Inglaterra no habría subido al marcador y quizá Maradona no sería Maradona, ni Argentina, Argentina. Y si, hubiera sido justo, pero no divino.