Gracias Antonio

Hace dos noches, el 19 de noviembre, estuve en la selva, en concreto en una laguna donde los animales beben y donde, en ese momento, se juntaban jabalíes, zarigüeyas y cocodrilos. Me asusté un poco al verlos y subí por una ladera que rodeaba la charca. A medida que me alejaba veía a los cocodrilos pelear y a aquel espacio llenarse de desconocidos que, por algún motivo, habían decidido asistir al espectáculo. Al llegar a lo más alto escuché el grito de una mujer, que espantada gritaba que a su hija se la había comido uno de los bichos. Yo pensé en los cocodrilos, pero en seguida surgió la información de que había sido presa de una tortuga gigante. Y no solo eso, resulta que la niña era Carla, amiga de mis hijos y la que gritaba era Catalina, su madre. La multitud espantada empezó a abandonar el lugar y los sanitarios y la policía a llegar al mismo. Yo, sentado arriba de la ladera, observaba con tremenda tristeza. Al instante acabó todo y sólo quedaron tres policías, dos hombres y una mujer, de los que me despedí de manera afectuosa al marcharme.

Al salir ya no estaba en la selva, sino en el hall de un gran edificio, un colegio donde había movimiento de entrada y salida de personas. De pronto me crucé con Antonio, aquel viejo sabio entrenador con el que compartí horas y horas de trabajo y pasión por lo que hacíamos. Aquel hombre con la determinación más aguda que he conocido jamás, aquel que contra muchos elementos se convirtió en el referente de su actividad para todo un país durante más de 20 años, aquel que estaba totalmente alineado con sus cuatro capas, en el ideal que persiguió sin descanso hasta su muerte. Parecía recién levantado de la cama y sin hacerme mucho caso, pasó por delante de mi. Yo traté de llamar su atención para contarle lo que había pasado, pero él siguió hacia su destino, el baño. Así que me dispuse a salir del edificio y entre la gente que en ese instante entraba, me encontré con la abuela de Carla, que estaba llegando. Nos abrazamos y fue ella la que me consoló a mi, cuando era su nieta la que acababa de ser engullida por una tortuga gigante.

-¿Y?, ¿qué pasó después?-.

-Me desperté…-.

-Joder-,

Si, eso pensé yo. Los cuatro animales que salen en el sueño no dicen nada bueno. Dos son presas, introvertidos, de lo que se dejan comer por los más poderosos. Además salen en El Rey León como los amiguetes graciosos de Simba, los que le entretienen mientes él está vagando por el lugar de la selva que no le corresponde. Los otros son animales ancestrales, reptiles, de sangre fría, además de que la tortuga se caracteriza por dos cosas, una gran concha que le protege del exterior y una lentitud extrema producto del peso de dicho caparazón. Suma a eso el agua estancada, sin fluir, que es una de sus tres propiedades fundamentales y haz la analogía con la conciencia, también estancada en ese entorno de presas, sangre fría y lentitud.

Además la tortuga se come Carla, la niña, la curiosidad, la frescura, la inocencia, en presencia de su madre, que representa la tradición, el peso de ese ambiente en el que estaba, en el que estoy. Conciencia estancada, amiguetes despreocupados que alejan del ideal, lentitud, tradición pesada y presente.

– No me extraña que no te molara el sueño-.

Hay esperanza, siempre la hay. Antonio vino de la muerte para ponerme delante que la determinación y la persecución del ideal es el modo. Y que hay que purificarlo, por eso se iba al baño. Él no ponía nunca excusas, hasta el punto que a mi a veces me resultaba incómodo estar en su entorno, de tan directo que iba a por su objetivo.

-Si, pero ¿cuál es el objetivo?, ¿cuál es tu ideal?.

Pues elegir en cada momento en función de lo que si tiene que ver conmigo. Desde lo más cotidiano, lo mas pequeño. Liberándome de la tradición, evitando el entretenimiento hueco de Pumba y Timón, yendo a lo esencial y confiando en que los puntos se van a ir uniendo, integrando.

-Joder, de nuevo-.

-Ya, si…-.

 

 

11 de noviembre de 2014

Ayer pasaron por tu velatorio gran parte de tus afines, hoy ya solo estamos nosotros tres. La mañana pasa rápido, comemos en el restaurante de unos amigos y nos dirigimos al crematorio a recoger tus cenizas. Se trata de un cofre color verde con detalles plateados. No damos importancia a la forma que tiene lo que queda de tu cuerpo en el mundo exterior. En nuestra conciencia estás tu con todo tu esplendor, tú como mujer y tú como madre. Somos cinco porque se han unido Los Tíos. El procedimiento es rápido, el día lluvioso, es 11 de noviembre de 2014. Te depositan dentro de la caja de granito donde se leen el nombre de tus suegros y de tu cuñado (siempre estuviste feliz jugando en cancha contraria). Justo al cerrarla la tía expresa una oración y una porción de cielo pasa al azul, pero la lluvia no cesa. Sale el sol por un costado y seguimos mojándonos con gotas de buen tamaño. Papá solicita mi atención y exclama -¡mira, date la vuelta!-. Detrás de mi. hacia el norte, se abre un arco iris como el que dibuja un niño, de los que empiezan y acaban en el suelo produciendo un arco completo, inmenso sobre los árboles de la Almudena. Agua de lluvia, fuego del sol que asoma, tierra en la que te meten los operarios y aire que envuelve ese instante de despedida en el cementerio. Los cuatro elementos del macrocosmos contenidos en el último instante de tu existencia en este lado. Y tú apareces para decir Adiós. Hasta Papá, que no cree en nada que no venga sellado por su propia experiencia mundana, transcurrida en oficinas, bares y restaurantes, no necesariamente por ese orden, te reconoce en ese arco iris.

