Anhelar el atasco del nudo de Manoteras

Llevo horas saboreando ese momento. Estaba sentado frente a ella, apretando los dientes con emoción, temblando, con una sensación térmica de bajo cero, cuando debía de haber 18 agradables grados en esa terraza, cruzando  los brazos sobre mi pecho para agarrarme y no saltar a abrazarla, siguiendo el halo que dejaban sus palabras al salir de su boca y sus párpados al entornarse despacio, mostrando pudor y verdad. -¿Te habías comido alguna sustancia? Estás describiendo el colocón de las pastillas-. No, y eso es lo que me ha dejado degustando el momento hasta ahora.

Esta mañana me he despertado como si estuviera en el nudo de Manoteras en plena hora punta. Dentro de mi se movían pensamientos, opiniones, miedos. Un despelote de sensaciones, tirando cada una para su lado, cruzándose a destiempo en un espacio demasiado pequeño, sin entender ninguna al conjunto y actuando arbitrariamente. No era muy buena manera de empezar el día, no la que uno espera una mañana de domingo soleado y libre de obligaciones. Así que la he llamado para explicarle lo que me pasa, tratando de que al compartirlo, se ordenara un poco. -¿Y, te ha aliviado hablar con ella?-. No, su teléfono estaba apagado y casi mejor, porque estas llamadas en caliente no suelen funcionar como uno lo tiene planeado. Al final siempre dices lo que no quieres y no solo no mejoras tu, sino que empeora ella. -Pero todo esto es tu movida, no la suya, ¿no?. Osea, el nudo de Manoteras es tu nudo, no el suyo-.

Si, pero ¿sabes qué?. Ella me hace coger el coche y anhelar el atasco.

 

 

La familia y la tradición

Su semana había sido un circo. Ya empezó intenso el domingo, que aún pertenecía a la anterior. El Contrafantasma no durmió nada por un tema familiar, o más bien que parecía familiar, pero que técnicamente no lo era. La tradición familiar, entendida como lo que traes de serie de casa de tus padres y que ellos trajeron de la de tus abuelos y así sucesivamente hasta Adan y Eva, se mete en tu coctelera cuando naces. Luego se mueve por dentro con una legitimidad envidiable e invisible, y que ya quisiéramos muchos para nuestra propia conciencia en la edad adulta. La tradición familiar no cabe normalmente por la puerta de tu casa, así que debe encontrar formas de expresión menos basadas en la fuerza y más en la sutileza. Se manifiesta en los detalles. La tradición sabe si las camisas se doblan al ser planchadas, o si se cuelgan de una percha sin doblar, sabe si lo blanco se lava solo, o con lo de color. Dicta si al acabar de comer hay que sacar la cartera para pagar. Propone si hay que sentirse mal por no haber ido a ver a tu tía al hospital. Divide en función del sabor del gazpacho, que es único en cada familia. La tradición nos agarra al barrio donde reside, o nos expulsa desde muy jóvenes porque es errante y está en tránsito hacia otro lugar. La tradición nos dice como actuar, sobre todo en los momentos señalados en su calendario. La tradición posee fuerza ilimitada y es muy difícil identificarla, aislarla y domarla. Reconocer, aspirar y actuar.

Pero volvamos a la semana del Contrafantasma. Tras ese domingo intenso, llegó un lunes de resaca, como hacia tiempo que no vivía. Demasiados imputs exteriores, sensibilidades expresadas en 140 caracteres, videos virales nada vitales, gigas de datos cargados de incomprensión, que casi le quiebran a él y a todos. El martes volvió el tema familiar y fue gustosa y sorprendentemente bien. El miércoles fue fiel a su esencia, como los terceros en una familia de cinco hermanos, que se sienten en tierra de nadie. Pero tuvo paz. Y el jueves volvió el movimiento, la mañana fue excepcional, la tarde muy completa, quizá con demasiadas almas alborotadas buscando su equilibrio. Y  la noche, qué decir, si había una luna llena hermosa y enorme reinando el cielo. El viernes se partió entre el repaso de las influencias de la tradición familiar y el escuchar de versiones intimistas de ABBA y Suzanne Vega, en un directo de un gran artista, en un minúsculo local de Madrid.

A ver cómo sigue.