Adios mamá.

Cambio bueno por bien

Tenía la duda razonable de si se trataba de un buen día. Uno se levanta con la ilusión de que al abrir la persiana lo que encuentre sea soleado y azul, con los conflictos justos, escaso de trafico, vacío de idiotez, armonioso y motivante. Con la esperanza de haber atrapado las suficientes horas de sueño para estar descansado y de que el más allá no haya causado daños irreparables  Con la intención de que las actividades que va a acometer tengan que ver con uno, resuenen, aporten a su propio bienestar y con suerte, algo al resto del cosmos.

Esa mañana de jueves festivo, el Contrafantasma salió a la calle y se sentó en la terraza de siempre a leer el periódico. Era aun octubre y los días se resistían a dejar de ser cálidos. El cambio climático juega a favor de octubre y mayo, que por voluntad propia y presión popular siempre han querido ser verano y cada año se reduce más la horquilla de acción del otoño y la primavera. A su lado sentado un hombre que, según su fisonomía, ya había cumplido los setenta. De aspecto saludable vestía camisa blanca remangada y arrugada, unos tirantes con los colores de la bandera de Italia, alpargatas viejas y pantalón de algodón verde claro. El pelo abundante peinado hacia atrás, de un color que comprendía toda la gama de grises, rodeando una cara de tez morena surcada por el paso del tiempo. Asomaba una amplia cicatriz horizontal en la barbilla, que le daba prestancia y aire aventurero. Portaba gafas de vista cansada, de esas que venden ahora en todos sitios, con un cordoncillo que evita perderlas en cada mesa. Se miraron un segundo e intercambiaron los buenos días. El hombre le preguntó cómo estaba y al Contrafantasma le pareció que no era una frase hecha.

¿Se lo cuento?, le dijo al hombre. Si, le contestó éste.

Pues mire, pasan unas semanas en las que no encuentro la fórmula para prestarme atención. Y no es narcisismo, o eso creo, es simplemente que no soy capaz de incorporar una manera de ser que me ayude a dar pasos en la dirección adecuada y eso hace que muchos días avance en círculos. ¿Usted escucha a los políticos hablar y no decir nada?, pues más o menos yo siento que camino y no avanzo nada. Inicio mis tareas sin parar a reconocer si son las que me hacen feliz. Las hago con solvencia en ocasiones, pero sin demasiada emoción. Y así es complicado unir los puntos hacia el objetivo. Es como las hormigas, que se van comunicando a impulsos eléctricos unas con otras cuando se cruzan, pero que no son conscientes de que hay una reina para la que están trabajando, que hay un sistema, un todo, una armonía. Y no sabe lo que jode poner energía en algo y no reconocer qué es ese algo. O lo que es peor, reconocer que ese algo no es bueno.

Te entiendo, contestó el viejo (sabio). Te entiendo y comparto contigo esa misma sensación a mis 73 años, donde además lo que no me sobra es energía. Yo trabajé 35 años en una misma actividad, que tenía que ver con comprar productos para unos almacenes, que luego eran vendidos al cliente final. Tuve tres hijos, viajé, disfruté, tuve malos momentos, muchas dudas en ocasiones y no tantas herramientas para identificar todo eso y poder atar cabos. La vida hace unos años era mas lenta, con menos oferta en el mundo exterior, pero no te engañes, hacia dentro no hemos cambiado nada. Lo mismo que te pasa a ti, me pasaba a mi, con la diferencia de que la pantalla de mi móvil no se encendía cada 30 segundos. Ahora llevo 17 que no trabajo en eso. Me pre jubilaron, mi pareja murió cinco años después y voy a muchos más funerales que fiestas de cumpleaños. Tengo tiempo y puedo hacer lo que quiera, incluso caminar en círculos. ¿Y sabes lo que me más me gusta? He cambiado la palabra “bueno” por la palabra “bien”. El bien, como en el sistema emergente que es un hormiguero, está a un nivel superior, que incluye lo bueno y lo malo. El bien incluye tus dudas, tus prisas, pero también tus curas y tus risas. En tu mano, en nuestra mano, sólo está seguir reconociendo, tanto lo bueno como lo malo. Y todo forma parte del Bien, del ideal. Del que otro día hablaremos, si sigues viniendo por aquí.

Mañana es domingo, ya es noviembre, otoño declarado y han quedado a desayunar para unir puntos.